16 jun. 2024

El dedo apostólico

Lo que el presidente Santiago Peña consiguió en esta primera negociación en Itaipú es una oportunidad. Brasil, basándose en lo que dice el propio tratado de la binacional, pretendía bajar la tarifa a lo que arroja el costo operativo de la hidroeléctrica, unos 11 dólares Kw/mes, y Paraguay quería subirla hasta unos 22 dólares, generando un fondo adicional (lo que se destinaba a pagar la deuda) que podía llegar a mil millones de dólares por año para cada país. Finalmente, se acordó mantener una tarifa de 19,28 Kw/mes, por tres años, lo que supone para cada socio un dinero adicional de alrededor de 650 millones de dólares anuales, más o menos unos 1.900 millones de dólares de aquí al 2027.
Restarle mérito a lo que se consiguió sería intelectualmente deshonesto. Brasil pretendía dejar ese fondo en cero y se aseguraron unos 1.900 millones de dólares, además de prorrogar el acuerdo que le permite a la ANDE comprar una energía más barata y la oportunidad de vender energía paraguaya directamente al mercado abierto brasileño. Repito, es una oportunidad, de las mejores que hemos tenido en mucho tiempo.

Pero, ojo, es una oportunidad que se puede desaprovechar, como se han desaprovechado tantas otras a lo largo de nuestra historia moderna. Precisamente, Itaipú es de lejos el mayor fracaso republicano. Mientras que Brasil convirtió a la hidroeléctrica en el motor que impulsó la industrialización paulista, en Paraguay se convirtió en la mayor herramienta de control político y fuente de enriquecimiento de una minoría rapaz empotrada en el poder.

Incluso ya en democracia, la binacional mutó en la meca de la clase política, el paraíso al que había que llegar con los parientes, amigos y amantes. Los famosos fondos sociales alimentaron el prebendarismo y engordaron la clientela política, creando una nueva casta de millonarios.

Otra gran oportunidad malograda se dio bajo el gobierno de Fernando Lugo, cuando el gran boom de los precios de la soja y la carne generaron un crecimiento económico inédito, permitiendo un ahorro fiscal histórico. Lamentablemente, las mayorías coloradas y liberales del Congreso licuaron esa oportunidad fiscal imponiendo aumentos salariales en el estado de hasta el 40%, distorsionando totalmente el mercado laboral y provocando un gasto rígido anual que arrastramos hasta hoy de más de 800 millones de dólares por año. Con ese dinero se podrían haber reparado hace tiempo todas las escuelas y colegios públicos, se podrían haber garantizado equipos y medicamentos a los hospitales y dotado de caminos de todo tiempo a las comunidades rurales. Pero las urgencias electorales y las apetencias personales pudieron más que la razón.

Hoy tenemos una nueva oportunidad, puede que la última. Peña tiene la posibilidad de hacer historia asegurando la inversión honesta e inteligente de cada dólar o ceder a la presión de sus correligionarios que ya se están frotando las manos calculando cuánto de la torta se podrán engullir. Las primeras señales no son buenas. El presidente ya dijo que no considera meter esos fondos en el presupuesto público y se muestra reacio a crear un fondo soberano o alguna otra figura que permita blindar el uso de ese dinero.

Peña quiere manejar los 1.900 millones de dólares desde la Itaipú. Dice que para eso puso a todos sus ministros como miembros del consejo y que desde que asumió la presidencia no hay un solo funcionario de la binacional que haya ingresado sin concurso.

No sé si es cierto. Tengo mis dudas. Pero lo que sí se es que la binacional ha sido infestada por décadas por la nefasta parasitosis política, que paga unos salarios demenciales que nada tienen que ver con la realidad de nuestra economía, y que a partir del 2027 la mitad de todo ese zafarrancho se cargará a mi factura de la luz.

Quiero creerle al presidente, pero, en una inversión del caso del apóstol Tomás, siento que hace demasiado tiempo nos vienen metiendo el dedo.

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