La alianza Unidos por Asunción tomó una decisión arriesgada, pero finalmente eficaz: Utilizar una encuesta para definir a su candidata a la Intendencia. A pesar de las críticas iniciales –que reclamaban un mecanismo más participativo– tanto Soledad Núñez como Johanna Ortega honraron su palabra y aceptaron los resultados sin titubeos. Ese gesto, en un país donde las reglas internas suelen torcerse según conveniencia, ya marca una diferencia. La encuesta cumplió su cometido: Ofrecer una fotografía clara de las preferencias ciudadanas entre dos precandidatas. Lo demás, como siempre, quedará en manos del electorado en octubre.
El resultado posicionó a Soledad Núñez como la figura central del bloque opositor más amplio de la capital, respaldada por catorce organizaciones. Pero conviene no perder de vista el contexto mayor. Los líderes de la alianza han insistido en que este proceso municipal es apenas un paso dentro de un proyecto más ambicioso: Reconstruir un frente opositor capaz de disputar la alternancia nacional en 2028. Si esa es realmente la meta, entonces no basta con dejar que la candidata haga campaña por su cuenta. La presencia de Núñez es clave, pero igual de importante es que exista una conducción política que articule, ordene y dé coherencia al proyecto de cambio.
La encuesta reveló algo más que una preferencia puntual. Mostró que una parte significativa del electorado aún no se inclina por ninguna opción, pero entre quienes sí lo hacen, la mayoría se decanta por Núñez. No sorprende porque lleva más tiempo construyendo su aspiración municipal y su nombre quedó instalado tras las presidenciales de 2023. Esa ventaja de visibilidad pesa, y en política, la familiaridad suele ser un activo decisivo. Ahora comienza la etapa más delicada para la alianza: Encaminar la campaña con inteligencia estratégica. La historia electoral de Asunción demuestra que cuando las oposiciones logran unirse, la ANR enfrenta un desafío real. De los siete intendentes electos desde 1991, tres fueron opositores, y hubo contiendas –como la de Miguel Carrizosa– que se perdieron por márgenes ínfimos. La capital no es un territorio inexpugnable, pero, sí, exige precisión quirúrgica.
Unidos por Asunción deberá apuntar a un piso cercano a los 135.000 votos para asegurar competitividad, incluso algo más, considerando la maquinaria electoral colorada, conocida por su capacidad –y sus sombras– para movilizar votantes. Mario Ferreiro, candidato de consenso opositor en 2015, ganó con 114.783 votos frente a los 91.064 de la ANR. Alcanzar o superar esas cifras no depende solo de mensajes inspiradores o propuestas técnicas: Requiere presencia territorial, movilización, estructura de control electoral y una red de voluntarios que sostenga el día D.
En esta elección, la unidad se articula alrededor de una opción de centro. Pero el componente ideológico probablemente no será el eje del debate. Asunción enfrenta problemas demasiado concretos y urgentes como para perderse en etiquetas. Lo que la ciudadanía evaluará es solvencia, capacidad de gestión y credibilidad.
Falta aún conocer quién será el candidato colorado que enfrente a Núñez. Algunos analistas señalan que Camilo Pérez, del movimiento Honor Colorado, intentará disputar el terreno de la eficiencia y la gestión práctica. Sin embargo, también se menciona que arrastra un desafío evidente: Distanciarse de la administración de Óscar Nenecho Rodríguez, cuya gestión ha sido ampliamente cuestionada, y con la cual comparte movimiento y partido. Ese vínculo será difícil de eludir.
La contienda municipal de Asunción vuelve a colocar a la oposición ante una prueba que ya conoce: la unidad sirve, pero no se sostiene sola. Requiere estrategia, coherencia, disciplina y una visión que vaya más allá de octubre. Si la alianza realmente aspira a 2028, este es el momento de demostrar que puede construir algo más que una candidatura, puede construir un proyecto.