Opinión

El Capitán América y Judas Iscariote

Luis Bareiro – @Luisbareiro

El año que viene Itaipú pagará toda su deuda, la que tomó para su construcción más la que se acumuló por numerosas violaciones del Tratado (lo que se conoce coloquialmente como deuda espuria).
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Hoy la cuota de la deuda representa casi la mitad del costo de producción de la energía; o, lo que es igual, casi la mitad de lo que paraguayos y brasileños pagamos por la electricidad que compramos de nuestra hidroeléctrica. Dejemos que los puristas se entretengan debatiendo los detalles (como que es contratación de potencia y no compra de electricidad). Lo cierto es que en unos meses más, generar electricidad en Itaipú será cerca del 50% más barato.

¿Qué puede significar eso para nosotros?

El primer escenario posible es el que por lógica preferirá Brasil. Se aplicará lo que dice el Tratado y ANDE y Eletrobras podrán comprar la energía a mitad de precio y, por lo tanto, podrán revenderla a un valor mucho menor que el que hoy cobran a sus usuarios. Esto le interesa más a Brasil, porque actualmente compra casi todo lo que genera Itaipú (su mitad y la mayor parte de la nuestra) para abastecer al 16% de su mercado.

Se estima que la industria brasileña convierte cada dólar de energía comprada en diez dólares de valor agregado. Para ellos, energía más barata es un negocio fabuloso.

Paraguay, en cambio, adquiere menos de la mitad de lo que le corresponde, y la mayor parte se destina al consumo domiciliario. A como estamos hoy, la única ventaja consistiría en que la ANDE podría rebajar su tarifa, pero no sin antes pagar las multimillonarias inversiones que necesita para que no sigamos teniendo esos apagones que nos joden la vida.

Lo ideal sería que consumiéramos toda nuestra parte y que esa energía barata se convirtiera en insumo para la industria, el transporte y el uso doméstico.

La realidad es que los paraguayos obtenemos el grueso de la energía que necesitamos del carbón, la leña y la importación de combustible; y que más de la mitad de nuestra porción en Itaipú –que no contratamos– la cedemos obligadamente a Brasil, a cambio de una compensación miserable con relación a los precios del mercado.

Otro escenario podría ser que se negocie con Brasil el mantenimiento de la tarifa por un tiempo más, y que lo que corresponda al pago del servicio de la deuda se distribuya a partes iguales, lo que podría significar un ingreso adicional de alrededor de mil millones de dólares anuales para cada uno.

Claro, para que los brasileños acepten semejante trato, necesitamos negociadores más patriotas que el Capitán América y capaces de dar cátedra a Henry Kissinger.

El tercer escenario es reducir las tarifas y que se nos permita hacer uso discrecional de nuestra parte, lo que supone poder venderles a terceros, o incluso al Brasil, pero a precios de mercado. Esto requiere además del patriota superdotado una infraestructura que todavía no tenemos y que nos habilite a conectar nuestra red eléctrica con la de Argentina o Chile.

Hay muchos otros escenarios con los que podemos especular. Podríamos hacer una venta a futuro de la energía y completar en un quinquenio toda la inversión que necesitamos en infraestructura, salud pública y educación, por ejemplo. La cuestión es con quién o con quiénes negociamos cualquiera de esos escenarios. Ese es el primer paso, un paso trascendental en el que la clave es combinar idoneidad y patriotismo en los negociadores y la absoluta y necesaria confianza del pueblo paraguayo en ellos.

Y es ahí donde el presidente Mario Abdo fracasa estrepitosamente. Cómo pretende convencer de que esta vez no terminaremos crucificados si nombra en Itaipú a quien –para la opinión pública– dio el beso de la traición.

Le piden al Capitán América y él entrega a Judas Iscariote.

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