08 may. 2026

El bien común y el servicio como fines de la actividad política y pública

El buen gobierno es aquel que se ordena al bien común y no al interés particular del gobernante. La vida social requiere dirección y gobierno, lo cual implica el uso del poder que la ciudadanía otorga a los líderes, aunque algunos se aprovechen de esa confianza. Para recuperar la confianza hay que volver a los principios del bien común y del servicio como fin de la actividad pública.
Existen líderes que “despiertan confianza, se aprovechan de la confianza y a veces de la ingenuidad” para beneficio propio, en contraposición al modelo de servicio que propone Cristo, denunció el cardenal Adalberto Martínez al celebrar la fiesta del Buen Pastor, indicando que el “buen pastor” guía con cercanía y entrega total.

La dimensión social de la persona, que se realiza con otros y no en soledad ni aislamiento, justifica la existencia de la comunidad política y del orden social, así como el uso del poder para gobernar.

Pero ese poder debe rendir cuentas a la comunidad con base en la primacía del bien común, la sujeción a la ley natural y a la ley positiva legítima, a la búsqueda de justicia y de paz social, que generan bienestar en el pueblo.

La virtud, como disposición hacia el cumplimiento de los deberes en busca de ese bien común es sine qua non de la vida social.

Aristóteles ya afirmaba que el buen uso del poder político se define por la rectitud de su fin; así, el poder es legítimo únicamente cuando se ejerce en favor del bien común y no para el beneficio personal del gobernante.

El Estado no existe solo para vivir, sino para “vivir bien” (alcanzar la mayor felicidad posible y la virtud), por tanto, el poder debe repartir cargas y beneficios, según el mérito y no las prebendas, los caprichos o los intereses de unos pocos que puedan perjudicar el bien de la mayoría.

Además, el buen gobernante es un servidor de la ley, no alguien que está por encima de ella.

El uso de la razón y el apoyo en la ética nos hace diferenciar entre la mencionada virtud social y los simples intereses de grupo.

El Gobierno debe dar un paso de madurez que le acerque a las necesidades reales de la gente, sin confundir éxito con arrogancia ni dignidad con altanería.

Recordemos que el bien común no es la simple suma de los intereses individuales, sino la conjunción de las condiciones sociales que permiten el desarrollo integral de cada persona, garantizando la justicia y el respeto a los derechos humanos (dimensión social), promoviendo el acceso a una educación de calidad, a la salud, al trabajo digno y los servicios básicos, respetando la propiedad privada y la vida de los ciudadanos (dimensión material), así como fomentando valores, custodiando la institución familiar y las libertades básicas de conciencia, de pensamiento, de expresión y de diversidad ideológica de todos (dimensión espiritual).

Recalcamos que el buen Gobierno es aquel que se ordena al bien común y no al interés particular del gobernante.

La vida social requiere dirección y gobierno, lo que implica el uso del poder que la ciudadanía otorga a sus líderes. Sin embargo, algunos se aprovechan de esa confianza, e incluso de la ingenuidad de los votantes, para beneficiarse de manera egoísta y corrupta.

Para recuperar la confianza hay que volver a instalar como guía los principios del bien común, de la vivencia de virtudes morales, de la sujeción a las leyes justas y no arbitrarias, y del servicio como fin de la actividad pública.

El cardenal Martínez reflexionó también sobre el peligro de los “pastores que usan a las personas en vez de servirlas”, ya que “cargan en vez de aliviarlas”; agregó que “los falsos pastores cargan a otros con sufrimientos” e hizo una llamada a seguir el ejemplo de Jesús de Nazaret, quien “no vino a ser servido, sino a servir”.

Esta es una clave importante para recuperar la confianza en la política, la que sufre de mala fama por los defectos y excesos en el uso del poder de algunos gobernantes.

Es necesario volver a las raíces esenciales de la política para revitalizarla y apuntar al buen gobierno.

Los paraguayos merecemos ese cambio real.

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