Correo Semanal

El acecho de la verdad

 

Blas Brítez

Fue publicado en enero del año pasado. Ordesa, de Manuel Vilas, lleva nueve ediciones desde entonces y hay quienes afirmaron que se trata ya del mejor libro publicado en España en 2018. Dos muertes y un divorcio echan a andar la necesidad de la escritura del novelista valenciano, en cuyas novelas siempre laten, al mismo tiempo, un aliento etílico y un tono poético. Las muertes corresponden a sus padres; el fin de la relación con su esposa pone el otro ingrediente. Juntos arrastran al escritor a la agudización de sus problemas con la bebida y a la necesidad de escribir este libro que es un ajuste de cuentas consigo mismo y con la memoria.

“Todo alcohólico llega al momento –escribe Vilas– en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando mucho a tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol”. Concluye: “Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro”.

Frases como estas, escritas desde el dolor, la ternura o la ironía, abundan en Ordesa. Ordenada en ciento cincuenta capítulos breves y un epílogo con poemas, se ha resaltado la frescura y la osadía narrativa de esta obra que, a lo largo de casi cuatrocientas páginas, desenmascara la vida familiar de su autor, aunque no tanto como lo desenmascara a él, sin demasiada piedad.

¿Qué es Ordesa? Es el parque a donde Vilas iba con su padre cuando niño, el único lugar en el que su progenitor sentía que conectaba con su propia identidad. Era él allí. Ahora quien firma la historia también es él allí: en el parque y en el libro.

Conjuro para los muertos

En esencia, este libro que no es una novela –pero se la lee como una a la que no le importan los géneros–, es un conjuro para convocar sombras, para encantar fantasmas. Está lleno de muertos, como pletórica de muertos está nuestra vida a partir de cierto momento. Muertes que no solo nos agravian en primera persona, sino en cuyos desenlaces, de alguna u otra forma, tenemos siempre algo que ver.

Los muertos principales en este libro son su madre y su padre: una mujer con fobias “acojonantes”, pero que, desde sus miedos, amaba profundamente a su hijo; un hombre que atraía a todos los desesperados y los desplazados (y los perdedores), y a quien el escritor se parece a cada rato inevitablemente, para bien y para mal.

Ordesa es uno de esos libros en los que no importa absolutamente cómo empieza ni cómo termina la historia. Porque lo importante es el viaje al lado de su autor. Digo bien: al lado. Porque si un mérito tiene este texto (entre los varios que se pueden enunciar) es que todo resulta creíble, porque todo alguna vez nos pasó a todos. Sobre todo, a los todos de las clases medias de cualquier parte del mundo (y en especial las de “provincias”): una clase con sus ritos, sus infamias escondidas, sus pequeñas hazañas y sus destinos anodinos en el mundo contemporáneo.

Eso y que esté escrito como está: que en cada frase aceche, inobjetable, una verdad.

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