28 jul 2026

Disciplinamiento temporal

Hace mucho que perdí una de las virtudes que tanto prevalecen en nuestra sociedad. Todo empezó cuando me mudé a otro país, crucé la frontera no más y los colectivos empezaron a pasar con regularidad de reloj suizo. Después me pasó que fui al hospital en una emergencia y en menos de una hora ya estaba atendida. Me malacostumbré: Se me fue la capacidad de espera.

Lejos de ser una “virtud del paraguayo”, esto tiene que ver con dispositivos de disciplinamiento que nos ubican según nuestras posiciones de privilegio. En el 2011, el sociólogo Javier Auyero pasó más de medio año en una oficina de asistencia social. La conclusión a la que llegó: “Cuando esperan, los pobres aprenden lo contrario a la ciudadanía. Aprenden a ser pacientes del Estado”.

Pensemos en un trámite. Puede ser cualquiera, pero imaginemos que es en una oficina de algún Ministerio o, como a tanta gente del campo le pasa en nuestro país, del Indert. Entrás con tus papeles, sacás número (si tenés suerte, sino, esperás hasta que te toque). No sabés cuánto va durar ni si los documentos que tenés son correctos porque la página web donde consultaste tampoco está actualizada. Esta falta de certezas, lejos de ser una falla en el sistema, es el diseño.

Pero seguís esperando. “La arbitrariedad y la incertidumbre de no saber cuándo vas a obtener lo que necesitás es la forma como la gente se relaciona con el Estado de una manera pasiva y paciente porque si te alterás te sacan de la cola”, dice Auyero.

En El tiempo regalado, la escritora alemana Andrea Köhler asegura que “hacer esperar es privilegio de los poderosos”. “El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida, y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que le confiere a este poder un carácter ominoso”.

Con el pasar de las horas, algo pasa por nuestras mentes. “¿Traje el original?”, “¿Dónde está mi cédula?”, “¿Por qué será que me miran tanto?”. Y entonces, ocurre la magia. Ya no te enoja que IPS, o la institución de turno te haga esperar. Ahí empezás a sentir miedo de tus propios errores. Llega el momento y un funcionario te atiende después de una espera interminable de horas y la interacción es de menos de cinco minutos.

El sudafricano Rob Nixon, en su libro Violencia lenta y el ecologismo de los pobres, describe este tipo de situaciones como violencia lenta, un daño progresivo, invisible y de destrucción retardada, disperso en el tiempo y el espacio. Llega a un punto en el que tanta dilación hubo de parte del sistema que terminamos aceptando la falta.

Este escenario está muy lejos de sonar como algo desconocido para nosotros, que vivimos esperando el colectivo, el turno del médico, los trámites. Pero para algunos, esa espera no existe. ¿Quiénes son los que no tienen que esperar? El capital económico es el que permite, directamente, saltarse la fila.

Al final, todo se trata de lo mismo: El poder se ejerce haciéndonos esperar y manteniéndonos en la ignorancia. La falta de datos y la espera nos convierten en ciudadanos pacientes e incapaces de exigir. Quien controla el tiempo y la información controla la posibilidad de la justicia.

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