Filósofo e investigador
Un nuevo prototipo de idiota triunfa entre nosotros: Se trata del idiota digital. Si bien es cierto que internet democratizó la palabra, también democratizó la estupidez. En las redes sociales –y aún en los medios tradicionales de comunicación– conviven el conocimiento y la ignorancia, la información y el prejuicio, la crítica y el insulto.
Umberto Eco advirtió con lucidez incómoda, poco antes de su muerte en el 2016, que los idiotas siempre existieron, pero antes se limitaban a hablar en los bares frente a un pequeño grupo de interlocutores que, en el peor de los casos, los ignoraban. Hoy, en cambio, internet les ha dado una visibilidad que antes no tenían: La voz no solo circula, sino que se amplifica, se legitima y, lo que es peor, se monetiza. El idiota contemporáneo no es solo un sujeto ignorante, por el contrario, es el ignorante y megalómano con audiencia.
Recordemos que la palabra idiota deriva del griego idios, entendido como lo propio, privado o particular y, originalmente, no era considerado un insulto intelectual, sino un término neutral para describir a un ciudadano privado que se ocupaba únicamente de sus asuntos particulares y no participaba en la vida pública o política de la polis.
Este fenómeno, entonces, no es nuevo en su esencia, sino en su escala. Bertolt Brecht ya había identificado la figura del idiota político; aquel que no comprende que el precio del pan, el alquiler, el salario o el hambre son consecuencias de decisiones políticas. Ese idiota, decía Brecht, es tan ignorante de la política que termina siendo funcional a los peores políticos, porque su ignorancia legitima el orden existente.
El idiota de manual
Hoy, esa figura ha mutado y claramente no nos referimos al Manual del perfecto idiota latinoamericano de Álvaro Vargas Llosa y compañeros, que, precisamente, encarnan con maestría el tipo de idiotez al que nos referimos. Su tosudez ideológica los llevó a invertir el prejuicio, no a superarlo: Allí donde otros ven conspiraciones imperiales en cada fracaso, ellos ven virtudes casi redentoras en el mercado. En su afán por defenderlo, terminan idealizándolo, como si el mercado existiera en el vacío y no dentro de estructuras históricas profundamente desiguales.
Esa ceguera voluntaria les impide comprender que los problemas de América Latina no pueden reducirse ni al imperialismo ni al libre mercado, sino que remiten a una trama mucho más compleja, marcada por la persistencia del colonialismo en nuevas formas. Ya lo había advertido Pablo González Casanova al hablar del colonialismo interno: Un sistema de dominación que no viene de afuera, sino que opera desde dentro, reproduciendo jerarquías, exclusiones y privilegios en el propio cuerpo social. Ignorar esa dimensión estructural no es un signo de lucidez, sino otra forma de idiotez. La de quienes creen que repetir dogmas económicos equivale a comprender la realidad.
El idiota digital
El nuevo idiota político habita las redes sociales, especialmente espacios virtuales como Facebook, Instagram o Tik Tok, donde la economía de la atención recompensa la provocación más que la inteligencia. Es el sujeto que, con unos cuantos –o en algunos casos millones– de “seguidores” igualmente desinformados, se siente investido de autoridad para pontificar sobre la pobreza, la desigualdad y la vida de los otros.
Reproduce contenidos y construye una identidad digital basada en su propia ignorancia y, en nombre del “emprendedurismo”, convierte la estupidez en mercancía. Cree que su pequeño éxito digital es prueba suficiente de mérito individual y no el resultado contingente de un ecosistema volátil e inestable. Vive en la ilusión de que ha escapado de la precariedad, sin comprender que su propia posición es frágil, que un cambio en el algoritmo, una crisis económica o la pérdida de relevancia pueden devolverlo, literalmente, al punto de partida. Su conciencia es tan precaria como su modelo de ingresos.
Desde esa falsa superioridad moral, expande discursos de una violencia simbólica brutal: por ejemplo, afirma que los pobres son pobres porque quieren, que quienes viven en asentamientos deberían ser esterilizados, que tener hijos en condiciones de precariedad es una prueba de irresponsabilidad individual y no el resultado de una estructura social profundamente desigual.
Ese discurso, celebrado y reproducido por otros idiotas, revela una ignorancia estructural. Ignora, por ejemplo, qué significa vivir en un país como Paraguay, donde la desigualdad no es un accidente, sino el resultado histórico de un modelo económico excluyente, de un sistema político clientelar y de una estructura productiva incapaz de garantizar condiciones dignas para todos.
Ignora, a su vez, conceptos sociopolíticos fundamentales como estructura social, reproducción de la pobreza, desigualdad de oportunidades, desnutrición infantil, acceso desigual a la educación y, sobre todo, precarización laboral. Ignora, en suma, que la pobreza no es una elección individual, sino una condición producida socialmente.
Función social del idiota digital
El comentario típico de este nuevo idiota político –que culpa a familias pobres de asentamientos, como los de Ypané, por su propia miseria– no es solo moralmente repugnante; es ideológicamente funcional. Porque desplaza la responsabilidad desde el sistema hacia las víctimas.
Convierte la injusticia en culpa individual. Y al hacerlo, protege a los verdaderos responsables: Las élites políticas y económicas que se benefician de un orden social profundamente desigual.
El verdadero problema no es su ignorancia individual, sino su función social. Porque este idiota político no es inocente, sino es terriblemente funcional. Su discurso contribuye a reproducir el sistema que genera la pobreza que desprecia. Al culpar al pobre, exonera al poder. Al ridiculizar al vulnerable, legitima la desigualdad. Al despreciar la política, fortalece a los peores políticos.
Es el idiota perfecto para el sistema:
No protesta, no cuestiona, no comprende y, peor aún, no vota, solo repite y en esa repetición, ayuda a perpetuar el mundo que dice despreciar.
La tragedia de nuestro tiempo, entonces, no es que existan idiotas, sino que ahora tienen gran audiencia, influencia y, peor aún, legitimidad. Mientras más hablan, más contribuyen a consolidar el orden que reproduce la miseria que los rodea, aunque su ceguera les impida verlo.
El antídoto contra la idiotez. No existe vacuna biológica contra la estupidez socialmente organizada, la práctica capaz de neutralizar sus efectos sigue siendo la misma que ha acompañado a la humanidad desde que comenzó a preguntarse por sí misma: El pensamiento crítico que nace del filosofar.
Filosofar, en esta línea, no es un lujo académico ni un pasatiempo de intelectuales ociosos. Es, en su sentido más profundo, un acto de resistencia. Es la negativa a aceptar el mundo como algo dado e incuestionable. Es la capacidad de interrumpir el flujo automático de las opiniones prefabricadas y someterlas al examen de la razón. El idiota político repite; el pensamiento filosófico interroga. El idiota simplifica; la filosofía complejiza. El idiota culpa a las víctimas; la filosofía busca comprender las estructuras que producen víctimas.
La idiotez política contemporánea se alimenta de la ausencia de reflexión. Allí donde no hay pensamiento, prospera el prejuicio. Filosofar, en cambio, es un ejercicio de humildad radical. Es reconocer que la realidad es más compleja que nuestras opiniones y comprender que ningún individuo existe fuera de las condiciones sociales que lo constituyen.
El sistema necesita de idiotas, necesita sujetos que repitan sin cuestionar; que no piensen. Necesita individuos que confundan el privilegio con el mérito y la injusticia con el orden natural de las cosas. Por eso, cada acto de pensamiento es, en sí mismo, un acto político de resistencia. Porque allí donde comienza el filosofar, termina el reinado de la idiotez.