07 abr. 2026

Al borde del abismo: La caída de Maduro y la crisis económica en Cuba

Cuba se enfrenta a la peor crisis económica en décadas como consecuencia de la suspensión de envío de petróleo venezolano y el embargo petrolero de los Estados Unidos.

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A food vendor organizes his stall decorated with a poster of late Cuban leader Fidel Castro (1976�2008) and a national flag in Havana on March 13, 2026. Cuba’s President Miguel Diaz-Canel confirmed on March 13, 2026 that �Cuban officials have recently held talks� with representatives of the United States, amid heightened tensions between Washington and Havana. (Photo by YAMIL LAGE / AFP)

YAMIL LAGE/AFP

La caída del Gobierno de Nicolás Maduro ha generado profundas repercusiones geopolíticas y económicas en el Caribe, particularmente en Cuba, cuya economía había estado estructuralmente vinculada al suministro de petróleo subsidiado proveniente de Venezuela. Este vínculo energético no solo constituyó un pilar material del modelo económico cubano, sino también una manifestación de alineación ideológica y cooperación política en el marco de proyectos regionales alternativos. La abrupta interrupción de este esquema ha desencadenado una crisis multifacética que revela tanto vulnerabilidades estructurales internas como las limitaciones de estrategias de inserción internacional basadas en alianzas político-ideológicas (Mesa-Lago 2020; Domínguez 2019). En este sentido, el caso cubano permite articular un análisis que combina elementos de la teoría de la dependencia y del realismo en relaciones internacionales para explicar su actual situación.

Desde una perspectiva material, uno de los factores más determinantes ha sido la interrupción del flujo de hidrocarburos desde Venezuela. Durante años, el suministro de petróleo en condiciones preferenciales permitió a Cuba sostener su sistema energético y amortiguar las ineficiencias de su aparato productivo. La desaparición de este apoyo ha coincidido con una estrategia deliberada de presión por parte de Estados Unidos, orientada a restringir el acceso de la isla a fuentes alternativas de energía y a debilitar sus vínculos con aliados tradicionales (CFR 2026). Desde el enfoque realista, este comportamiento puede interpretarse como una manifestación de la lógica de poder y de contención, en la cual una potencia busca limitar las capacidades materiales de un Estado adversario mediante instrumentos económicos y geopolíticos (Walt 1985).

No obstante, la crisis cubana no puede comprenderse únicamente a partir de factores externos. Desde la perspectiva de la teoría de la dependencia, la situación actual refleja una estructura económica caracterizada por una inserción subordinada en el sistema internacional y por la incapacidad de generar una base productiva diversificada (Cardoso y Faletto 1979). La economía cubana ha dependido históricamente de flujos externos –primero soviéticos, luego venezolanos– para sostener su funcionamiento. La desaparición de estos apoyos expone la fragilidad de un modelo que no logró consolidar autonomía económica ni resiliencia institucional.

El impacto de la pandemia deL Covid-19 profundizó estas debilidades estructurales. La caída del turismo, una de las principales fuentes de divisas, eliminó un mecanismo clave de financiamiento externo, mientras que las restricciones sanitarias paralizaron sectores económicos esenciales (ECLAC 2021; World Bank 2023). Este shock externo actuó como catalizador de una crisis que ya se gestaba, evidenciando la limitada capacidad del sistema económico cubano para absorber perturbaciones internacionales.

En el plano energético, la crisis se ha manifestado en el colapso progresivo de la infraestructura eléctrica. La dependencia de plantas termoeléctricas obsoletas y mal mantenidas, combinada con la escasez de combustible, ha generado apagones recurrentes y de gran escala (AP News 2026). Estos cortes de energía no solo afectan la producción industrial, sino que tienen efectos sistémicos sobre la vida cotidiana, deteriorando servicios básicos y profundizando el malestar social. Desde un enfoque estructural, esta situación refleja la interacción entre limitaciones tecnológicas, dependencia energética y falta de inversión sostenida.

La contracción económica resultante ha tenido consecuencias en múltiples sectores. El turismo, ya debilitado por la pandemia, ha experimentado una caída sostenida, mientras que la escasez de combustible ha paralizado el transporte público y ha afectado la distribución de bienes (Reuters 2026). Este fenómeno genera efectos en cadena que amplifican la crisis, evidenciando la interdependencia entre sectores económicos en contextos de escasez estructural.

Un elemento particularmente significativo ha sido la reducción de ingresos provenientes de la exportación de servicios médicos a Venezuela. Durante décadas, la diplomacia médica constituyó una fuente esencial de divisas para Cuba, así como un instrumento de proyección internacional (Feinsilver 2008). La interrupción de estos acuerdos, en gran medida influida por presiones externas, ha eliminado uno de los principales mecanismos de financiamiento del Estado. Este aspecto refuerza la idea de que la economía cubana no solo dependía de recursos materiales, sino también de redes políticas internacionales que podían ser alteradas por cambios geopolíticos.

La crisis energética también ha tenido un impacto directo en la seguridad alimentaria. La producción agrícola y la distribución de alimentos dependen críticamente del acceso a combustible, lo que ha exacerbado la escasez y ha deteriorado las condiciones de vida de la población (FAO 2023). Desde la perspectiva de la dependencia, este fenómeno refleja la vulnerabilidad de economías que no han logrado desarrollar sistemas productivos autosuficientes.

En el ámbito social, el deterioro económico ha generado un aumento de la conflictividad. Las protestas, motivadas por apagones, escasez y deterioro de servicios, indican un creciente descontento ciudadano (Reuters 2026; The Guardian 2026). La respuesta del régimen, basada en el despliegue de fuerzas de seguridad, sugiere que la estabilidad política se encuentra bajo presión. Desde un enfoque realista interno, el Estado busca preservar su supervivencia mediante el control del orden doméstico, incluso a costa de restringir la movilización social.

En el plano político, la evolución del discurso del Gobierno cubano refleja una adaptación pragmática a las nuevas condiciones. El paso de una postura confrontativa a un reconocimiento implícito de la necesidad de negociación con Estados Unidos indica la existencia de incentivos materiales que condicionan la conducta del régimen. La participación de figuras vinculadas a la familia Castro en estos contactos pone de manifiesto la persistencia de estructuras de poder informales que continúan siendo determinantes en la toma de decisiones (Domínguez 2019). Este elemento resulta clave para entender la resiliencia del sistema político cubano y su capacidad de adaptación.

Desde una perspectiva teórica más amplia, el caso cubano ilustra la interacción entre poder material e ideología en la política internacional. Mientras que la teoría de la dependencia explica la vulnerabilidad estructural derivada de la inserción económica, el realismo permite entender las dinámicas de presión externa y competencia de poder. Asimismo, el concepto de “soft balancing” sugiere que Estados con capacidades limitadas buscan alianzas para contrarrestar la influencia de potencias mayores; sin embargo, el caso cubano demuestra los límites de esta estrategia cuando dichas alianzas se basan en economías igualmente vulnerables (Walt 1985).

En este contexto, la crisis actual no solo representa un desafío económico, sino también una prueba para la estabilidad política del régimen. El deterioro de las condiciones materiales puede generar tensiones dentro de la élite gobernante y obligar a reconsiderar estrategias de política económica e internacional. La necesidad de diversificación económica y de reformas estructurales se vuelve cada vez más evidente, aunque su implementación enfrenta resistencias políticas internas.

En conclusión, la crisis que enfrenta Cuba tras la caída del Gobierno venezolano constituye un ejemplo paradigmático de la interdependencia entre factores internos y externos en la economía política internacional. La pérdida del apoyo energético venezolano, combinada con la presión geopolítica y las debilidades estructurales del sistema económico cubano, ha desencadenado una crisis de gran magnitud. Desde la teoría de la dependencia, esta situación evidencia los límites de modelos económicos basados en flujos externos; desde el realismo, refleja las dinámicas de poder que condicionan las opciones de los Estados. En conjunto, el caso cubano plantea interrogantes fundamentales sobre la viabilidad de modelos económicos no diversificados en un sistema internacional caracterizado por la competencia y la asimetría de poder, así como sobre la capacidad de los regímenes políticos para adaptarse a contextos de crisis profunda.

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