24 oct 2026

Diane Keaton confiesa en sus memorias su amor por Woody Allen y su obsesión por Al Pacino

Madrid, 26 nov (EFE).- Diane Keaton se ha forjado una imagen de mujer independiente a la que poco le importa la opinión de los demás. Y en sus memorias, “Ahora y siempre”, lo demuestra. Reconoce que sigue queriendo a Woody Allen, que persiguió a Al Pacino para que se casara con ella y que para besos, los de Jack Nicholson.

Una mujer que sufrió bulimia durante años -"ninguna de mis insensatas incursiones en el mundo de la belleza podía compararse a la fascinación que sobre mí ejercía la comida"-, con una carrera irregular, madre adoptiva pasados los cincuenta, restauradora ocasional de casas y tantas cosas más.

Mezclando sus recuerdos con los diarios de su madre, Dorothy, fallecida en 2008 tras una dura lucha contra el alzheimer, la inolvidable protagonista de “Annie Hall” traza un sensible y realista autorretrato que demuestra su poco interés en pertenecer al mundo de las estrellas de Hollywood.

A través del pensamiento de Dorothy Hall (Keaton, de soltera), se puede entender la complejidad de la personalidad de una actriz insegura y una mujer de armas tomar, que siempre se ha puesto el mundo por montera y ha perseguido la felicidad.

En “Ahora y siempre”, que la editorial Lumen publica en español, Keaton cuenta con sencillez retazos de su vida, de algunas de las películas que más le han marcado, de sus grandes amores y de su familia.

Tras una primera parte centrada en su infancia, lo más interesante llega con el traslado de una joven Keaton de la soleada California a la impresionante Nueva York.

“No recuerdo el momento en que subí al avión que me llevó a tres mil millas de casa cuando tenía diecinueve años”, asegura la actriz, que se muestra rotunda al afirmar: “Nueva York era mi destino”.

Fue allí donde cambió su nombre. Al solicitar su carné de actriz ya había una Diane Hall, así que decidió usar el apellido Keaton. “Dejar de ser yo me produjo cierta perplejidad”, reconoce.

A partir de ese momento comenzó una carrera que la llevó muy rápidamente a trabajar con Woody Allen, con quien coincidió en la obra teatral “Sueños de un seductor” (1968). “Durante los ensayos me enamoré del Allen del guión, pero también de Woody”.

“Formábamos una pareja curiosa, a cual más reservado” pero que se rompió en 1975, lo que no ha impedido a la actriz mantener una excelente relación con el director.

“Echo de menos a Woody. Se estremecería si supiera cuánto le aprecio. Soy lo bastante lista para no sacar el tema. Sé que casi le repugnaría lo grotesco de mi afecto por él. ¿Qué le voy a hacer? Todavía le quiero”.

Y, aunque recuerda con cariño a Warren Beatty -"Me atrapó desde el primer momento que lo vi (...) Levanté la cabeza y vi mi hombre ideal en persona"- dedica mucho más espacio a Al Pacino.

Le conoció en el rodaje de la primera parte de “El Padrino”, y se reencontraron años después para iniciar una larga relación intermitente.

“Estoy bastante segura de que para Al solo era una amiga con la que charlar. Por mucho que me gustara escucharle, yo quería más, mucho más. Toneladas. Quería que me quisiera tanto como yo a él”.

Algo que no consiguió. “Mientras rodábamos ‘El Padrino III’ en Roma, le di un ultimátum a Al: cásate conmigo o al menos ten en cuenta la posibilidad. (...) Pobre Al, nunca lo quiso”

Pero en sus memorias no sólo recuerda sus amores. También sus películas.

“Annie Hall” le cambió la vida. “Reds” fue una dura experiencia. Sus trabajos como directora -como “Heaven"- fueron divertimentos. Y su favorita, sin duda, “Cuando menos te lo esperas”, de la que recuerda: fue “la oportunidad que me brindó Nancy (Meyers, la directora), el beso de Jack (Nicholson) y una parte de los beneficios.”

“Siempre será mi película preferida, no solo porque fue algo inesperado a los cincuenta y cuatro años, sino también porque me proporcionó la maravillosa sensación de estar con dos personas extraordinarias que me dieron dos regalos y un beso”.

Una vida tan dedicada al cine como a su familia. A sus padres y hermanos y a sus dos hijos, Dexter y Duke.

En 1995 y con casi 50 años, Keaton se lanzó a la aventura de ser madre. Y en 2001 adoptó a su segundo hijo.

Una experiencia que le ha marcado, y que ha vivido entre la alegría que le proporcionaban los niños y la aflicción por el deterioro de su madre.

Keaton cuenta la enfermedad de su madre con gran sencillez, desde el cariño y el respeto y dándole un enorme protagonismo en estas memorias.

“Deseo presentar mi vida junto a la suya para, tal y como escribió, llegar a un punto en que yo empiece a verme (y a verla a ella) de un modo más inteligible”.

Alicia García de Francisco

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