20 feb. 2024

Contrapesos

Es común referirse en democracia al rol de los protagonistas de la vida pública como parte de un delicado equilibrio que requiere un nivel de madurez y sensatez en su ejercicio. La elección de autoridades del nuevo congreso nos demuestra que la idea central de un poder que controle al otro es un factor esencial en democracia. Algo que no tendría que ser recordado. Sin embargo, los argumentos de los mal llamados opositores de dar al ejecutivo el control del legislativo nos muestra el escaso interés de ejercer de contralores y lo atractivo que resulta montarse al carro presidencial para provecho personal y de su camarilla.

Es difícil creer que los liberales que votaron por los senadores y que finalmente apoyaron a Ovelar hayan tenido en mente ese comportamiento de sus representantes. Lo mismo con el menonita Penner que desde “Patria Querida” confirma las peores sospechas sobre esta agrupación política. De opositores no solo hay que declamarlo, sino por sobre todo: Ejercerlo. Hay que estar dispuesto a soportar la llanura, marcarle el paso al que ejercita el poder ejecutivo al punto que sienta su aliento en el cuello. Muy pocos opositores están listos y preparados para eso. Es más fácil desprenderse del rol y de sus mandantes para que como tránsfugas confirmen su condición de mercancías.

Algunos dirán que es el comportamiento típico y el error de haberlos votado muestra una clara complicidad con los electos. Nadie en su sano juicio creería que Dionisio Amarilla sea opositor ni pretenda ejercerlo como tal. Sus antecedentes son más que elocuentes y ninguno puede argumentar demencia sobre su verdadero propósito. Pasa igual con Rubin y los miembros del grupo de Payo Cubas que serán engullidos por el mercadeo en el zoco de las oportunidades crematísticas. Después dirán que no fueron culpables porque los votantes fueron muy bien avisados del tipo de gente que eran y tendrán razón. Ellos representan cualquier cosa, pero menos el sentido de la oposición. Están para medrar y no para luchar por los intereses colectivos.

Lo peor de esto es que no hay sanción jurídica ni ética, por lo cual se considera natural a la condición política del paraguayo. El que va contra corriente es un idiota e imbécil. Uno que no aprovechó su oportunidad. Tendremos un gobierno sin oposición a pesar de que el número de los votantes contra del partido colorado superan casi 300 mil votos que serán escasamente representados en el Congreso. Una tímida resistencia colorada los vuelve protagonistas ocasionales, siendo parte de esta política travestida que nos toca vivir. Ellos dirán que fueron de los pocos que intentaron evitar el copamiento de las instituciones y darán la impresión de ser las únicas ofertas de alternancia. Los supuestos opositores seguirán como furgones de cola de esta ópera bufa, repetida, aburrida y reiterada.

Hay un público acostumbrado al embuste que aplaude y cree tontamente que con este tipo de comportamientos mejorará la democracia cuando es todo lo opuesto. Hunden en el descrédito al sistema y hacen nacer como hongos a las supuestas opciones que resultan ser aún peores.

Se vienen tiempos recios con un descrédito enorme que genera un agujero negro en el futuro del país. Nadie puede tener certezas en una democracia desvalorizada y consentida por quienes deberían fortalecerla con un comportamiento ético, valiente y comprometido con los intereses de la patria. Con todo lo que hemos visto solo queda decir: Dios salve al Paraguay.

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