27 feb. 2024

Colas

Largos años de sometimiento han logrado que una gran parte del país haya hecho de la indignidad su blasón. Cuesta mucho llegar a ser mendigo.

Uno tiene que abandonar una serie de factores que lo hacen persona para acabar sometido a pedir para sobrevivir o a pagar tributo al señor feudal de turno que se solaza por un falso afecto que dice ser tributario. La dictadura de Stroessner estableció el mecanismo de los saludos de cumpleaños como una manera de observar el comportamiento reptiliano de quienes se codeaban por saludarlo en su onomástico. Peleaban en las colas y se exhibían de manera impúdica compitiendo por quién mostraba la mayor deshonra posible. Era pagar los tributos a quien sin importancia de los cargos, denuncias y presunciones delincuenciales pesaban sobre él. Estaban seguros de que “así nomás eran las formas en un país de vasallos” que se acostumbró a ser mendigo y a padecer humillaciones. Varias generaciones anteriores lo hicieron y aunque vivamos en democracia o en libertad hay cuestiones en el DNA del paraguayo que no parecen borrarse nunca.

La ausencia de un Estado en una Nación fragmentada, inequitativa e injusta puede explicar muchas cosas como causa o consecuencia de estas largas colas de vergüenza que transforman a muchos en pedigüeños del señor de turno. No hay discriminación de clase social ni de ingresos entre ellos. Están todos los que sienten en el ritual avergonzante la única manera de sentirse cerca del calor del poder. No les importan los costos sociales o la vergüenza que eso supone. Sus ancestros lo hicieron y aunque conocen ambos –el saludado y los saludadores– que cuando acabe su poder ambos no se reconocerán, van a continuar con lo mismo porque para ellos eso hace parte de la condición de ser paraguayos. Algunos simularán que son muestras reales de afecto y de gratitud pero la gran mayoría en la cola avergonzante estará orgullosa y se retratará en la ceremonia indigna de la que han sido parte.

Caben todos. Incluso los mal llamados opositores que en realidad nunca fueron capaces de sostener una bandera de la que carecen: la dignidad. Se muestran orgullosos de su mutación y entrega exhibiendo públicamente sus retratos para recibir insultos y diatribas del ciudadano. No les importa nada porque nada tienen para que importe. Son idiotas nomás. Estafaron a sus votantes y no lamentan sus consecuencias. Uno de ellos, representante de barras bravas, a lo único que teme es la violencia de sus dirigidos para lo cual pide que la policía lo ponga a resguardo. La otra fue todavía más clara y contundente cuando afirmó que nada debe explicar “al puto pueblo” que la eligió. Asume ella y quienes la votaron ser parte de un prostíbulo cuyo regente de ocasión disfruta de las querellas de sus saludadores. La decadencia representa el peor de sus cuadros en un país donde se celebran los triunfos de los delincuentes y se murmuran maledicentemente los logros de quienes con dignidad, respeto y esfuerzo lograron sus metas. La cola de los indignos es larga, sinuosa e incontable.

Los ejemplos decadentes deben servir para mostrarnos todo lo que está mal y desde ahí emerger como Nación. Hoy no lo somos más que como piezas fragmentadas. Rotas. Hay que volver a armar el rompecabezas de un país que debe volver a tener sentido como cuando nuestros ancestros decían: “che mboriahu pero che delicado” (soy pobre… pero digno). Esa gente fue la que defendió el Paraguay ante Bolivia y ganó la guerra y es la misma que emergió después de ella con orgullo y compromiso.

Las cosas de la indignidad, el júbilo con los sinvergüenzas y significativamente corruptos nos vacían de sentido y contenido. Hay que cortar las colas de los que vendieron su dignidad y retornar al orgullo de ser paraguayos en libertad, honra y orgullo.

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