Alban Martínez Gueyraud
Crítico de arte
albanm63@hotmail.com
La muestra, titulada Chillida. La poética del papel, permanecerá abierta hasta el 30 de julio y constituye una circunstancia inexcusable para que los paraguayos podamos acercarnos al valioso trabajo de este maestro, pudiendo descubrir en él todas aquellas cuestiones recónditas que conciernen al ser humano.
Chillida es uno de los creadores vascos y españoles con mayor proyección internacional. Su obra --galardonada en innumerables ocasiones, expuesta en más de una veintena de los más importantes museos y en cuantiosas retrospectivas, presente en el paisaje urbano de las principales ciudades y en las más prestigiosas colecciones de arte, objeto de reflexión de grandes eruditos (estudiosos como Gastón Bachelard y Heidegger o músicos como Cristóbal Halffter, quien dedicó a Chillida el primer movimiento de su Tiempo para espacios)-- es un legado de referencia ineludible en el panorama artístico moderno y contemporáneo.
Esta exposición itinerante de trabajos --que fueron realizados tomando el papel como soporte--, presentada ahora en Asunción y dispuesta esmeradamente en dos niveles del Juan de Salazar, fue comisariada por Julio Niebla en colaboración con el Museo Chillida Leku y está integrada por grabados, dibujos y gravitaciones, acompañados de algunos pensamientos escritos por el artista. Si bien Chillida es más popular internacionalmente por sus esculturas, este montaje presenta una significativa selección de sus propuestas sobre papel (de 1971 a 2000), que, aunque sean menos conocidas, encarnan y personifican las preocupaciones que alimentaron toda su obra.
Además de la escultura, Chillida desarrolló a lo largo de su existencia otros lenguajes, como la obra gráfica, el collage, el dibujo, las gravitaciones y las lurras (o tierras), sin la exigencia de que estas piezas se concibieran solamente como bocetos para sus esculturas, sino también como obras sólidas y fundamentales dentro de su trayectoria artística.
La magnitud de Chillida radicaría, sobre todo, en haber investigado la esencia del trabajo del escultor, no desde la masa y el volumen, sino desde el vacío; no desde el peso y la gravedad, sino desde la ingravidez. Muchas piezas suyas de gran tonelaje retan la fuerza de la gravedad, ya se sustenten sobre una peana muy pequeña en proporción o finjan levitar sobre una plataforma.
Mientras que en su trabajo sobre papel tampoco deja de explorar el vacío, pero en el sentido Zen, en que el vacío no es la nada negativa, sino la plenitud: eso que crea espacio, eso que recoge todas las cosas, el regreso al origen, el abandono de toda ligazón formal. Por tanto, podríamos sostener que los planteamientos de sus grabados, gravitaciones y dibujos que conforman esta muestra --dentro de la búsqueda de ese vacío espacial-- se basan en: la ofrenda del tacto y una semántica propia en las estampaciones de sus grabados, en la levedad y superposiciones de sus gravitaciones, en la simplicidad e intimidad de sus dibujos, y el silencio con que éstos inducen hacia lo íntimo.
El ofrecimiento del tacto en los grabados
Chillida experimentó mucho con su obra gráfica mediante diversas técnicas. Sus signos privativos aparecen sobre el papel como una caligrafía-signatura que respira, que nos devuelve al sentido de la piel. Es nuestra piel desde donde sale el espacio externo; es el tacto el que da a la vista la medida de acción de nuestro brazo o de nuestras piernas.
El cuerpo es la frontera que las relaciones espaciales no pueden sobrepasar, pero es también la frontera de la que parten. Chillida sabe que el espacio homogéneo y objetivo de la geometría tiene sentido partiendo solamente del espacio orientativo del cuerpo, desde el que, por abstracción, es construido.
Es la intimidad de nuestro ser desde la que medimos el mundo alrededor, el mundo de las cosas y, con ella, a nosotros mismos. Así, entre huellas, ausencias y presencias, los espacios de sus grabados nos hablan como pieles.
Las superposiciones de sus gravitaciones
Las gravitaciones son relieves que resultan de superponer papeles parcialmente recortados y a veces pintados. Se hallan suspendidas de hilos sin encolar y adquieren una consistencia visual que en realidad no la poseen. Más que de un nuevo rumbo del collage, sus gravitaciones se tratan de una nueva forma del concepto escultórico de relieve.
Los distintos fragmentos de papel no se “colan”, sino que permanecen independientes entre sí, de-pendiendo de dos hilos: gravitando entre sí se articulan en relieve. Cada gravitación sería como una particular representación del origen. Y si el espectador consigue introducirse al origen, vuelve a la realidad. La esencia auténtica del arte de Chillida consiste en ese retorno. El origen de la realidad es la verdadera vida originaria, el sí mismo, y es, al mismo tiempo, el abandono de todo vínculo, el ser libre de todo vínculo formal.
La intimidad de sus dibujos
El término “íntimo” no es un adjetivo equívoco, pero es de compleja definición. Para María Moliner, “se aplica a lo más interior de cualquier cosa”, pudiendo darse en lo intrínseco, en el interior, en el fondo, y en lo familiar y de confianza. Todos estos aspectos afloran en las piezas presentadas en la muestra, pero sobre todo en los dibujos. El dibujo de Chillida (que a diferencia de sus otras obras lo realiza con la mano izquierda) se basa en la simplicidad, en la eliminación de los excedentes retóricos de la imagen; en él adquiere categoría de signo la orquestación de todo lo no dicho, del vacío.
Un vacío que está dimensionado por espacios no creados, un vacío como el silencio “que sucede a los acordes no tiene nada que ver con un silencio corriente: es un silencio atento, es un silencio vivo”, en palabras de Margueritte Yourcenar. Creo que lo más atrayente de la exposición es, al final, el apartado de los dibujos de las manos. Sabemos que la mano es la ejecutora de muchos tipos de trabajo y acciones, desde las obras del creador, pasando por la experimentaciones del alquimista, hasta las trampas del mago y la energía del sanador.
Es también, al igual que el ojo, un símbolo espiritual que puede transmitir mensajes personales ocultos. Pero, como bien escribiera Kosme de Barañano, “a Chillida no le interesan las manos como superficies expresivas --como a Julio González--, sino la cerrazón del puño como configuración, una configuración que tiene lugar como una delimitación hacia adentro (lo de dentro de la mano) y un limitar hacia afuera (el borde del dedo que crea líneas en el abismo espacial del papel).
En el tocarse de los dedos, en su interrelación, en el cerrarse del acero sobre sí mismo, se crea el espacio: un espacio interno que queda delimitado por los dedos en su colindar --el que queda adentro atrapado en el puño-- y un espacio externo --que las líneas de los dedos rechazan hacia afuera, del que se deslindan--".