El cardenal sostuvo que estas realidades exigen un compromiso concreto de los cristianos en defensa de la dignidad humana. “No podemos dejar de pensar en tantas mujeres que siguen siendo crucificadas en nuestro tiempo siendo víctimas de la violencia doméstica, del maltrato, de la discriminación, de la explotación y del desprecio”.
Además afirmó que las mujeres sufren “el drama del feminicidio, del abuso y de tantas formas de intolerancia que hieren profundamente su dignidad”.
Por otra parte, el purpurado condenó la trata de personas, a la que calificó como “el gravísimo delito” que convierte a mujeres y niñas en mercancías.
“Es una forma moderna de esclavitud que clama al cielo. Ninguna persona puede ser comprada ni vendida, porque toda vida humana pertenece únicamente a Dios”, expresó.
Martínez sostuvo que la Iglesia no puede permanecer indiferente ante estas situaciones. “Declararnos por Cristo significa también defender la dignidad de toda persona humana, proteger a los más vulnerables y denunciar toda forma de violencia, explotación, corrupción y abuso”.
El cardenal señaló que la falta de amor y respeto dentro de los hogares provoca “las verdaderas crucifixiones de nuestro tiempo”. En ese sentido, afirmó que “se crucifica la dignidad de la esposa cuando es maltratada; la dignidad del esposo cuando desaparece el respeto; la dignidad de los hijos cuando son abandonados o utilizados”.
Asimismo, exhortó a fortalecer la familia mediante “diálogo, paciencia, perdón, respeto y oración”, al considerar que el hogar es “la gran escuela del amor” y el primer espacio donde se aprende la concordia.
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Las conductas que deterioran la convivencia social fueron otros puntos tratados en su prédica.
“Nos hacemos goles en contra cuando dejamos de jugar limpio, cuando ponemos zancadillas para impedir que otro progrese, cuando recurrimos a la mentira, cuando simulamos situaciones inexistentes para sacar ventaja o cuando la corrupción entra en nuestras decisiones”, manifestó.
Enfatizó que “el peor de todos los goles en contra aparece cuando permitimos que la violencia, la ira, el resentimiento y la venganza ocupen el lugar del diálogo y del perdón. Allí pierde toda la sociedad”.
El arzobispo de Asunción insistió además en que el Evangelio llama a construir concordia y advirtió que “cuando aparece la discordancia, cada uno quiere imponerse sobre el otro y todo termina en confusión”.
“Allí donde reina el orgullo, el resentimiento, la mentira y el odio, el maligno encuentra espacio para dividir”, agregó.
Al término de su homilía pidió que la comunidad cristiana no tenga miedo de dar testimonio de su fe y trabaje por “defender siempre la dignidad de toda persona humana; proteger a las mujeres, a los niños y a los más vulnerables; jugar limpio en la vida y hacer de nuestra existencia una hermosa sinfonía dirigida por el Espíritu Santo”.