27 sept 2026

Precuela del thriller: Los amigos…

Son amigos. Estudiaron afuera. Se convirtieron en académicos, hicieron carrera en la burocracia pública o integran el pequeño, pero lucrativo mercado financiero local.

El azar y el dedo autocrático de un caudillo concede a uno de ellos un poder político inesperado. Y un buen día se ven ante la oportunidad de algo que antes nunca se habían imaginado; hacerse ricos, inmensamente ricos. Para lograrlo solo necesitan debilitar un par de instituciones, cambiar algunas reglas y echar mano del dinero público. Lo que viene a continuación es la precuela del thriller que compartimos en esta misma columna el domingo pasado. Y ya saben, cualquier parecido con la realidad…

Dicen que la forma más eficiente de robar un banco es crear uno.

Este grupo de amigos lo sabe, y además sabe que incluso se puede montar uno grande sin poner dinero. Basta con venderse como los salvadores del sistema haciéndose cargo de otro banco, uno en serios problemas, exigiendo a cambio diferir todas las pérdidas a larguísimo plazo.

A los propietarios les pagan con papeles, y la aprobación se consigue colocando en los lugares adecuados a los cómplices del negocio.

Para eso sirve una lapicera presidencial. Así, en unos pocos meses, una modesta casa de créditos se convierte en la nueva figura fulgurante de la constelación financiera guaraní.

La segunda fase es un clásico. Quien controla el poder puede cambiar las reglas del juego. Se flexibilizan normas y cantidades ingentes de dinero público fluyen hacia las arcas de la nueva entidad, esto incluye fondos de pensión y recursos de las binacionales que no se registran como depósitos estatales. Un excelente truco contable.

Arranca además una campaña de hostigamiento a la competencia. Se impiden otras fusiones, se ordenan fiscalizaciones permanentes y se propalan rumores en las redes. Si se cuenta con operadores en los medios o medios propios mejor.

La tercera fase es la primera cosecha; préstamos a supuestas empresas del mismo grupo. Conviene aclarar a qué nos referimos con “supuestas”. No se trata de créditos otorgados a empresas que pertenecen a los dueños del banco y que eventualmente pueden ser rentables, sino a firmas montadas exclusivamente para sacar el dinero, firmas de fachada que no se quedan con los fondos.

Es el inicio de un plan de vaciamiento. A esta altura ya nadie puede saber con exactitud a dónde fueron a parar esos recursos.

La cuarta fase es la del encubrimiento. Los organismos de control (parte de ellos todavía funcionan) descubren las conexiones y les conmina a devolver el dinero. Para entonces, los gestores del vaciamiento ya no tienen el menor pudor. Aparece una financiera casi desconocida y, contra toda lógica comercial, compra la cartera de los créditos sospechosos. Se investiga de dónde sacó la financiera tanto dinero y se identifica a un par de firmas de reciente creación que hicieron el multimillonario depósito.

Resulta que esas firmas obtuvieron el dinero de préstamos concedidos por el mismo banco cuya cartera acaban de comprar. Un fraude de lo más ordinario.

El encubrimiento falla. La única salida es absorber otro banco o ser absorbido por uno y con la excusa de la fusión volver a tirar todas las pérdidas para adelante. Es entonces cuando uno de los amigos comete un terrible error. Llama al padrino político, al caudillo que les dio el poder original, y ofrece comprarle su banco.

Tamaña audacia es tomada como un insulto.

El líder político pide información y descubre el culebrón. Instruye a sus leales y torpedea a los amigos con un artero cuestionario.

Ellos ejercen su poder político. Cambian piezas, presionan y consiguen por ahora congelar el expediente. Las justas electorales del calendario obran el milagro de apagar por unas semanas el incendio.

Nadie se anima a vaticinar qué pasará después. Por unos días, todos fingirán demencia, pero la plata no está. Es un final abierto.

Habrá que esperar la tercera parte. Una trilogía de esas que hacen historia.

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