Opinión

Atrapados entre dos virus

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Este verano será recordado como el del miedo a los virus. Nos acompaña el espanto de ser picados por el mosquito del dengue o el de ser contagiados por un coronavirus. El sentido común nos dicta que deberíamos tenerle más temor al primero, ya conocido y habitante de nuestros patios, que al segundo, sobre el cual aún ignoramos casi todo y proviene de la lejana China.

Sin embargo, quizás por la incertidumbre que genera lo desconocido o tal vez por sentirnos parte de una aldea global, nos angustia más la posibilidad de que surja un supervirus capaz de exterminar a la especie humana. Y que nosotros estemos incluidos en dicho holocausto. Justo en este verano, cuando empezábamos a zafar del dengue. Al fin y al cabo esta es una tribulación universal que ha inspirado a escritores como Arthur C. Clarke y Ray Bradbury.

En realidad, los científicos creen improbable tan deprimente desenlace. La humanidad ya ha sobrevivido a varias pandemias. Desde 1328, y durante el cuarto de siglo siguiente, la peste bubónica mató a 20 de los 50 millones de habitantes de Europa. Los antibióticos con los que se la podría tratar solo aparecerían en el siglo XX, pero la afección se autolimitó.

Entre 1918 y 1920 la gripe española, la peor de la historia mundial, arrasó con la vida de más de 40 millones de personas. Tampoco tenía cura, pero el agente causal se extinguió. Los primeros casos de sida fueron descriptos en 1981 y el virus fue aislado en Francia tres años después. Ha matado a 39 millones de pacientes pero desde hace años, con el desarrollo de remedios eficaces, se ha convertido en una enfermedad crónica.

Frente a esto, los números del coronavirus son, por ahora, ínfimos, aunque la globalización de las comunicaciones y el movimiento humano haga que su propagación sea muy rápida. Empero, las medidas con las que el mundo responde a estos eventos son muy superiores a los de pocas décadas atrás. Fíjese en esta impresionante cronología de la reacción de las autoridades chinas e internacionales. El 31 de diciembre se notificaron 27 casos de neumonía de origen desconocido vinculados a un mercado de la ciudad de Wuhan. Diez días después fue identificado el nuevo coronavirus y se publicó su secuencia genética. Enseguida, la Organización Mundial de la Salud alertó a todos los países y se tomaron determinaciones en los aeropuertos de los cinco continentes.

En China se decretó la mayor cuarentena de la historia, que alcanzó a doce ciudades y 56 millones de personas. Se cerraron escuelas y oficinas, se paralizaron millones de viajes, se suspendieron las festividades del Año Nuevo chino, así como la entrada a la Gran Muralla y la Ciudad Prohibida. Hay quienes dudan de la real efectividad de tal aislamiento, pero demuestran la voluntad y coordinación de los esfuerzos globales.

A falta de datos más confiables, conviene retornar al sentido común: Hay que tenerle más miedo al dengue que al virus chino. Y recordar que tampoco el dengue es nuestra epidemia más peligrosa. Los accidentes de tránsito matan mucho más gente que el maldito mosquito. Y ambos comparten una misma causa: La indolencia social. Pero no, a nosotros lo que nos preocupa es el coronavirus.

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