La desarticulación de una red internacional de tráfico de cocaína culminó con la prisión de varios futbolistas paraguayos. Uno de ellos, Víctor Centurión, es muy conocido, pues llegó a ser convocado por la Albirroja en tiempos del técnico Ramón Díaz. Había jugado en Deportivo Cali y vino a Olimpia, club con el que fue campeón en 2011 y 2015. En la final de la Copa Libertadores de 2013, la que Olimpia perdió en penales, él estaba en el banco de suplentes. También jugó en mi club –Guaraní– y fue nuestro arquero cuando salimos campeones de la Copa Paraguay en 2018. Pasó a la historia por ser el primer arquero en convertir un gol en 115 años de existencia de la institución. Claro, aún no había venido Gaspar Servio, quien luego se convertiría en el arquero con más goles en los anales del fútbol paraguayo.
Pero no nos desviemos del tema, Ahora, la Fiscalía señala a Víctor Centurión como integrante de una organización de narcotraficantes. Lo curioso es que hay otro guardameta apresado por el mismo caso. Se trata de Luis Chon Molinas, ex jugador de futsal de Cerro Porteño y multicampeón en la máxima categoría de esa disciplina deportiva.
Imposible hablar de guardavallas y narcotráfico sin mencionar la tragicomedia ocurrida en el Chaco en 2024 y que involucró a Tobías Vargas, polémico ex jugador del Sportivo Luqueño. Su aparición, reclamando la propiedad de una avioneta estrellada en Loma Plata fue de lo más extraña, sobre todo, porque el piloto, fallecido en el accidente, tenía antecedentes de tráfico de drogas y en el avión se encontró un bolso repleto de billetes de cien dólares.
Como la investigación judicial sigue abierta, Tobías pudo seguir su carrera deportiva en el 3 de Febrero, un club esteño que tuvo la impudicia de anunciar su contratación con un video con estética narco y la música de la serie El señor de los cielos. Una apología y validación de una cultura narco que invade el fútbol local.
Dejemos en paz a los arqueros. El narcofútbol, de verdad no transita por los vestuarios, sino por las mesas de transacción de la dirigencia. Que Sebastián Marset se haya dado el gusto de comprar por diez mil dólares la titularidad en el equipo del Deportivo Capiatá es una anécdota trivial. Lo importante era el eslabón político que, uniendo el fútbol con el Congreso, aseguraba la necesaria protección para los negocios.
Diego Benítez, un “exitoso” empresario que ocupó cargos relevantes en la dirigencia de Olimpia –sí, ya sé, y anteriormente de Guaraní– está vinculado con la megacarga de 16 toneladas de cocaína. Es así en todas partes del mundo, desde los años ochenta, cuando Pablo Escobar, con el Atlético Nacional, y los Rodríguez Orejuela, con el América de Cali, convirtieron a Colombia en un “laboratorio” donde se probó que el fútbol compra prestigio social. Hoy, prófugo internacional, Diego Benítez es un monumento a la impunidad de una élite deportiva que prefirió no preguntar de dónde venía el dinero.
Para entender lo que pasa en Paraguay debemos ver el espejo mundial. El fútbol es un buen vehículo para el crimen organizado por muchos motivos: Flujo masivo de efectivo en las transferencias, viajes frecuentes, posibilidad de codearse con los ámbitos políticos y empresariales, apuestas deportivas y blindaje emocional, pues nadie quiere atacar al club de sus amores.
El fútbol es una lavandería perfecta. Ofrece las opciones de gerenciamiento de clubes humildes con capitales astronómicos; explica la venta de jugadores mediocres por cifras increíbles y transforma gracias al microtráfico y sus negocios asociados, a las barras bravas en fuerzas de choque para control territorial.
El fútbol paraguayo ya no se juega solo sobre el césped; se disputa también en las pistas clandestinas del Chaco y se transa en contenedores de pintura con destino a Hamburgo. El balón, ese objeto sagrado de la pasión popular, ha sido confiscado por una logística criminal que encontró en los clubes el camuflaje perfecto para el blanqueo y el ascenso social.