12 abr. 2026

Aprender a vivir mañaneramente. El desafío de la educación

La vida es efímera. Se viene arrojado al mundo sin haber elegido el lugar. Ni el tiempo. Luego se camina la existencia en un presente con pasos hacia el futuro. Lo andado en el ayer nos enseña que vivir es un ahora en movimiento.

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Obra de Carlos Colombino

Foto: Archivo ÚH

En el presente vivimos. Pero aprendemos que el presente existe mientras fluye hacia el mañana. De ese momento que continúa en el instante que viene la vida sigue. Así, en la existencia personal, social, histórica. Por eso, todo depende del mañana, del que construimos cada día en un estar que acaso perdure. Lo hará siempre que nuestra acción, conocimiento y pensar superen la inmediatez.

Hoy lo inmediato se impone en todas partes. Nuestra vida se parece a las noticias, que al día siguiente son suplantadas por otras, las que igualmente perecen en pocas horas. Así sucede, cuando no se supera la simple mirada en los requerimientos del ahora con la existencia personal, con la de una sociedad, de un Estado o de una República. Por eso, lo grávido en este presente es la inmediatez. Lo que hacemos está pensado para el presente, para la coyuntura que nos absorbe. Sin embargo, solo dura lo que se sostiene al paso, sin cesar, del tiempo.

La República fue creada para que una nación perdure y, para hacer posible su duración, también se dio origen al Estado. Esta aparición institucional ha sido producto de la lucidez intelectual, que visualiza y reconoce las formas en que transcurren la realidad y los problemas sociales. La ignorancia es oscuridad latente: no deja ver. Y cuando se sale de ella, se empieza a distinguir las sombras, los movimientos, pero no las cosas como son. Para conocerlas hay que pensar. El pensar es la vía que conduce a la razón. Y la razón adviene mediante el pensar. Mora en su espacio buscando la verdad. Esta, la verdad, es el objeto del pensar.

Mas, como nos señala Platón en La República, con la sola luz que el claro día nos permite nombrar las cosas, y ya hacerlas y poseerlas, no basta. Estamos en un aprendizaje incipiente. Hay que avanzar. Y avanzamos convirtiendo el lenguaje y el talento humano en arte, en imaginación y en cultura. Incluso, en general, a través del juicio opinamos. Con la opinión describimos la percepción de los hechos. Somos seres acontecimientales. Aun cuando en silencio observamos los acontecimientos, tal como ocurre en este presente ensombrecido por la crueldad, el horror o la distracción. He ahí la insuficiencia de la opinión. Ella ya está precedida por una ideología, una falsa conciencia que distrae y enajena la realidad, cuyo conocimiento procede de la verdad, construida por la razón y el pensamiento crítico.

Con la simple doxa, la opinión, estamos fuera de la sabiduría, estado del ser en el que una serie de conocimientos se expresan en conceptos. De ella, de la sabiduría, emergieron las reflexiones sobre la condición humana y la política. Reflexiones lógicas que, a su vez, dieron nacimiento a la República. Vale decir, a la soberanía de un Estado.

LA AUSENCIA DE LA SABIDURÍA

Es el peligro al que nos enfrentamos al enajenar la democracia al dominio de la mediocridad. La mediocridad que solo sabe de sus apetencias e intereses. El bien, la justicia, la igualdad, la libertad, la fraternidad, la paz y el bienestar general son valores y principios que duermen en las constituciones. Y en los derechos universales de la humanidad. Sus fundamentos surgieron del pensar, del ideario de los sabios, los filósofos –al decir de Alain Badiou–, y se convirtieron en historia por la lucha de los oprimidos, de los insumisos.

La mención de la historia nos lleva a la larga duración, enunciada por Fernand Braudel. Las decisiones y acciones de los gobiernos que no responden a esos ideales, profundamente humanos, fallecen en la inmediatez. Ni siquiera la autopropaganda omnipresente salva a los poderes ignaros de la insignificancia, una edad que ahora se globaliza con la tecnología que se apropia, con galopante piratería, de la inteligencia humana.

Lo acontecimiental es histórico toda vez que es pensado y realizado mañaneramente. Pues acontece para quedarse en el mañana que sigue a este tiempo. Y vuela sobre este presente porque, como una revolución que ha cambiado la historia, nos interpela. Nos interpela a liberarnos de los sistemas protofascistas que resurgen atrozmente contra la civilización. Sobre todo, en contra de su avance hacia un mundo pluriverso regido por la razón y el Derecho Internacional. Así, la propia cultura, sostenida por la filosofía, la ciencia y la creatividad, nos conmina a reencaminar este presente hacia un futuro con memoria y transformaciones estructurales, sistémicas. En especial, para la autorrealización sin discriminaciones de la dignidad humana.

SUPERAR LA DISTRACCIÓN ALIENANTE

La industria y el comercio de la distracción alienante no tienen fronteras. Invaden, con diversas escalas, todos los estratos sociales de la posmodernidad. Hasta la política, concebida como una concepción del mundo y una práctica racional para llevar a la realidad hacia la justicia social, opera generativamente para desviar la atención de las inequidades, corrupciones y del autoritarismo.
De esta manera subsistir el día limita con el muro que dificulta la trascendencia. No obstante, desde la antigüedad y según las épocas, el salto al futuro conmina a nuestra inteligencia a vivir diacrónicamente. Evolucionar es la distinción de lo humano. De ello dan cuenta los nuevos paradigmas de la ciencia. Los conocimientos avanzan. Y progresan sobre las investigaciones que se aprenden y producen en las universidades. Si mañaneramente queremos consolidar nuestra República, preciso es dedicar desde el Estado y la sociedad el esfuerzo y los recursos a la educación.

Solo con la educación se sale adelante, eso ya lo decía Ramón Indalecio Cardozo. Una estrategia que se echó al olvido. Educación activa para los conocimientos y las habilidades que requieren el hoy y el mañana. Educación pública, inclusiva y de excelencia, la que, al universalizar los estudios superiores –las carreras científicas, tecnológicas y de las ciencias sociales, con la transversalidad del pensamiento crítico–, asegura a una República subir las indómitas pendientes de las naciones que moldean el mundo y su futuro. Moldear es reconfigurar un orden cuya arquitectura se basa en la igualdad para alcanzar la auténtica libertad.

Lo que urge, entonces hoy, es aprender a vivir mañaneramente. Con esta vida, individual y social, habitaremos un futuro digno de la condición humana construido en este incierto presente. Lo haremos –es el reto– siempre que la “astucia de la razón” (Hegel) dirija nuestro destino.

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