27 ene. 2026

80 años del Panteón Nacional de los Héroes

El 12 de octubre de 1936, una comitiva encabezada por el presidente Rafael Franco condujo en cureña dos urnas hasta el Panteón Nacional, que de esa forma quedó inaugurado.

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La fotografía pertenece a Gloria Deidamia Franco. | Foto: @HeribCaballero

Herib Caballero Campos | Historiador

El 1 de marzo de 1936 se organizó un acto público para honrar a los héroes de la Guerra contra la Triple Alianza, y, en particular, al mariscal Francisco Solano López; por primera vez —afirmaba el presidente Rafael Franco— se daba la oportunidad de honrar a “la figura histórica más alta y más completa que ha producido la Nación paraguaya y es nuestro deber honrar su memoria esclarecida tanto como seguir su ejemplo”, por lo que se había dictado un decreto-ley, por el cual se declara nulo el decreto del 17 de agosto de 1869 y las demás medidas legales. En la segunda parte del decreto se disponía que se erigiría en la colina más alta de la capital paraguaya un monumento para honrar la memoria “del ilustre gobernante que cayó en defensa de su Patria”.

El siguiente paso de la tarea reivindicatoria al mariscal Solano López fue finalizar el Oratorio a la Virgen de la Asunción que había sido construido por orden de Francisco Solano López antes de la guerra —con el fin de ser Oratorio de la Virgen de la Asunción— y que a consecuencia de ella quedó inconcluso. Afirmaba Juan Stefanich que el oratorio “quedó en el centro de la ciudad como un sangrante muñón del pasado, destinado a sufrir las injurias del tiempo y de los hombres”.

Una de las primeras obras del gobierno de Franco fue ordenar la conclusión del oratorio, por lo que “manos de artistas y artesanos pusiéronse a la obra. ¿Cien obreros no fueron suficientes? Pusiéronse doscientos, aumentáronse hasta trescientos. ¿No bastaba el trabajo diurno? Se trabajó de noche. Y por primera vez aquella ciudad habituada al abandono y a la lentitud, contempló el espectáculo de una obra edilicia acelerada con el trabajo nocturno a la luz de las bujías eléctricas”, citaba Stefanich, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Franco.

El trabajo arduo dio resultados y la obra estuvo concluida para los primeros días del mes de setiembre 1936. El 14 de setiembre se dictó un decreto que en sus consideraciones afirmaba que “el deber incumbe al pueblo y al gobierno de la república de tributar un homenaje digno y perdurable a la memoria de los próceres beneméritos de la patria que contribuyeron con sus sacrificios y sus esfuerzos a conquistar la libertad política de la nación y a darle fisonomía destacada en el concierto internacional” y además “la necesidad y conveniencia de consagrar a la memoria de quienes todo lo dieron por la felicidad y el bienestar de su pueblo el monumento histórico, inconcluso erigido en la capital de la República...”. Por todo lo expuesto el decreto establecía que el monumento se denominaría Panteón Nacional, en el cual se debían conservar “los restos de los próceres beneméritos de la nación, que se hicieron acreedores de la gratitud de la posteridad por sus virtudes excepcionales al servicio de la Patria”.

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