Mientras los misiles van y vienen en Medio Oriente, en tanto las amenazas mutuas tienden a una escalada en el conflicto que envuelven a Irán por un lado, y a Israel y Estados Unidos por el otro, los valores de los hidrocarburos comienzan a experimentar variaciones hacia arriba y se unen al incremento de los fertilizantes, recursos fundamentales para mover cualquier economía, más aún en países agroproductores.
El escenario donde actualmente se desata el epicentro del enfrentamiento no es más ni menos que el antiguo Imperio persa, con miles de años de historia y con una cultura muy profunda, arraigada en tiempos remotos y con legados incontables, que sostienen la evolución de su gente y su civilización.
En Irán se habla el farsí, además de existir un acervo interesante en administración, infraestructura y cultura. La red de caminos reales, el servicio postal, innovaciones hidráulicas y la influencia en arte y arquitectura son notables en Oriente Medio, al que también legaron íconos históricos, como sus incomparables alfombras persas.
Ciertamente, desde 1979 ocupa la cúpula de poder una teocracia liderada por los ayatolás, que arrancó su férreo régimen con la llamada revolución islámica, periodo en el que las libertades fueron aminorando y las normativas imponen restricciones, sobre todo a las mujeres en su desenvolvimiento cotidiano. Los derechos son cercenados y hay un control estricto desde las autoridades, administración donde están unidos Estado y religión fundamentalista.
El ámbito artístico y cultural, si bien invisibilizado en el imaginario colectivo occidental, también es de una exquisitez peculiar en el tratamiento de los conceptos e ideas que buscan plasmar, a través de las diferentes expresiones, la cosmovisión y la idiosincrasia de los 93 millones de iraníes en sus 1,7 millones de kilómetros cuadrados.
Un somero esbozo de su producción cinematográfica puede orientarnos hacia el ecosistema que envuelve esa intención de retratar una sociedad heredera de cultura ancestral y presencia en una zona que es permanente polvorín y riesgo. En general, el cine iraní es sencillo en su arista de producción, pero profundo en el tenor y el mensaje que busca proyectar, con películas multipremiadas en festivales internacionales.
Podemos nombrar los considerados mayores paradigmas de su séptimo arte, con Abbas Kiarostami como director, El sabor de las cerezas, con simbolismos que alcanzan ribetes filosóficos sobre la vida y la muerte; Detrás de los olivos, que contempla una escenografía producto de un terremoto real que azotó las afueras de Teherán, con una historia de amor en apariencia sencilla, pero de connotaciones que calan el espíritu del espectador; a los que se suma Dónde está la casa de mi amigo, que describe en general cómo es la niñez en aquel país donde la pobreza se siente a flor de piel.
El globo blanco, de Jafar Panahi, se inscribe entre las producciones más renombradas y donde también la historia transcurre entre festividades de Año Nuevo persa y el deseo de una niña, de inmensa inocencia y dulzura, que anhela que se le compre un pececito de colores.
A la geopolítica, lo sabemos, no le interesan mucho las expresiones culturales, y ejemplo de ello tenemos en Siria e Irak, donde también la maquinaria bélica estadounidense arrasó con monumentos ancestrales, bibliotecas con incunables ahora irrecuperables y vestigios arqueológicos de inconmensurable valor que marcaron durante milenios una zona impregnada por diferencias étnicas, religiosas y territoriales.
Las bombas siguen cayendo y el petróleo es el patrón mundial que obliga al movimiento de tropas. Ajena a ello, hay una población civil que paga las consecuencias y un legado que habla desde tiempos remotos sobre cómo evoluciona una civilización signada por historia pura, pero también por violencia.