17 abr. 2024

Wal Mayans: actor y bailarín que busca historias no contadas de Paraguay

Formado con investigadores teatrales como Jerzy Grotowski o Eugenio Barba, pero también con maestros espirituales de la isla de Bali (Indonesia), el actor y bailarín paraguayo Wal Mayans escarba en sus actores para buscar movimientos con los que contar las historias no narradas de Paraguay.

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Wal Mayans, actor, bailarín y director de teatro, quien apuesta por lo antropológico. Foto: Facebook.

EFE

Mayans (Asunción, 1956), distinguido como Maestro del Arte en 2014, ganó premios internacionales de danza en Saitama (Japón) o Barcelona (España), y desde hace varias décadas apuesta por actores jóvenes paraguayos para educarles y crear con ellos propuestas de teatro alternativo.

El actor, bailarín y director estudió teatro antropológico en Dinamarca con el autor italiano Eugenio Barba, gracias a una beca que obtuvo a los 23 años, y llegó a formarse también con el director polaco Jerzy Grotowski, conocido creador del llamado “teatro pobre”.

“Cuando tenía 18 o 19 años y vivía en Asunción, mi religión era el rock. Iba a bares donde ponían música de Pink Floyd y me movía con movimientos extraños, me sentía muy lejos. En ese momento ni siquiera había escuchado hablar de la expresión corporal. La gente me llamaba “Grotowskiano”, y unos años más tarde yo estaba estudiando con el mismo Grotowski”, relató.

Su estancia en Europa le sirvió para escapar de la represión policial que padeció durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), y de los rigores del servicio militar obligatorio.

En lugar de eso, Mayans vivió en Italia una especie de “Woodstock del teatro alternativo”, como él lo describe en referencia al conocido festival de música, y fundó la compañía de danza-teatro Unterwegs Theater en la ciudad alemana de Heidelberg.

Pero no sólo se nutrió de los grandes nombres del teatro en Europa, sino que también se formó con maestros espirituales balineses, porque estaba cansado de “hablar con gente cargada de palabras”, como describe a muchos creadores europeos.

Con sus maestros asiáticos aprendió otra forma de relacionarse con su entorno, con su cuerpo y con sus energías.


“Es importante lograr la organicidad en los movimientos, sentir la parte espiritual y llegar al origen, a la raíz de tu energía. Somos un medio de expresión”, expuso Mayans.

De ellos aprendió también a leer las líneas geométricas que trazan los movimientos de la personas, y a dibujar con ellas un relato, mezclando el teatro y la danza.

Hoy, su centro de operaciones se encuentra en el antiguo hospital de Clínicas de Asunción, un enorme edificio en desuso que los actores del Proyecto Tierra Sin Mal, dirigido por Mayans, limpiaron, desinfectaron y habilitaron para tener un espacio donde formarse.

Entre estas paredes presentaron “Damiana. Una historia silenciada”, una obra unipersonal inspirada en la vida de una niña del pueblo indígena aché raptada por colonos en el sur de Paraguay en 1896, y llevada a Argentina para trabajar como empleada doméstica.

De la mano de Mayans, la historia de Damiana viajó hasta el Mercado de Industrias Culturales del Sur (Micsur), celebrado en octubre en Bogotá (Colombia), y se presentó también en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, que funciona en un antiguo centro de detención clandestina durante la dictadura argentina (1976-1983).

Otros personajes, como la poetisa hispano-paraguaya Josefina Pla (1909-1999), o el conquistador español Juan de Salazar (1508-1560), fundador de la ciudad de Asunción, también han inspirado algunas de sus puestas en escena, en las que emplea elementos de videoarte, e incluso algunos procedentes del circo, como la acrobacia o los malabares.

Para él, cada representación es una “invitación a convivir” con un proceso, a compartir parte de esa comunidad, independiente y aislada del resto de la sociedad, que construyen sus actores mientras trabajan en el montaje de una obra.

Su reto actual está centrado en relatar la tortura durante la dictadura stronista, no desde la óptica de la brutalidad del torturador, sino desde el miedo que infundía en la gente.

“No busco retratar al torturador, sino a la representación del miedo, ese miedo que aún está presente en los paraguayos que no se levantan, que no protestan, que prefieren callar”, concluyó.

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