Consumado el atentado, el régimen debía hallar a los responsables del ataque y también deshacerse de los hierros retorcidos a los que quedó reducido el lujoso Mercedes Benz, color blanco, en el que Anastasio Somoza halló la muerte.
Como todo lo que tenía que ver con cuestiones de Estado y su seguridad, nadie sabía dónde habían ido a parar los restos del automóvil, destrozado por el lanzacohetes de los guerrilleros. Pero un día, allá por 1993, al fin se pudo conocer dónde estaban.
Según relata el Dr. Joel Filártiga, médico y activista de DDHH, a la periodista Mónica Zub Centeno, ese año habían recibido una información de que en la quinta del ex jefe de Policía, Alcibíades Brítez Borges, se encontraban los cadáveres enterrados de desaparecidos.
En ese lugar había tres mojones de tierra, el pasto ya había crecido y los montículos tenían forma de ataúdes, según el médico. Al empezar a excavar aparecen las piezas del vehículo que pertenecía a Somoza.
Las piezas del auto fueron trasladadas a Asunción, a excepción del motor, que fue vendido por el hijo de Borges. Con lo que quedó, Filártiga realizó una escultura que se encuentra en el patio de su casa, en el barrio Sajonia de Asunción.
La rústica obra del médico no solo recuerda el sangriento atentado en el que murió Somoza, sino también al hombre que fue uno de los dictadores más brutales de América Latina.