21 feb. 2024

Un país que no despierta

Paraguay no tiene por qué ser siempre un pueblo sufrido. Tiene razones en su historia para no serlo: superó el yugo de los colonizadores hace más de dos siglos, dos guerras –una más feroz que la otra–, más de tres décadas de dictadura y se impuso en un par de marzos a los abusos del poder en democracia.

Hoy por hoy, el ciudadano y la ciudadana de a pie, ¿qué más motivos necesitan para despertarse de la burla constante a la que nos somete el gobierno de turno?

Los congresistas, a los que votamos en abril del 2023, hace apenas seis meses que asumieron su mandato. En corto tiempo, hicieron lo que quisieron con la plata del pueblo. Todavía deben mantenerse en el ejercicio por cuatro años.

Ni bien llegaron al poder, con descaro y sin disimulo, se ufanaron de “estar mejor” con dinero del pueblo, que además repartieron a sus parientes.

Solamente el sueldo de G. 18.274.300 de la hija del vicepresidente de la República, Pedro Alliana, en la Cámara de Diputados, equivale a seis salarios mínimos. Este monto, incluso, puede ser el sueldo de seis ciudadanos o de un solo trabajador o trabajadora que sumado gana esa cantidad en seis meses, si es que gana salario mínimo, claro.

Cuatro millones de personas están en edad de trabajar en Paraguay, pero solamente algo más de la mitad tiene una ocupación, de los cuales apenas 377.900 perciben el salario mínimo o un monto igual. El resto es cuentapropista o emprendedor, y probablemente gana más, o vive del día a día, y sus ingresos son menores.

Aunque, ni el salario mínimo es suficiente para tener una vida digna o una buena calidad de vida, al menos no en Paraguay, si es que todo sube.

Para aquel que a diario tiene que ganarse el pan, no tiene mejores oportunidades y tiene que mantener a una familia, las cosas son aún más duras.

Frente a estas necesidades, ¿al pueblo no le indigna que su plata tenga que ser derrochada por diputados y senadores?

Que sillas de G. 5 millones aquí, que computadoras de G. 15 millones allá, y cargos para el hijo o la hija, para el esposo o la esposa, para el primo o la prima, para el sobrino o la sobrina, el tío o la tía, el yerno o la nuera, el suegro o la suegra.

A ellos ya no les da vergüenza porque la ciudadanía no se inmuta, no reacciona, no se despierta, no levanta la voz, no protesta, no exige hacer las cosas conforme a la ley.

¿A la ciudadanía acaso no le molesta?

El sufrimiento de la población no se debería normalizar y tampoco el despilfarro en el Congreso.

Los parlamentarios caen en todo lo que está prohibido por ley: mala utilización de los recursos estatales, tráfico de influencias, nepotismo, que son pasibles de sanción e incluso de pena de cárcel.

¿Por qué se permite que la Justicia sea selectiva con ellos?

El caso de la hija de Alliana es solo un ejemplo de los varios que ahora vemos en el Congreso, donde hay clanes familiares, asesores sin méritos, cargos de jefes o jefas que se inventaron para cobrar millones y funcionarios que cobran, pero no van a trabajar.

¿Qué más le hace falta al pueblo para ejercer su autoridad, golpear la mesa con el puño y decir ¡basta!?

Es momento de que la ciudadanía se haga escuchar, quizás saliendo a las calles para ejercer presión, ya que es un derecho contemplado en la Constitución Nacional.

Lo que vemos en las cámaras de Diputados y Senadores no es un reality para entretener a las masas en las redes sociales y generar repudio que se limiten a comentarios o reacciones con emoticones. Es algo mucho más serio, forma parte del escenario nacional.

Cabe recordar que los congresistas están para hacer leyes en beneficio del pueblo. El pueblo es su autoridad. El pueblo es el que les delega poder y ellos son sus representantes. No fueron votados para congraciarse con el dinero del pueblo, sino para que lo administren y bien.

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