10 abr. 2026

Un globo que se pincha

El relato que no se sostiene en hechos fácticos y no es acompañado de una realidad más palpable, indefectiblemente culmina en mero espejismo, en un discurso hueco.

Para navegar más o menos regularmente en las aguas de un mar que podría enfrentar fuertes tormentas, la actual administración del país construyó un discurso a tono con la estabilidad económica interna general, con el ascenso en los niveles positivos en torno a crecimiento del PIB, moderación del tipo de cambio e inflación controlada.

Lo macro transitó en la primera etapa del gobierno de Santiago Peña con un equipo técnico que le acompañó al iniciar su mandato alineado a forjar un país que debía continuar las medidas equilibradas, para que los organismos multilaterales observaran que “se estaban haciendo bien los deberes” y que el déficit fiscal estaría siendo contenido en gran medida.

La luna de miel con todos los sectores (salvo los más vulnerables, que siempre pagan los platos rotos) daba cuenta del respaldo recibido y de los aplausos ante los múltiples viajes del presidente para atraer inversiones y seguir posicionando al Paraguay ante el concierto de naciones como el tesoro a descubrir y el futuro polo de ferviente desarrollo.

La fórmula de siempre se replicó una y otra vez: energía barata, impuestos bajos, bono demográfico, fabulosa hospitalidad y otras ventajas comparativas frente a una región donde reinan las regulaciones y las cargas tributarias más estrictas. La imagen que quedaba –culminadas las incontables giras internacionales con dinero público– era de puras sonrisas, reuniones con magnates, inversores, funcionarios de alto rango.

A nivel interno, las recaudaciones en general no paraban de crecer, en cada periodo prácticamente se lograban récords en ingresos genuinos al Estado y la perspectiva era que el país se destacaría entre los demás de la región por su pujanza, por ese pasado tan manoseado en el que la palabra “gloria” llenaba los discursos oficiales, y con la quimera de replicar aquel tiempo, durante parte del siglo XIX, especialmente lo alcanzado durante el gobierno de Carlos Antonio López.

El globo se inflaba, y el relato se basaba en una realidad que solo favorecía (lo sigue haciendo) a mínimos grupos de poder, que se siguen beneficiando del sector público, y a una clase política bien acomodada, que legisla para sus intereses y el de sus familiares/amantes. La gente de a pie no sintió quizá el sueño que intentó vender el gobierno, de que se estaría mejor.

Toda la película proyectada a boca llena sobre segundo grado de inversión, estabilidad macro, fabulosas recaudaciones y un futuro optimista fueron cayendo en saco roto cuando arrancó lo que el mismo gobierno denominó el “segundo tiempo”, donde la construcción de una realidad parece ser ya más moderada y días después de que el propio ministro de Economía, Carlos Fernández Valdovinos (hasta en ese entonces), propusiera una “economía de guerra”, porque en esencia cayeron las recaudaciones, cambió el panorama y debíamos ajustarnos los cinturones.

El intríngulis al interior de la cúpula se tornó en torbellino y alguien debía pagar por el resquebrajamiento del discurso optimista en el “primer tiempo” de este partido, que será muy distinto al de la Albirroja en el Mundial que llega, porque el equipo de gobierno siente cada vez más la presión de las carpas partidarias que anhelan acceder a recursos para la campaña política, que también se avecina.

La proyección que se avizora tiene rostro de déficit, de terribles dramas para pagar las deudas del Estado con vialeras, farmacéuticas y ecosistema del Hambre Cero; además de la deuda soberana, que sigue creciendo peligrosamente. Mientras tanto, se paró la obra pública, no hay mucho circulante, los hospitales administran miseria y no existen visos de solución para el deplorable transporte público.

El relato, entonces, quedó hasta ahora en el limbo del espejismo, en el discurso hueco.

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