Votamos un presidente de la República, pero lo que conseguimos fue apenas un gerente con oficio, y solo podemos esperar de él lo que ese tipo de gerencia te puede dar. No es malo, pero tampoco una maravilla. Es ortodoxo; hará lo que dicta la norma y aplicará las fórmulas tradicionales dentro del margen de lo que el accionista principal de la empresa y sus socios le permitan hacerlo. No pretende corregir las malas prácticas ni sacar a los pillos de la compañía. Su misión es completar su periodo gerencial sin mayores sobresaltos y con dividendos razonables para todos, llevando él un generoso bono para financiar su jubilación prematura. Y eso es todo. No esperés ni pidas más. Me lo dijo un pragmático empresario refiriéndose, obviamente, a Santiago Peña. Un repaso rápido de estos dos años le dan la razón.
Peña se aferró a la ortodoxia económica (lo que no es necesariamente malo) fijando como objetivo primario restablecer rápidamente el equilibrio fiscal, lo que implicaba básicamente que el Estado recaudara más y gastara menos. Siendo apenas un gerente y no un líder político capaz de recortar los privilegios y las prebendas de lo que el presidente argentino Javier Milei identificó como la casta, reestructuró el sistema de recaudación mejorando el nivel de los ingresos y le puso tope a los gastos que no afectaran directamente a los correligionarios y sus colegas.
Así llegamos a estas fechas con un ministro de Economía haciendo malabares para cerrar el año con la meta fiscal acordada (entre otras cosas para no perder la calificación de país con inversión relativamente segura), pero a costa de retacear los pagos a las principales proveedoras y contratistas del Estado. La situación es delicada porque Peña necesita mantener y aumentar algunos gastos sociales muy básicos como los subsidios a personas de la tercera edad, los programas de viviendas y la compra de insumos médicos y sostener los niveles de inversión en obras públicas, pero todo ello con un endeudamiento que ya llegó al tope de lo que es financieramente sostenible y sin romper su promesa de seguir con una baja presión tributaria.
Con este frágil escenario, Peña usa el dominio del Congreso de su padrino político, Horacio Cartes, para sacar algunas leyes menos conflictivas y que pueden darle algún empujón a la economía: Leyes para ensamblar electrónica o para desburocratizar la formalización del empleo en las pequeñas empresas. Buenas leyes, pero ninguna de fondo.
Un manejo gerencial previsible. Lo que no se ve por ningún lado aún son los cambios que solo un presidente en pleno ejercicio de su rol de líder político puede llevar adelante. La reforma de la Caja Fiscal que devora más de 300 millones de dólares de los contribuyentes por año sigue siendo una promesa incumplida. Mientras, más del ochenta por ciento de los trabajadores del país carece de un seguro social. Nunca alcanzarán el beneficio de la jubilación. Suponer que todos ellos podrán gozar de una pensión para adultos es sencillamente delirante. Hoy un grupo minúsculo la tiene, no llega ni a los 700 mil guaraníes por beneficiario y, sin embargo, ya le cuesta al contribuyente unos 600 millones de dólares anuales.
No hubo el menor intento por alcanzar acuerdos políticos para depurar el sistema judicial. Por el contrario, hubo regresiones legislativas groseras. La Corte puede repartirse una vez más regiones del país donde cada ministro montará su propio feudo. Y, por supuesto, el gerente no dijo una sola palabra al respecto.
En educación, la gestión de Peña se agota con un plato de comida por estudiante, una cuestión indiscutiblemente necesaria, pero totalmente insuficiente para provocar algún cambio relevante en el calamitoso modelo educativo paraguayo.
La lista de las transformaciones esenciales, pero ninguneada por Peña es larga y dolorosa. Como me aseguró crudamente aquel empresario, suponer que Peña dará algunas de esas batallas no solo es ingenuo, es estúpido. Eso lo hace un mandatario, un estadista, no un gerente. Así que hay que resignarse en los próximos años a resultados gerenciales menores: Una tasa de crecimiento económico razonable, alguna leve formalización del empleo, alguna inversión extranjera interesante… y los infaltables bonos del gerente.