Hay momentos que duran apenas unos segundos, pero permanecen en la memoria mucho después de haber terminado. Una escena en la calle, un encuentro inesperado o un lugar que llama la atención durante un viaje pueden convertirse en recuerdos que adquieren un valor especial con el paso del tiempo. Esa mirada sobre lo fugaz es el punto de partida de Sayonara, la exposición fotográfica de Diego Parra que se encuentra abierta al público en Asunción.
La muestra, cuyo nombre significa despedida en japonés, reúne fotografías tomadas durante un viaje del autor por Japón, desde su experiencia como fotógrafo de calle. Las imágenes nacen de aquello que captó su atención durante el recorrido: lugares, personas y momentos breves que, aunque ya quedaron atrás, permanecen en su memoria.
Lejos de intentar explicar la cultura japonesa en su totalidad o presentarse como una mirada experta sobre el país, Parra propone un acercamiento personal. La exposición invita a observar aquello que muchas veces pasa inadvertido y a reconocer el valor de las escenas cotidianas, incluso cuando su existencia es pasajera.
La muestra se encuentra disponible en la Sala de Exposiciones del Centro Paraguayo Japonés (Domingo Portillo casi Dr. Gerónimo Zubizarreta), donde permanecerá abierta hasta el 24 de octubre, de 10:00 a 20:00.
La belleza de lo que pasa
Durante su viaje, el fotógrafo se acercó a dos conceptos de la cultura japonesa: mujō (無常), que hace referencia a la impermanencia, y mono no aware (物の哀れ), una sensibilidad vinculada con la emoción que surge al reconocer que las cosas cambian y no permanecen para siempre.
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Ambas ideas atraviesan el sentido de la exposición. La fotografía permite conservar una imagen de aquello que ya pasó, pero también recuerda que ese instante existió una sola vez, en un lugar y un momento determinados.
Cada fotografía parte de una experiencia personal y deja espacio para que el visitante encuentre sus propias sensaciones e interpretaciones.
En ese contexto, Sayonara adquiere un significado que va más allá de una despedida. Para el autor, representa la aceptación de que todo cambia y termina, pero también la posibilidad de encontrar belleza precisamente en aquello que no permanece.