Mi nombre es Roberto Gaona Adorno. Nací el 14 de diciembre en Caacupé. Mis padres fueron don Pedro Regalado Gaona y doña Roberta Adorno de Gaona. Somos siete hermanos en la familia, actualmente cuatro seguimos con vida, ya que tres de mis hermanos han fallecido.
Guardo recuerdos muy felices de mi infancia. En mi casa siempre había un ambiente musical, lo que hacía que la música formara parte de nuestra vida cotidiana. Ese entorno me motivó mucho y gracias a ello pude aprender a ejecutar mi primer instrumento, que fue la guitarra.
Mi pasión por la guitarra y por el arte comenzó en la escuela y en la iglesia, donde tuve mis primeras experiencias musicales. Mi hermano mayor fue mi primer instructor, él me enseñaba algunas canciones que luego interpretaba tanto en la escuela como en la iglesia, especialmente durante la misa de los domingos.
Un momento clave de mi juventud fue en 1979, cuando conformé un grupo musical llamado Death Melody. En ese grupo tomé por primera vez la guitarra eléctrica, y fue una etapa llena de muchas emociones y aprendizajes. Posteriormente, en 1981, me integré al grupo musical Los Tauros de Caacupé junto a mis cuatro hermanos: Ramón, Carlos Valerio, Johnny y Mingo.
Formé parte del grupo hasta el año 1997. Fueron años de mucho trabajo y también de mucho éxito, recorriendo y llevando nuestra música por todos los rincones de nuestro país.
La muerte de dos de mis hermanos fue uno de los momentos más duros para mi carrera musical. Su ausencia en el escenario me afectó profundamente, y por eso tomé la decisión de dejar el grupo, ya que no podía soportar sin ellos. Fue una etapa de mucho dolor, por lo que me retiré completamente de la música por un tiempo. Sin embargo, pude salir adelante dedicándome plenamente a la docencia, y a través de la enseñanza logré superar esa crisis y seguir aportando al arte y a la formación de nuevas generaciones.
A lo largo de mi carrera también me formé en el ámbito académico. En 1995 me recibí de profesor superior en Educación Artística, lo que fortaleció aún más mi vocación por la música y la enseñanza. Llegué a enseñar por 25 años en diferentes centros educativos. Fue una etapa muy especial de mi vida, ya que cada año pude dejar un legado a través de la música en niños, jóvenes y adultos.
Paralelamente, en la docencia pude compartir la música y la cultura paraguaya con niños, jóvenes y adultos, dejando un legado que se mantiene vivo en cada aula y en cada estudiante.
Hoy, cumpliendo 45 años de carrera, celebrando 50 años en la música, y tras 42 años de matrimonio con mi señora, Maribel Pedrozo, hemos logrado formar una hermosa familia con cinco hijos y 16 nietos. Ella también es cantante, proviene de una familia de músicos y todo lo que tenemos es gracias a la música.
Las Paraguayas nació el 22 de agosto de 2016, durante una peña familiar que solíamos realizar. En esa ocasión estábamos reunidos seis chicas de la familia: nuestras tres hijas, una nieta y dos sobrinas. A partir de ese encuentro surgió la idea de formar el grupo, que poco a poco fue creciendo y madurando al comprender las necesidades que implica sostener un conjunto musical grande.
Actualmente somos 11 integrantes y hemos tenido la oportunidad de pisar escenarios tanto nacionales como internacionales. Cada compromiso lo asumimos con mucha responsabilidad, porque representamos a nuestra bandera, a nuestra cultura y a la tradición de un país con una historia muy rica.
El coro de Caacupé
En mi vida como artista, mis creencias espirituales tienen un papel muy importante. La espiritualidad es lo que me guía y me da fuerzas para seguir adelante en esta vocación. Me ayuda a mantener la fe en lo que hago y a continuar trabajando con dedicación y amor por el arte.
En 1996 fuimos convocados por la iglesia, a través del presbítero Pa’i Adriano Ávalos, para formar el coro Tupãsy Caacupé. Dirigirlo ha sido un rol muy significativo en mi vida, porque me permitió aportar al culto, a la música sacra y mantener viva la tradición musical de nuestra comunidad.
Comenzamos con 40 jóvenes para cubrir todo el escenario durante el novenario de la fiesta mariana del 8 de diciembre. Fue una experiencia llena de emociones; la gente lloraba y aplaudía con cada canción. Con los años, el coro creció hasta 200 voces, y durante 18 años, junto a mi familia, especialmente mi señora, Maribel Pedrozo, servimos a la Virgen sin pausa, transmitiendo fe, música y tradición.
Los recuerdos de mi vida en Caacupé que me mantienen conectado a mis raíces son mi barrio, la casa materna donde crecí y el cariño de la familia y los vecinos que siempre formaron parte de nuestra comunidad.
Me siento muy orgulloso y esperanzado al ver a las nuevas generaciones interesadas en la música paraguaya y en nuestro legado. En todas nuestras presentaciones vemos a jóvenes que corean nuestra música, lo que nos demuestra que aún existen jóvenes patriotas que valoran nuestras tradiciones, a pesar de que muchos medios radiales y televisivos difunden muy poco nuestro folclore.
La música no tiene fronteras, raza ni color, es universal. Cada canción llega a la gente según su estado de ánimo. Para nosotros los paraguayos, nuestra música es un símbolo de identidad. La polca paraguaya es alegre y contagiosa, mientras que la guarania nos evoca las famosas serenatas de los novios, recordándonos nuestras tradiciones y raíces culturales.
A lo largo de mi carrera, mi perspectiva sobre el éxito y la fama ha cambiado mucho. He aprendido que el éxito debe ser visto como una herramienta para crecer y aportar, mientras que la fama es solo una meta secundaria. Lo importante es mantener la pasión, la dedicación y el compromiso con el arte, sin perder los valores y la conexión con la gente.
La música me ha enseñado valiosas lecciones sobre la perseverancia y el trabajo en equipo. En cualquier grupo, la paciencia es la base para seguir adelante, y el trabajo en equipo se refleja en la armonía que todos logramos juntos.
Todos queremos que nos recuerden bien. En mi caso, como embajador de nuestra música, quisiera que las nuevas generaciones recuerden que trabajé mucho para que se valore y se respete nuestro folclore, y que mi compromiso con la cultura paraguaya siempre estuvo guiado por el amor y la pasión por el arte.
Uno de mis mayores sueños pendientes es que digan que tengo una semejanza con mi padre, quien fue una gran persona y un músico extraordinario. Tocaba el bandoneón siempre con una sonrisa que contagiaba, y quiero que mi música también transmita esa alegría y pasión que él nos dejó como legado.
- He aprendido que el éxito debe ser visto como una herramienta para crecer y aportar, mientras que la fama es solo una meta secundaria. Lo importante es mantener la pasión.