La pobreza monetaria en el país continúa en descenso y muestra una aceleración en los últimos años, con cerca de 493.000 personas que salieron de esta condición entre 2022 y 2025. Sin embargo, detrás de estos avances persisten desigualdades de género y territorio que limitan el alcance de la mejora, según el análisis de Ana Rojas Viñales, economista y doctora en Ciencias Políticas.
“La pobreza monetaria en Paraguay muestra una tendencia sostenida a la baja desde finales de los años noventa”, señala Rojas Viñales, al destacar que solo en el periodo reciente se registró una caída de 8,5 puntos porcentuales. En paralelo, la pobreza extrema también se redujo en 3 puntos, afectando a unas 180.000 personas menos.
En 2025, el 16% de la población se encuentra en situación de pobreza monetaria y el 2,4% en pobreza extrema. No obstante, la especialista advierte que esta mejora no es homogénea. “Si bien la pobreza disminuye tanto en hombres como en mujeres, persiste una brecha de género: afecta más intensamente a las segundas”, afirma.
A esto se suma una dimensión territorial clave. “La pobreza monetaria es sistemáticamente más alta en áreas rurales”, subraya, y agrega que al combinar ambas variables “las mujeres rurales enfrentan las mayores desventajas”.
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Para Rojas Viñales, estos datos evidencian que el problema va más allá de los ingresos. “La pobreza monetaria no es únicamente un problema de ingresos insuficientes, sino el resultado de desigualdades estructurales superpuestas”, explica, al mencionar limitaciones en el acceso al empleo de calidad, ingresos propios y activos productivos.
El análisis también vincula la reducción de la pobreza con factores macroeconómicos. “El crecimiento económico sostenido y el aumento de la participación laboral, especialmente femenina, han contribuido al incremento de los ingresos de los hogares”, indica. No obstante, advierte que este crecimiento “se apoya fuertemente en el sector primario”, lo que vuelve a la economía vulnerable ante eventos climáticos.
Pese a la mejora en ingresos, persisten problemas estructurales en el mercado laboral. “En 2024, el 62,5% de la población ocupada se encontraba en la informalidad, con una incidencia mayor en mujeres”, apunta. Además, destaca que la brecha salarial se amplió significativamente en los últimos años.
En ese sentido, recalca la importancia de los ingresos laborales en la medición de la pobreza. “La pobreza monetaria está directamente determinada por los ingresos laborales”, sostiene, al recordar que estos representan la mayor parte del ingreso de los hogares.
Finalmente, Rojas Viñales advierte sobre las limitaciones del indicador. “Si bien la pobreza monetaria es una medida central para evaluar el bienestar, no captura otras dimensiones críticas”, afirma, como el acceso a servicios, las cargas de cuidado o el uso del tiempo.
En síntesis, concluye que Paraguay ha logrado avances importantes, pero aún enfrenta desafíos estructurales. “Este es uno de los enfoques para la medición de la pobreza, pero no es el único”, remarca, al señalar la necesidad de incorporar mediciones complementarias para diseñar políticas públicas más integrales.