ÑEEMBUCÚ
El Ejército paraguayo conmemoró ayer el 160° aniversario de la Batalla de Curupayty que, en palabras del general de División Roberto Carlos Olmedo Lesme, fue “la mayor batalla en la historia militar de Paraguay”. El ingenio del soldado paraguayo, con la excavación de una serie de trincheras, así como su arrojo durante la contienda provocaron alrededor de 10.000 bajas entre los aliados, en su mayoría muertos y heridos. En contraste, las bajas paraguayas no superaron el centenar.
A la vez, esta batalla –según refirió el Gral. Olmedo– es considerada no solo la victoria más destacada de Paraguay en la Guerra contra la Triple Alianza, sino también en toda su historia militar.
El acto de conmemoración tuvo lugar en la víspera en la Plaza del Soldado Paraguayo de la ciudad de Pilar, Departamento de Ñeembucú. La ceremonia contó con la presencia del ministro de Defensa Nacional, General (SR) Óscar González; el comandante del Ejército, general de Ejército Manuel Rodríguez; gobernador de Ñeembucú, el intendente de Pilar, Fernando Ramírez, y la comunidad educativa.
Con los atuendos militares de la época –destacándose el chaleco rojo y blanco con el pantalón azul–, efectivos del Regimiento de Caballería recrearon parte de esta gesta bélica. Durante el acto, evocaron los días previos a la batalla, cuando el Ejército paraguayo, liderado por el general José Eduvigis Díaz, se dedicó intensamente a fortificar las trincheras y a preparar el terreno con zanjas y estacas para dificultar el avance del enemigo.
El Gral. Olmedo repasó que las lluvias caídas durante esos días ayudaron a ocultar estas preparaciones, lo que resultó en una desventaja para las fuerzas aliadas. La batalla comenzó con el bombardeo de la flota brasileña a las fortificaciones paraguayas, seguido del avance terrestre del ejército aliado. El Gral. Bartolomé Mitre, al recibir la noticia de que la flota imperial había cesado su cañoneo, asumió que las posiciones paraguayas debían estar destruidas y ordenó el avance.
Las fuerzas argentinas y uruguayas, bajo el mando de los generales Wenceslao Paunero y Emilio Mitre; y las fuerzas brasileñas, comandadas por Manuel Marques de Souza III, Barón de Porto Alegre, iniciaron el ataque divididas en 28 cuerpos. Posteriormente, se unieron a la batalla 15 batallones argentinos y 9 cuerpos brasileños que estaban en reserva.
Fue solo cuando las tropas aliadas estuvieron al alcance de las armas paraguayas que el Gral. Díaz ordenó abrir fuego con toda la potencia de los cañones y fusiles. Los aliados no pudieron acercarse a las trincheras paraguayas debido a las trampas ocultas por las aguas de las lluvias caídas, y los pocos soldados que lograron hacerlo fueron literalmente fusilados.
A medida que intentaban retroceder, la llegada de refuerzos los obligaba a cargar nuevamente, siendo rechazados en todos sus ataques. En el transcurso de la batalla, los paraguayos continuaron causando numerosas bajas a los aliados.
Fue una masacre. Las bajas de los aliados ascendieron a 10.000 soldados; en tanto que las bajas paraguayas fueron insignificantes, ya que no superaron el centenar.