El Puerto de Asunción es el recuerdo vivo de una ciudad que se fundó mirando al agua y que en la actualidad se despierta lentamente, a la busca del brillo perdido. Recorrer el lugar y conversar con quienes vivieron y trabajaron allí durante más de 40 años, crea y vigoriza imágenes de una época en la que el trabajo cerca del río se expandía sin detenerse.
Miguel Estigarribia y Joel Rolón, ambos trabajadores de la Administración Nacional de Navegación y Puertos (ANNP), recuerdan que anteriormente la mayoría de las tareas se hacían “a pulmón”, mucho antes de que la mecanización enfriara el contacto humano con las cargas que llegaban y se enviaban al exterior.
El Puerto era casi como un pueblo en la ciudad, un variopinto lugar de esparcimiento donde convivían cientos de almas. Miguel evoca con claridad aquel despliegue de personas, recordando que en los años 70 y 80 había alrededor de 700 trabajadores que daban vida al lugar. Esto sin contar a la gran cantidad de personas que acudían al sitio.
Durante la mitad del siglo XX, los asuncenos acudían al muelle a ver conciertos de bandas militares o municipales, sobre todo en fiestas patrias. También de acuerdo con datos proporcionados por la ANNP, solían darse desfiles de barcos, espectáculos donde la gente contemplaba las maniobras de amarre de los vapores que llegaban de Buenos Aires o Montevideo.
El Puerto también era popular por la zona de la Playa Montevideo, a donde los pobladores iban a comprar variedades de productos que se llevaban en las embarcaciones, ya fuesen verduras y frutas, como las famosas naranjas de San Pedro, según el recuerdo de los trabajadores.
Desde el Puerto también se creaban un mercado paralelo, ya que los trabajadores compraban productos importados (como perfumes, radios y telas) directamente de los barcos y luego los iban a revender en el centro de Asunción.
Miguel y Joel rememoran que hasta en la época en la que trabajaban, “al muelle no paraban de llegar los barcos” y que, por lo tanto, el sector operativo llegaba a trabajar inclusive por 24 horas.
En ese escenario, la figura del trabajador portuario gozaba de aprecio por parte de la comunidad, y la competencia por un puesto era feroz. “La gente se peleaba por trabajar”, asegura Migdonio Rojas, subgerente de la ANNP.
La vida cotidiana estaba marcada por oficios variados y con jerarquías estrictas. Había tres turnos, el primero de 06:00 a 14:00 y el último de 22:00 a 06:00. Trabajaban estibadores, operadores de grúa, inspectores de aduana y capitanes. Joel recuerda que había un “liquidador de primera y liquidador de segunda”, enfatizando que ser “liquidador era lo máximo”.
Surgen entre estas imágenes del tiempo los gigantes del río, barcos que eran casi palacios flotantes que conectaban lejanos destinos. Miguel cita por ejemplo la embarcación nacional Carlos Antonio López o la de Presidente Stroessner, cuyos camarotes llegaban a albergar a 100 personas, según los trabajadores.
En esta escena, a veces el río mostraba un rostro peligroso. Migdonio recuerda un momento importante en la historia del Puerto, que fue la “crecida de 1983”, cuando las aguas invadieron las calles, llegando incluso hasta la calle Presidente Franco.
La infraestructura original del Puerto, diseñada por una empresa estadounidense en 1927, ya prevía estas contingencias, de acuerdo con los trabajadores. Los depósitos fueron construidos con un piso elevado (aproximadamente 1 metro y medio por encima del nivel normal), lo que permitió que a pesar de la inundación, el agua nunca entrara a los depósitos.
Más allá del trabajo y de las pesadas cargas, el Puerto tenía una convocatoria única y colorida, inclusive comparada con la que hoy sigue teniendo un sitio como el Mercado 4. Miguel, quien se crio en la zona, relata que desde los siete años recorría el lugar con su padre, quien también trabajó allí, y describe el ambiente como una “zona muy noble” donde la gente se rebuscaba el día a día en un entorno de mucho movimiento.
Recuerda que llegaban las embarcaciones menores cargadas de productos agrícolas del Norte y resalta la relación con el río. Miguel cuenta que de niño solía pescar en el muelle, logrando capturar fácilmente “10 o 12 mandi’i” para el caldo. Evoca un paisaje diferente al que se observa actualmente, con aguas menos contaminadas y en donde se podía comer lo que se pescaba.
“El Puerto era una sensación. Como mucha gente trabajaba en la zona, en la cervecería, la licorería, entonces era posible que se hagan copetines, inclusive cocina en la calle. Y sin contar lo que era la parte turística en la Recova, y eso se extendía hasta Palma. Todo se conectaba con esta zona”.
Ante la esperanza de un resurgir del lugar, con centros gastronómicos y de eventos en los antiguos depósitos, los trabajadores se mantienen expectantes, esperando que el Puerto recobre su brillo, y recordando el mundo manual que los vio crecer.
“El Puerto era la niña bonita y se importaba todo tipo de mercancías. Bebidas, tejidos, maderas”
“A los 7 años venía con mi papá a recorrer. Había mucho movimiento de gente, como en el Mercado 4"
Una vida de múltiples facetas que se prepara para renacer
Desde su génesis el 15 de agosto de 1537, cuando Juan de Salazar y Espinoza fundó la ciudad a orillas del río Paraguay, el Puerto, que hoy ocupa aproximadamente 23 hectáreas, sirvió como núcleo inicial de comunicación, comercio y defensa. Lo que comenzó como un embarcadero natural en la “Playa Montevideo”, evolucionó notoriamente tras la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).
En la década de 1890, el Estado impulsó una modernización con la construcción de muelles de madera y depósitos, culminando en 1907 con la inauguración del edificio portuario principal, un símbolo arquitectónico que durante un siglo fue la puerta al comercio exterior paraguayo.
Un suceso administrativo fundamental ocurrió el 23 de agosto de 1965 con la creación de la Administración Nacional de Navegación y Puertos (ANNP) bajo la Ley Nº 1066. Antes de esto, el Puerto vivió varias etapas, como la concesión a la firma estadounidense Asunción Port Concession Corporation en 1927, hasta que el Estado recuperó su administración directa en 1940.
A lo largo del siglo XX, el Puerto fue protagonista de momentos cargados de simbolismo, como el desembarco de los restos del Mariscal López y su rol estratégico como base logística durante la Guerra del Chaco (1932-1935).
Hasta mediados del siglo XX, el Puerto centralizó el flujo de productos como yerba mate, madera, algodón, cuero y también carne refrigerada.
Sin embargo, a partir del año 2000, el movimiento comercial migró hacia puertos privados, lo que derivó en un cese de operaciones de carga en el 2012.
Actualmente, el Puerto atraviesa un lento proceso de reconversión y puesta en valor. En diciembre de 2023, el histórico edificio abrió sus puertas como un centro cultural y de eventos tras un proceso de restauración.
El edificio de la gerencia de operaciones también recibió mantenimiento y ya está en proceso de construcción una obra que busca convertir los antiguos depósitos, a través de una alianza comercial estratégica entre la ANNP y Nuevo Mundo Entertainment SA.
“Los antiguos depósitos se convertirán en espacios para eventos culturales y ferias, anfiteatro para espectáculos, áreas recreativas junto a la bahía, zonas turísticas y náuticas, posibles museos o centros culturales, gastronómicos y de entretenimiento”, informaron desde la ANNP.