16 oct 2026

Prestar atención a sermón sobre el peligro de un narco-Estado

Desde Caacupé, en el séptimo día del novenario en honor a la Virgen de Caacupé, monseñor Miguel Ángel Cabello advirtió sobre el narcotráfico y al mismo tiempo criticó la complicidad de la Justicia. El obispo instó a la sociedad a que rechace que el Paraguay se convierta en un narco-Estado, y al mismo tiempo hizo responsable a los organismos de Justicia por la venta impune de drogas. Es hora de que las instituciones del Estado asuman el grave riesgo en el que nos encontramos, y que formulen las necesarias políticas públicas.

En la séptima jornada del novenario a la Virgen, el obispo de Concepción, monseñor Miguel Ángel Cabello, dedicó la homilía a las personas que se encuentran privadas de libertad, y a todos aquellos que sufren adicciones, ya sean drogas, alcohol, y a quienes tienen dependencia a juegos de azar. El obispo tuvo palabras de crítica sobre el hacinamiento en las penitenciarías, así como también a la falta de programas de rehabilitación.
Desde el púlpito de Caacupé, demandó políticas públicas y acelerar los procesos judiciales, teniendo en cuenta que muchas personas están recluidas sin haber recibido una sentencia. “Hay muchos que deberían haber estado adentro por diversos delitos cometidos y males ocasionados a la familia y a la sociedad, pero siguen gozando de libertad por la impunidad reinante”, afirmó el prelado.

Monseñor Cabello se refirió asimismo a un tema muy sensible para la sociedad actual: Las adicciones, y apuntó que nos encontramos ante el riesgo de que la nación paraguaya se convierta en un narco-Estado. Sobre este punto, profundizó sobre la narcopolítica que financia la política o las campañas, con dinero que proviene del crimen organizado y es fruto de la comercialización de las drogas; y también señaló la complicidad de algunos miembros de organismos judiciales, fiscales, jueces y de los órganos de seguridad del Estado en la venta impune de estas sustancias nocivas.

“No podemos permitir que sigan envenenando a nuestros jóvenes en las esquinas, a la salida de las escuelas, colegios y universidades”, cuestionó el obispo.

Es difícil seguir negando una realidad que es señalada con frecuencia por agencias internacionales y medios de comunicación: Paraguay ocupa el cuarto lugar en el ranking de los países con mayor criminalidad organizada en el mundo, según lo publicara BCC Mundo, basado en el trabajo realizado por el Índice Global de Crimen Organizado. En el año 2021 nuestro país estaba posicionado entre los 15 primeros del mundo, pero fue escalando hasta convertirse en un verdadero centro de criminalidad y delincuencia organizada.

Según el informe, el auge del crimen organizado se da por varios factores, uno de los cuales es su situación geográfica. Paraguay tiene fronteras con grandes mercados, como Argentina y Brasil, y está cerca de los grandes productores de cocaína, como Bolivia o Perú; precisamente su ubicación permite la circulación de drogas mediante la hidrovía Paraguay-Paraná. Otro factor señalado es la influencia de la narcopolítica, con una corrupción generalizada, y la debilidad institucional y la fragilidad del Estado paraguayo.

Al mismo tiempo, la sociedad paraguaya está viviendo una cruda realidad, la del microtráfico. Si no se combaten el crimen organizado y el narcotráfico, seguirá llegando a la población la provisión de sustancias ilegales que constituyen en la actualidad uno de los más graves problemas que enfrentan las familias paraguayas. Es lacerante esta realidad de niños muy pequeños que caen en las garras de las adicciones. De hecho que la niñez y la adolescencia son las franjas etarias más vulnerables. Sabemos además que nuestro país tiene un importante déficit en los servicios de tratamiento de las adicciones; el Centro Nacional de Prevención y Tratamiento de Adicciones es el único e incluso este sufre de limitaciones.

Todos estos son aspectos de la situación que vivimos por la incursión del crimen organizado y el narcotráfico; y exactamente como señalara en su homilía el obispo Cabello, no se puede permitir que sigan habiendo adolescentes y jóvenes en una silenciosa y lenta destrucción que la están llevando a la muerte, pues “una sociedad enferma es una sociedad sin futuro”.

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