Después de haber agredido a los electores con cuatro años de calles asfaltadas llenas de baches, empedrados que parecen haber sido blancos de un bombardeo, recolección de basuras ineficiente, semáforos con desperfectos, falta de desagües cloacal y pluvial, puentes agrietados a punto de caerse y la incapacidad para gerenciar el dinero del Fondo Nacional de Inversión Pública y Desarrollo (Fonacide), los intendentes municipales tratan de mostrar ahora el celo que no exhibieron en el tramo más extenso de su gestión.
Baste mirar a la Municipalidad de Asunción que mantiene una ciudad sucia e impresentable que, en el intento de conquistar votos para la reelección del actual intendente Arnaldo Samaniego, se está entregando a una febril actividad.
Esa es la razón por la que ha dejado para el último momento las obras de asfaltado de calles, la construcción de desagües pluviales y alcantarillado, además de la renovación masiva de semáforos que se puede observar.
La misma actitud de dejar, premeditadamente, para el último aliento de mandato la ejecución de trabajos que debieron haber sido encarados planificadamente a lo largo de los cinco años de gobierno, es la que muestran en estos meses la mayoría de los intendentes del entorno inmediato de Asunción y el resto del país.
Nada hay contra la realización de obras a favor de las comunidades, tarea que desde luego compete a los gobiernos locales. Fueron votados en las urnas para que administren las ciudades y los pueblos cobrando los impuestos, recibiendo royalties de Itaipú y dinero del Fonacide y percibiendo tasas por los servicios prestados.
Lo censurable es que durante cuatro años apenas hicieron lo indispensable –algunos, caracterizados por la desidia y la incapacidad evidentes– para administrar sus comunidades y ahora, solo porque quieren votos, se lanzan a cumplir con su obligación de dar respuestas prácticas a los problemas de los ciudadanos.
El hecho de que hagan campaña política con el dinero de los contribuyentes –aun cuando el beneficio sea colectivo, sin distinguir banderías políticas– es también algo que está fuera de lugar. El aporte de los ciudadanos es para que su contribución sea devuelta en servicios eficientes, no para que el gobierno local lo utilice como una bandera política para lograr votos para los comicios de noviembre próximo.
Los electores no deben dejarse engañar por las luces de bengala que los intendentes lanzan cuando ya les resta muy poco tiempo de mandato, sobre todo en aquellos casos en que pretenden seguir al frente de los gobiernos locales. Hay que preguntarse qué estuvieron haciendo el resto del tiempo y cómo y en qué utilizaron el dinero que recibieron del Ministerio de Hacienda, del impuesto inmobiliario y las recaudaciones por servicios, prestados o no.
Un gobierno municipal es aquel que desde el primer día de gestión se ocupa de dar un mayor bienestar a su comunidad utilizando correctamente sus fondos, planificando su gestión, siendo transparente y dando participación a la gente para que coopere en el mejoramiento de los espacios que habitan.
Los que solo a última hora se arremangan son unos demagogos que creen que los electores son ciegos y sordos que se dejan embaucar por políticos irresponsables.