Si Dios “no ha muerto” e irrumpe en la historia humana para bien, si es posible verificar existencialmente la experiencia de una transformación espiritual con la ayuda de lo alto, incluso desde lo más bajo de la degradación moral, como lo testifican millones de cristianos, entonces, el nacimiento de Jesús de Nazaret y su misión liberadora, es el acontecimiento fundamental de la historia. El aporte esencial del cristianismo es el reconocimiento de la dignidad de toda persona, imagen de este Dios de amor. Ningún sistema político, ideológico ni financiero puede triunfar si deshecha este principio transformador de la realidad y de la cultura.
La Navidad tiene un poder transformador impresionante. La irrupción de Dios en la historia es un acontecimiento fundacional y continuo, una novedad que se renueva en cada generación, y una experiencia existencial que transforma la vida y la realidad en forma muy concreta. Solo pensar en la identidad cultural del Paraguay forjada desde los inicios por la actividad misionera cristiana en todo lo que hoy es el territorio nacional y considerar lo arraigados que tiene el pueblo los valores fundamentales que le fueron confiados con sacrificio y tesón. Es impensable la rica cultura paraguaya, su ordenamiento jurídico y social, sus costumbres y tradiciones comunitarias, sin la experiencia cristiana, a pesar de los yerros e incoherencias.
Ahora bien, el pesebre y la fiesta de la Navidad no tendrían valor si no hicieran presente un estilo de vida que sea capaz de armonizar en esta generación las preguntas existenciales más profundas sobre el sentido último de la realidad con los acontecimientos cotidianos y trascendentes de las familias, la comunidad y la nación, teniendo como centro la dignidad humana.
Entonces, ¿es posible plantearse en este tiempo de crisis de paradigmas un camino de renovación positiva del respeto hacia la dignidad humana? Ciertamente, sí. Aunque no es fácil, como no lo fue antes y no lo será en el futuro. La Navidad nos manifiesta que la singularidad de la experiencia humana condensa fragilidad y magnanimidad de espíritu al mismo tiempo.
La antropología cristiana, promotora del respeto a la dignidad humana, debe retomar su rol central de las políticas y enseñanzas en el foro público nacional. Sin complejo ni dilataciones, es necesario superar las fragmentaciones que la sociedad líquida expande de forma engañosa, especialmente a través de sus redes sociales de difusión masiva, y plantear en Paraguay un sano discernimiento sobre cuáles son las recetas que se pueden aplicar y cuáles no para bien de los ciudadanos de a pie, cuya dignidad solidaridad, responsabilidad y esperanza deben ser custodiadas y promovidas desde el vientre materno hasta la muerte natural.
El drama del hombre posmoderno, formateado con otras antropologías insuficientes, ya sea por no tener en cuenta la condición humana frágil y a la vez trascendente, ya sea por banalizar el cuerpo, instrumentalizarlo y esclavizarlo con modas irracionales y dañinas, ya sea por endiosar la materia y ridiculizar o censurar la dimensión espiritual (inteligencia, voluntad, memoria, libertad), ya sea por fragmentar la razón y desvincularla de la realidad objetiva, ya sea por retroceder y aceptar arbitrariedades ideológicas que pretenden crear un mundo tan perfecto que no necesite personas buenas que actúen juntas en sociedad hacia el ideal.
En este sentido, Paraguay tiene una ventaja cultural que necesitamos redescubrir, desde el corazón y desde la realidad, en comunidad, sin menospreciar el aporte de los más humildes, pequeños y frágiles miembros de nuestra sociedad.
Si bien es cierto que la vida según la dignidad de las personas se puede observar en términos materiales también, y en ello las estadísticas sobre vivienda, acceso a la educación, salud pública, seguridad social, ingresos, trabajos estables, etcétera, ayudan, no se pueden reducir las decisiones nacionales de trascendencia a meros datos estadísticos.
Que esta Navidad nos encuentre bien dispuestos hacia el auténtico bien común.