El drama de la Caja Fiscal seguirá golpeando fuerte a quienes están bajo su paraguas, sobre los pasillos del IPS continuará sobrevolando la dejadez e ineficiencia de su cúpula directiva, habrá recurrencia en el hastío de quien espera su colectivo por lapsos extendidos, el sistema educativo persistirá en su flaqueza estructural… hasta que se produzca el anhelado paréntesis momentáneo.
Lo anterior se traduce en esa gragea somnífera que se apodera de fanáticos cada cuatro años y lleva al encuentro ecuménico en que un balón de fútbol empieza a rodar en el escenario por excelencia, donde se congregan los atletas de élite. El horizonte se vestirá de albirrojo durante poco más de un mes, abstrayendo a casi todos de su cotidianidad, lejos del quebranto inflacionario.
Será el tiempo de la patriada, donde se hinchan los pechos para cantar al unísono loas y alabanzas al equipo deportivo, donde se escuche un solo grito defendiendo los colores en una sintonía que poco y nada se escucha para ejercer el derecho a una vida digna, para castigar la corrupción imperante en todos los entes estatales, para revertir la burla sistemática de los gobiernos de turno hacia la ciudadanía.
El narcotizante perfecto, la dosis de sedación ante los reclamos populares. Más allá de una cita trascendental, frente a la cual se enciende la adrenalina propia de quienes gustan ver a 22 deportistas detrás del esférico, está el campo de las emociones y de la bronca selectiva, cuando se reclama a un árbitro o a un jugador por haber metido un gol en contra, con un énfasis cataclísmico, con la energía que brota desde lo más profundo del ser.
No se percibe lo mismo cuando el bolsillo del transeúnte experimenta el vaciamiento natural de estos tiempos, con la canasta básica ya casi prohibitiva, con la imposibilidad de continuar empatando más o menos en el mes, con los recortes y ajustes indefectibles para cualquier hogar de clase obrera, ni qué decir de la indigencia.
La pauperización avanza sin detenerse en un entorno que evidencia cada vez con más énfasis la inequidad social y económica, cuando unos pocos prosiguen su faena de corruptela, amparados hasta por leyes que les favorecen y licitaciones públicas amañandas a su gusto.
Frente a ello, se despliega el cotidiano devenir de quienes se codean en la calle para alcanzar algún ingreso por changas, en un contexto que urge empleo digno.
Ante este panorama, llega orondo un Mundial de Fútbol desde el 11 de junio próximo, que de deportivo ya no tiene casi nada, a sabiendas de que se trata de la organización privada más poderosa del mundo y de sus negocios de alto voltaje, donde su cúpula y los atletas de élite, los anunciantes y la boletería de cada estadio ganan miles de millones.
Mientras tanto, el fanático promedio acrecienta su deuda para ver de cerca a las estrellas y participar como simple consumista de este fenomenal autoengaño, pero que le generará alguna emoción pasajera.
La selectividad de quienes padecen el rigor de la corrupción se evidencia en estas circunstancias, porque la cohesión ante el rival de turno en un campo deportivo no es la misma cuando se debe luchar por derechos y por más libertad, para lograr un contexto más equitativo y mejorar las condiciones de vida. Un mar de gente se concentra frente al Panteón cuando gana la Albirroja, pero pocos salen a reclamar ante un Estado ineficiente, que no brinda los mínimos servicios públicos adecuados.
El paréntesis del Mundial servirá para oxigenar, no lo dudamos. La angustia quedará a un lado (salvo los nervios normales durante la transmisión) y se tocará la gloria al ver al equipo nacional retornar a un encuentro de valía. Será un dulce somnífero.
Solo que al terminar esa ilusión y cuando ya no ruede más la pelota, terminarán los efectos sedantes y recordaremos, de nuevo, la frase roabastiana por excelencia: “El infortunio se enamoró del Paraguay”.