Mucha polémica ha suscitado la reciente intervención en Venezuela por los Estados Unidos, donde el presidente del país fuera secuestrado por fuerzas especiales en un operativo relámpago. Casi podemos decir que fuera extirpado como un quiste maligno de una sociedad que probablemente ya no aguantaba su régimen totalitario.
La honestidad intelectual, sin embargo, nos compele a analizar esta situación desde todos los puntos de vista y tomando en consideración todas las aristas de este problema.
La posición de los Estados Unidos es clara o por lo menos su narrativa. Maduro es un dictador, no ha aceptado los resultados de legítimas elecciones en las cuales ha sido derrotado, es enemigo del pueblo, es corrupto y es el eje de una red de tráfico de estupefacientes que introduce drogas al país perjudicando a miles de ciudadanos americanos, las empresas americanas han sido desposeídas de sus inversiones ilegítimamente por los gobiernos venezolanos, etc. etc.
La posición de Venezuela es diametralmente opuesta. El derecho internacional prohíbe este tipo de acciones, el operativo es ilegal no solo internacionalmente, sino que el presidente Trump ha violado la Constitución americana misma, las drogas son una excusa para apropiarse del petróleo venezolano, esta acción es el resultado del “capitalismo explotador”, etc. etc, etc.
Sin entrar a considerar la repugnancia natural que causa la figura de Nicolás Maduro en cualquier persona de bien, existen otras consideraciones fundamentales a tomarse en cuenta aquí.
Maduro es un dictador miserable, como lo fue sin duda su antecesor Chávez, de quien heredó la estructura de poder. No ha hecho otra cosa que empobrecer a la gente con sus políticas socialistas y ha logrado eternizarse en el poder con el apoyo de un Ejército corrupto y sumiso y con el indudable apoyo que recibe, especialmente de países como Cuba.
Por otro lado, estos hechos no pueden ser justificación para el uso indiscriminado de la fuerza y la violación del derecho internacional por ningún país. Si esto se admitiera, estaríamos legitimando la fuerza bruta como medio de solución de todos los problemas latinoamericanos, minando seriamente la posibilidad de preservar un orden jurídico sustentable para las relaciones entre nuestros países.
Sin embargo, nuestro análisis apunta a algo más profundo. A una realidad histórica que ha permeado la dinámica diplomática entre los EEUU y Latinoamérica durante décadas. Este problema es la política corporativista de las empresas norteamericanas en los países latinoamericanos y la influencia que ha tenido sobre la política exterior de los EEUU. Veamos.
Cuando hablamos de “capitalismo”, hablamos de un sistema económico libre de injerencias institucionales, donde cada empresario, capitalista y trabajador es libre de tomar sus propias decisiones económicas. En el capitalismo, las ganancias y pérdidas son exclusivamente privadas. Cuando hablamos de Corporativismo estamos describiendo otra realidad. El corporativismo es una forma violenta del prebendarismo. En él, las empresas privadas en confabulación con el Estado socializan las pérdidas. Las distribuyen entre los pagadores de impuestos y los soldados que deben ir a la guerra para defender los intereses de las empresas particulares. Un ejemplo vale más que mil palabras.
Smedley Butler el famoso y más condecorado “marine” norteamericano, y que fuera héroe de múltiples guerras en Latinoamérica para defender intereses de empresas norteamericanas dijo una vez: “...La guerra es una red extorsiva, las más rentable y, sin duda, la más viciosa. Es la única en que las ganancias se computan en dólares y las pérdidas en vidas humanas…”. Butler pasó más de treinta años combatiendo en las famosas “guerras bananeras” defendiendo los intereses corporativos de empresas norteamericanas. Su recuento es muy aleccionador. “Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del corporativismo. En 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía burlar tranquilamente los beneficios. Participé en la “limpieza” de Nicaragua, de 1902 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros norteamericanos, aporté a la República Dominicana la “civilización”. En 1923 “enderecé” los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras norteamericanas En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard Oil…”
Ante una confesión de esta naturaleza, hay muy poco que agregar. El “verdadero” problema de Venezuela no es nada más que este. La relación perversa que ha existido desde hace décadas entre la política exterior norteamericana (empezando desde la guerra de Cuba) basada en la fuerza bruta y el sostén militar del corporativismo, por un lado, y la complacencia criminal de autócratas y dictadores latinoamericanos que se enriquecieron del sistema y preservaron de ese modo el estado de pobreza de sus naciones.
Si realmente algo ha de cambiar – y no hay indicios a tal efecto– debemos comprender que la única solución de nuestros países es comprender los efectos nocivos que durante décadas la confabulación de particulares con el Estado –prebendarismo– ha provocado en nuestra sociedad y que la única solución es la vuelta decidida a los principios de la libertad de mercado, al liberalismo social y económico.
- Maduro es un dictador miserable, como lo fue, sin duda, su antecesor Chávez, de quien heredó la estructura de poder. No ha hecho otra cosa que empobrecer a la gente con sus políticas socialistas...