Nací en Asunción, el 26 de setiembre de 1950, mi familia siempre vivió en el barrio Santísima Trinidad, cerca de la calle Artigas, a pocas cuadras del Jardín Botánico.
Fui el segundo de tres hermanos: María Azucena, la mayor, y María Gloria, la menor, y yo el único varón. Mi padre, Joaquín Hermes Robledo Rojas, trabajaba en una farmacia de la calle Palma, en pleno centro de Asunción; mi madre, Victoria Romero, era taquígrafa.
Infancia
Cursé mis primeros grados en la Escuela República Oriental del Uruguay, junto a la iglesia de la Santísima Trinidad. Después nos mudamos cerca de la Recoleta, sobre la calle Sacramento, porque mi padre necesitaba tomar el último tren de las seis de la tarde para volver del centro; si lo perdía, debía volver caminando hasta casa. Terminé la primaria entre la Escuela República de Chile y la Escuela Normal N° 3, la de varones, que todavía funciona hoy.
En esos años fui monaguillo en la parroquia de la Recoleta, a solo cinco cuadras de mi casa que hoy habita una de mis hermanas, Manorá le dicen al barrio ahora. La misa se celebraba en aquella época todavía en latín; recién en 1965 llegaron los cambios del Concilio Vaticano II.
Ver al sacerdote de la parroquia confesar durante horas me marcó profundamente: empecé a preguntarme qué grandeza era esa de poder perdonar pecados en nombre de Dios. Me impresionaba también la Eucaristía, ver cómo con sus palabras el sacerdote convertía el pan y el vino en el cuerpo de Cristo. Ese mismo párroco me invitó a entrar al seminario apenas terminé la primaria. Le dije que no, que todavía no era mi momento.
Constancia
Nunca dejé de practicar mi fe: seguía yendo a misa los domingos y, muchas veces, entre semana. Recién al terminar el llamado curso básico, ya en el cuarto año de bachillerato, decidí ingresar al Seminario Menor Metropolitano que todavía funcionaba sobre la calle Kubitschek. Tenía 15 años, 16 cumplidos poco después.
Fui ordenado sacerdote en Navidad de 1975, a los 25 años, por monseñor Ismael Rolón, arzobispo de Asunción. La ceremonia se realizó en la parroquia de la Recoleta. El templo se colmó de gente, recuerdo perfectamente a pesar de que éramos dos nada más. Me ordené junto a otro joven del barrio, Carlos María Torres, que ya falleció. Yo sigo aquí, por la gracia de Dios, aunque solo Dios sabe hasta cuándo.
Destino
Empecé como vicario parroquial en la parroquia San Roque, cerca de la Plaza Uruguaya, donde permanecí durante dos años.
De San Roque pasé a la Catedral de Asunción, también como vicario parroquial, durante unos tres años. Fui nombrado rector del Seminario Menor en el Seminario Metropolitano, mientras el Seminario Mayor ya funcionaba en Santa Librada.
Desde allí me llamó monseñor Jorge Livieres, entonces obispo auxiliar, para proponerme como párroco de Las Mercedes, en reemplazo del padre Juan Oscar Usher, que pasaría a ser rector de la Universidad Católica.
Le dije que no me sentía párroco; él insistió en que no había otra opción disponible. Tomé posesión de la parroquia en enero de 1986 y permanecí allí hasta 1991.
Formador
Regresé al Seminario Mayor, en Santa Librada, como miembro del equipo directivo y formador de seminaristas, primero en el Seminario Menor y luego en el Mayor. Guardo esos años entre los más hermosos de mi vida sacerdotal: fomentar el diálogo con los futuros curas, acompañarlos, darles charlas sobre espiritualidad y sobre el celibato sacerdotal, todavía hoy un tema tabú dentro de la Iglesia, apoyándome en documentos de la Congregación para la Educación Católica de Roma. Insistía siempre en lo mismo: que la fidelidad, en el sacerdocio como en el matrimonio, es la característica esencial del amor que se compromete.
Cuando el Seminario Menor dejó de existir como tal, quedé a cargo del curso introductorio para los seminaristas que llegaban del interior del país, muchos sin experiencia previa en redacción o expresión oral, y que luego pasaban al Seminario Mayor.
Además de las materias básicas, dedicábamos tiempo a la espiritualidad, la liturgia y la iniciación religiosa, dentro de una rutina de oración, estudio, trabajo manual y deporte que marcó a varias generaciones de sacerdotes paraguayos.
Misión
Fui ordenado obispo el 30 de agosto de 2009 como coadjutor de Carapeguá y hoy como titular de San Lorenzo desde 2015. Esta idea resume buena parte de mi tarea como hoy: la formación y la coherencia son, para mí, las dos líneas pastorales más urgentes de la Iglesia en nuestro país. Porque una fe auténtica es, sobre todo, un compromiso, y ese compromiso se nota en la vida cotidiana de la gente, no solo dentro del templo.
Por supuesto que también tuve mi crisis y en ese momento me sirvió mucho un retiro espiritual. Los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola los recomiendo muchísimo.
La vocación es un llamado tal cual, pero al que hay que contestar con madurez porque es Dios el que está del otro lado. Eso siempre les recordé a los seminaristas y hoy a los sacerdotes que tengo a mi cargo en la diócesis de San Lorenzo compuesta por 22 parroquias, cuatro decanatos y 22 sacerdotes.
La cosa no está nada fácil, las familias la tienen muy difícil en la sociedad actual, así que aconsejo mucha oración y que sigan confiando en Dios orando y con mucha paciencia, no caigan ante la ansiedad. Acompañen a sus hijos día a día en estos tiempos de mucha violencia activa y pasiva.
Miro hacia atrás y veo un mismo hilo desde aquel monaguillo de la Recoleta hasta el obispo que soy hoy: la certeza de que sigo aquí, por la gracia de Dios, tratando de acompañar a otros como una vez me acompañaron a mí.
“La vocación es una llamada que se tiene que responder personalmente con amor y mucha madurez, porque del otro lado está nada menos que Dios llamando”.