CAACUPÉ
Monseñor Ricardo Valenzuela, guía espiritual de la Diócesis de Caacupé, se mantiene sereno en vísperas de la mayor fiesta religiosa del Paraguay. Para nada –dice– que su talante sea un don, más bien se trata de una disciplina que forjó frente a una responsabilidad que él mismo confiesa: “Me quita el sueño”.
¿Pero dónde y cómo empezó su camino pastoral? La senda que le llevó a Mons. Valenzuela hacia el sacerdocio fue producto de un quiebre radical y sorpresivo. Él estudiaba Medicina en Corrientes –comenta– cuando su vocación se consolidó tras una crisis de conciencia en una clase donde debía “cortarle la cabeza” a un cadáver.
El punto de inflexión fue la duda sobre el destino de los cuerpos sin sepultura: “Yo pensaba ¿Por qué a estos no se les entierra? Son muertos, necesitaban estar descansando”, rememora, a lo que sus compañeros respondían que eran difuntos sin familia ni nadie que los reclamara.
Esa experiencia lo interpeló en su fuero íntimo y sintió que el llamado de Dios se le manifestó en un sueño revelador. Soñó que una voz le decía: “Mirá, Ricardo, quienes curen el cuerpo tengo muchos, pero quienes curen el alma me falta”.
Ese sueño lo llevó a cambiar de rumbo, teniendo en cuenta las palabras de su madre: “Con las cosas de Dios no se juegan”, comparte lo que aprendió de su progenitora.
Así fue que se decantó por al “pastoreo de almas”, como él mismo define.
Su misión se inspira en el ejemplo de San Juan Pablo II –quien lo había ordenado obispo- y se centra en las periferias. El prelado aclara que este límite no es geográfico, sino humano, refiriéndose a las personas olvidadas, dejadas, abandonas, no atendidas, sufridas.
En su despacho en el Obispado, se destacan en la pared tres imágenes santas que marcan su ministerio: San Juan Pablo II, la Virgen de Caacupé tallada por el indio José y la Virgen de Guadalupe. También es el centro de un caos logístico donde se coordina a más de 50 instituciones para la festividad mariana que se avecina. Sin embargo, la mayor presión para el guía espiritual es la palabra que debe entregar a la nación.
DESVELO. La búsqueda de la palabra correcta para la homilía es la carga más pesada, pues Valenzuela es consciente de que el mundo casi no tiene guía, actuando por “impulsos”. Por ello, siente la obligación de mantener una línea clara, y a menudo, la frase precisa lo despierta a medianoche.
En mi sueño me vienen algunas frases para la homilía, me despierto a eso de las doce o la una a escribir para añadir a la homilía.
Su motor, sin embargo, es la fe increíble del pueblo paraguayo, una fe que el mundo reconoce. Valenzuela cita la famosa frase atribuida al papa Francisco para ilustrarlo: “¿Querés saber lo que es la fe? Hacete amigo de un paraguayo y vas a saber lo que es tener fe”, parafrasea. Lo que más conmueve al pastor de Caacupé es la sinceridad cruda del sacrificio que ve los días de peregrinación.”
“Hay gente que te dice tengo que entrar de rodillas hasta la Virgen”, cuenta “y empiezan allá en la entrada, no dejan que se les ayude y van arrodillados hasta que sus rodillas sangren”.
Al final del día, Valenzuela se despoja de su título –dice– para encontrar la paz en el simple agradecimiento a Dios. Su deseo más íntimo es ser recordado como un pastor que trató de congregar a su pueblo bajo sus alas, tal como Jesús lo deseaba para Jerusalén.
En un acto de profunda entrega que precede a cada misa, toca la mano de la Virgen y le encomienda a los millones de fieles que visitan el santuario, resumiendo su ministerio en una oración: “Bajo tu mano, mi madre, yo quiero poner todo este pueblo que viene a verte, a visitarte, a entregarte lo que tienen, sus grandes preocupaciones como también su dicha y felicidad”.