La reciente publicación de los datos sobre pobreza monetaria dio lugar a expresiones exitistas por parte del Gobierno y de dudas desde algunos sectores como analistas, medios de prensa y referentes de la oposición. Los datos para 2025 confirman una nueva reducción de la pobreza y consolidan una tendencia positiva desde 2022. No obstante, es preocupante la persistencia de la pobreza rural, lo cual resulta contradictorio siendo Paraguay un país productor de alimentos, aunque es consistente con la crisis alimentaria que atraviesa el país debido a los altos precios de la canasta alimenticia.
Los datos indican que la pobreza total descendió del 19,6% en 2024 al 16% en 2025, mientras que la pobreza extrema pasó del 3,7% al 2,4% en el mismo periodo. En términos absolutos, más de 213.000 personas salieron de la condición de pobreza.
Los nuevos datos del INE confirman que la reducción de la pobreza ha llegado también a las zonas rurales, aunque con una intensidad insuficiente para cerrar la brecha histórica. En 2025, la incidencia de la pobreza monetaria total en el área rural se situó en 22,1%, lo que representa una caída de 4,2 puntos porcentuales respecto del 26,3% registrado en 2024. Este descenso es incluso mayor en términos relativos que el experimentado en las ciudades (3,3 puntos), lo que sugiere un efecto de convergencia positiva.
No obstante, a pesar de esta mejora, la pobreza rural (22,1%) sigue siendo casi el doble que la urbana (13,6%). En números absolutos, aproximadamente 388.000 personas viven en situación de pobreza en el campo, frente a 597.000 en las ciudades. La distribución poblacional explica parte de esta diferencia, pero la brecha en las tasas revela una realidad más profunda: el acceso a ingresos y oportunidades en el ámbito rural es estructuralmente más limitado.
La fotografía se vuelve más preocupante al examinar la pobreza extrema. Mientras que en las zonas urbanas este indicador alcanza apenas el 1,2% de la población, en el área rural se eleva al 5,5%. Esta cifra implica que la probabilidad de ser extremadamente pobre en el campo es más de cuatro veces superior a la de la ciudad. En términos absolutos, de las aproximadamente 147.000 personas en situación de pobreza extrema en todo el país, 96.000 –el 66%– residen en áreas rurales.
Esta concentración de la pobreza más severa en el campo no es accidental. Responde a la estructura económica del agro paraguayo, caracterizada por la dualidad entre una agricultura de exportación altamente tecnificada y una agricultura familiar de subsistencia, marginada de los circuitos de comercialización y crédito y sin apoyo suficiente de las políticas públicas.
Esta dualidad no se traduce solo en una mayor pobreza monetaria rural, sino también en las ciudades, reflejada en los altos precios de alimentos básicos para la gastronomía paraguaya, como la carne, el tomate o la cebolla.
Si bien más personas han logrado superar la línea de pobreza, esa misma línea se ha elevado constantemente debido a la inflación. En el área rural, la línea de pobreza total pasó de G. 654.657 en 2024 a G. 681.839 en 2025. En un contexto de inflación de alimentos, la salida de la pobreza puede ser frágil y reversible ante cualquier shock externo, como una sequía, lluvias extremas o el aumento de los precios de transporte, carga o insumos.
El INE atribuye la reducción a la combinación de tres factores: el dinamismo del empleo, la recuperación de los ingresos y las políticas públicas focalizadas. En particular, el programa Hambre Cero en las Escuelas, las transferencias monetarias de Tekoporã y la universalización del programa Adultos Mayores han actuado como un piso de protección social.
La pobreza rural en Paraguay no es un rezago menor ni un problema residual. Es una manifestación de desigualdades estructurales que requieren políticas específicas: inversión en infraestructura productiva, acceso a seguros y crédito y asistencia técnica para la agricultura familiar, mejora de la conectividad y los servicios básicos, y una protección social que reconozca las particularidades del trabajo rural y la estacionalidad de los ingresos.