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La venezolana que salió de su país y renueva sus esperanzas en el Mercado 4

Diosma Jáuregui (42) es una de las mujeres que suman su historia a miles de venezolanos que tuvieron que migrar de su país ante la crítica situación económica y la crisis política que arrastra el gobierno de Nicolás Maduro.

El dinero no alcanzaba para cubrir sus necesidades básicas, había mucha incertidumbre, inseguridad y falta de insumos. Todo esto la empujó a tomar la decisión más difícil de su vida.

Diosma Jáuregui renunció a su trabajo y hace 14 meses se embarcó en busca de nuevas esperanzas con el deseo de brindar un mejor futuro a su hijo y sus padres. Vendió sus cosas y empezó el viaje rumbo a Paraguay.

En los últimos años, casi 5 millones de venezolanos dejaron su país ante la situación compleja y la hiperinflación que golpea a las familias. En Paraguay ya ingresaron más de 1.500.

La mujer estuvo trabajando durante 15 años en el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (una especie de Instituto de Previsión Social). Primero empezó como secretaria, luego se fue formando como radióloga.

En principio, señala que ganaba más del salario mínimo, más los beneficios que tenían durante la época de Hugo Chávez.

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"Me iba muy bien. Cobraba muy bien y me alcanzaba el dinero. Te estoy hablando de hace 10 a 12 años", recuerda Diosma.

Sin embargo, a partir de 2013, la situación económica se fue deteriorando en toda Venezuela. "Cobrabas en una quincena y lo que se podía comprar era apenas una plancha de huevos. Y ya más nada", lamenta.

El salario mínimo apenas alcanzaba G. 30.000 en comparación con el bolívar, dinero oficial de Venezuela. En el caso de Diosma la preocupación se fue tornando más crítica. Ella vivía con su hijo y sus padres (adultos mayores). Recuerda que lo único permanente que encontraba en la heladera era agua fría.

"Yo llegué a hacer una fila y duré 24 horas. Todo un día para comprar un pollo, un kilo de carne, papel higiénico y crema dental por persona", relata como una de las tantas anécdotas del calvario que vivían con su familia.

También acotó que justo cuando le tocó llegar para la compra, terminaron los productos.

"Me fui a la casa sin nada", expresa con un tono de voz que denotaba su decepción. En otra ocasión, para comprar un pan tuvo que hacer también ocho horas. Hasta tuvieron que vender sus zapatos para comprar comida. "Me tuve que ir a un mercado que se llama Los Corotos para cambiar mis cosas por medicina", rememora.

Marchas y armas

Diosma confiesa que durante el tiempo en que trabajaba en el Instituto Venezolano tenían que hacer varias marchas en apoyo al Gobierno a medida que aumentaba la presión interna e internacional. En total, habrá llegado a participar de 25 movilizaciones antes de tomar la decisión de huir del país.

"Teníamos que ir y participar (en las marchas). Nos poníamos unas franelas que ellos nos daban, que eran de color rojo que nos identificaban como chavistas. Teníamos que ir a las marchas, unas cinco o seis horas. Nos daban el permiso para asistir a las marchas", evoca ese recuerdo y confiesa que el rojo es el color que más odia debido a esa experiencia.

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Durante ese tiempo, tuvo que formar parte de la milicia como reservista para luchar ante una eventual situación de conflicto de guerra contra Venezuela.

"Nos adiestraron, como quien dice, a las armas. No me gustó. Observé el arma y quise salir corriendo. En un día tuve que manipular unas armas. De verdad no me gustó la experiencia y comuniqué que me dolía todo el cuerpo y la columna", señaló.

Las marchas y el trabajo de reservistas los tenían que hacer todos los funcionarios públicos.

Siete días de viaje

En el 2018 tomó la decisión de salir de Venezuela y lo hizo acompañada de otra venezolana. Relata que fue algo muy duro para su familia. "Yo era el bastón de esa casa. Era la que me movía y buscaba todas las comidas. Ellos me dijeron que si era para mi bien y nos ayudas un poco más; es mejor", retrató con un suspiro.

Mencionó que a su hijo le gusta el fútbol (es arquero) y está en formación universitaria. "Le hablé de Cerro y Olimpia. Me dijo que sabe todo. En un futuro puede venir a Paraguay. Estaba estudiando. Allá si no tienes para pagar la universidad, no estudias", sentenció.

Diosma cuenta que se embarcó con su amiga y viajaron siete días por tierra, ingresaron desde el Brasil. Una vez en Asunción, tuvieron que buscar una habitación para alquilar y comenzar a hacer todo tipo de trabajo para sobrevivir en la ciudad.

"Tuve que trabajar en casa de familia, vender arepas en la calle, limpiar casas, trabajar de moza durante 14 horas", señaló. Frente a todas las adversidades, tuvo la oportunidad de lograr un trabajo más estable y, sin dudar, se lanzó a este nuevo desafío.

Hace dos meses se instaló en una casilla en el Mercado 4 (Rodríguez de Francia y Perú) gracias a la ayuda de una paraguaya. Allí ofrece su servicio de peluquería y barbería. Pronto se adaptó al populoso mercado y dice que lo que más le gusta es comer la chipa paraguaya.

Cuenta que no le va mal y que con sus ingresos está logrando ayudar más a su familia.

"Soy profesional (radióloga), pero también tengo un oficio de peluquería y barbería. Dije, 'por qué no trabajar en eso si no consigo trabajo en mi profesión', y eso me motivó a armar una casilla en una calle del Mercado 4", señaló Diosma, quien en todo momento no escatima en regalar una sonrisa y demostrar sus ganas de seguir batallando lejos de su país.

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