31 ago. 2025

La sociedad abierta como horizonte ético (III)

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Karl Popper

María Gloria Báez

La noción de sociedad abierta, profundamente arraigada en la tradición intelectual del siglo XX, emerge como un hito de resistencia frente a las promesas utópicas e ideologías totalitarias. Este concepto, formulado en un contexto histórico marcado por el auge de los totalitarismos y en defensa de los valores de la democracia liberal, plantea hoy preguntas esenciales sobre su vigencia en un mundo radicalmente distinto al de su génesis. En un entorno global caracterizado por nuevas tensiones geopolíticas, tecnológicas y culturales, ¿siguen siendo pertinentes los ideales de la sociedad abierta? ¿Cómo debemos abordar las críticas que enfrenta esta visión, tanto en el ámbito doméstico como en el internacional? La idea de la sociedad abierta, encuentra sus raíces en el pensamiento de Karl Popper, filósofo vienés quien, como refugiado del austrofascismo en los años treinta, desarrolló la obra seminal La sociedad abierta y sus enemigos (1945). Concebida en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial responde a un contexto de crisis existencial para la democracia liberal, amenazada por el ascenso de regímenes totalitarios como los liderados por Adolf Hitler (1889-1945) e Iósif Stalin (1878-1953). Popper plantea una concepción antiutópica de la política, orientada a evitar los perjuicios provocados por líderes ineptos o autoritarios, en lugar de aspirar a la realización de una perfección social inalcanzable. La propuesta destaca la importancia de contar con instituciones democráticas, diseñadas para limitar el poder y fomentar la adaptabilidad frente al cambio. No obstante, Popper no desarrolla su pensamiento en aislamiento. Las ideas expuestas, se entrelazan con las de otras figuras fundamentales, como Hannah Arendt (1906-1975) e Isaiah Berlin (1909-1997), quienes también huyeron de la opresión totalitaria. Arendt, en la obra Los orígenes del totalitarismo (1951), ofrece un análisis incisivo de cómo las ideologías totalitarias, manipulan la historia para justificar la violencia y la dominación. Su obra, enfatiza la necesidad de un escepticismo crítico hacia las narrativas históricas que pretenden ofrecer una “ciencia del futuro”. Por otro lado, Berlin, desarrolla una distinción fundamental entre dos concepciones de la libertad. La libertad negativa, entendida como ausencia de interferencias externas, y la libertad positiva, asociada con la capacidad de los individuos para definir y perseguir sus propios fines. Esta distinción se expone con mayor claridad en Two Concepts of Liberty (1958) –Dos conceptos de libertad–, texto que fue presentado originalmente como conferencia y posteriormente publicado como ensayo.

El enfoque de Berlin promueve un individualismo moral que afirma la soberanía personal frente a los proyectos colectivos impuestos, convirtiéndose en un pilar fundamental de la noción de sociedad abierta. El eje central de esta tradición intelectual reside en el rechazo del historicismo, entendido como la creencia en una dirección predeterminada de la historia, que justificaría intervenciones políticas radicales.

Popper, Arendt y Berlin coinciden en una actitud crítica hacia aquellas ideologías que, como el marxismo, afirman poseer una clave universal para interpretar el pasado y anticipar el futuro. Frente a esta pretensión, proponen una epistemología basada en la incertidumbre y la revisión constante, una filosofía de la humildad inspirada en el método científico de falsación que acepta el carácter provisional de toda teoría. Esta actitud no se limita a un principio cognitivo; también representa una ética de la tolerancia, expresada en la conocida máxima de Popper… ‘tú puedes tener razón, yo puedo estar equivocado’... La disposición al diálogo y a la revisión de las propias convicciones, fundamenta el compromiso de la sociedad abierta con la libertad individual y la responsabilidad moral. El contexto histórico que impulsó el desarrollo del concepto de sociedad abierta, estuvo marcado por la confrontación con formas autoritarias que negaban la pluralidad y la autonomía individual. Frente a estas realidades, se articuló una defensa de la libertad como un proceso dinámico y contingente, abierto al cuestionamiento y la revisión constante. Este enfoque reivindica la autonomía personal como condición indispensable para la coexistencia democrática y el progreso social, frente a cualquier esquema que pretenda imponer verdades absolutas o fines colectivos inamovibles. No obstante, la oposición a la sociedad abierta, no provenía únicamente de esos extremos. En el seno de las democracias occidentales, intelectuales marxistas, como Eric Hobsbawm (1917-2012), así como sectores vinculados al comunismo, cuestionaban el individualismo liberal, desde una perspectiva menos violenta pero igualmente crítica. Paralelamente, desde la derecha, figuras como José Ortega y Gasset (1883-1955), Carl Schmitt (1888-1985) y René Girard (1923-2015), junto a corrientes conservadoras y nacionalistas, rechazaban la modernidad capitalista y su énfasis en el individualismo moral, percibiendo en el liberalismo una fuente de alienación y desorientación. Estos críticos, percibían al liberalismo como fuente de desorientación y alienación, un argumento que Popper aborda al reconocer la denominada “tensión de la civilización”. Esta tensión, inherente a la experiencia de la democracia liberal, demanda asumir la carga de la libertad individual en un entorno de cambio continuo, a lo cual Joseph Schumpeter (1883-1950), conceptualizó como la “destrucción creativa” característica del capitalismo. Lejos de constituir una apología ingenua del liberalismo, la perspectiva de Popper resulta profundamente realista. La vida en una sociedad abierta, demanda valentía para enfrentar la incertidumbre y compromiso con la autonomía en la toma de decisiones. En el siglo XXI, este modelo de convivencia democrática se enfrenta a un panorama transformado, marcado por la globalización, el auge de las tecnologías digitales y el resurgimiento de movimientos antiliberales. Los ideales que en los años cuarenta y cincuenta se asociaban con el constitucionalismo democrático y la economía keynesiana han sido, en parte, reinterpretados a través del prisma del neoliberalismo, lo que ha generado nuevas críticas. Durante las décadas de 1980 y 1990, el ideal de la sociedad abierta empezó a asociarse con la defensa del mercado desregulado, en contraste con su vinculación original al Estado de bienestar. Este giro, impulsado por las ideas de pensadores como Friedrich Hayek (1889-1992) y fortalecido por el auge del neoliberalismo en las décadas finales del siglo XX, se vio reflejado en políticas aplicadas por líderes como Margaret Thatcher (1925-2013), Ronald Reagan (1911-2004) y otros gobiernos occidentales. Como resultado, surgieron críticas que acusan al modelo de sociedad abierta de favorecer desigualdades económicas y debilitar los lazos de cohesión social. En el plano internacional, el proyecto liberal se ve confrontado por un escenario global fragmentado. Procesos como la descolonización y la expansión de los derechos civiles en las décadas de 1960 y 1970, que consolidaron valores como la autodeterminación y la libertad individual, han sido sucedidos por nuevas formas de conflicto y polarización. El ascenso de regímenes autoritarios, el populismo y la polarización política, cuestionan la viabilidad de un modelo basado en la tolerancia y el pluralismo. Además, las plataformas digitales, aunque facilitan la libertad de expresión, han amplificado la desinformación y las narrativas polarizadoras, desafiando la epistemología de la sociedad abierta, que depende de un compromiso colectivo con la verdad y el diálogo racional. Otro desafío crítico es, la percepción de que la sociedad abierta prioriza la libertad individual sobre la igualdad. En un mundo donde las desigualdades económicas y sociales se han intensificado, esta priorización ha generado críticas de quienes argumentan que el liberalismo no aborda adecuadamente las injusticias estructurales. La revolución de los derechos civiles, aunque transformadora, no resolvió las disparidades raciales y económicas, y el énfasis en la libertad negativa puede parecer insuficiente frente a demandas de equidad y justicia distributiva. La pregunta más ardua para quienes defienden los ideales de la sociedad abierta es, si estos siguen siendo relevantes o si han perdido su utilidad en un mundo que ha cambiado profundamente. Esta interrogante no admite respuestas fáciles, pero exige una reflexión honesta sobre los supuestos que subyacen a la visión liberal. ¿Es posible reconciliar el individualismo moral, con las demandas de cohesión social en un contexto de creciente desigualdad? ¿Puede una epistemología de la tolerancia, fundada en el respeto por los hechos y la apertura al disenso, sostenerse frente al avance de la desinformación y la lógica polarizante del presente? ¿Cómo debe adaptarse la sociedad abierta a un orden internacional donde la hegemonía liberal de posguerra ya no es incuestionable? La respuesta no implica abandonar los principios de la sociedad abierta, pero sí reexaminarlos con rigor. La ética de la tolerancia y el compromiso con la falsación de teorías, siguen siendo herramientas poderosas para navegar la complejidad del mundo contemporáneo. Sin embargo, es fundamental reconocer las limitaciones del modelo liberal clásico y explorar cómo puede responder a las demandas de justicia social, así como a los desafíos de la sostenibilidad, sin sacrificar su núcleo anti-utópico. La sociedad abierta, debe dialogar con quienes la cuestionan y extraer de ese intercambio herramientas para afrontar nuevos desafíos. Más que una condición, es un proceso en revisión continua. Popper, Arendt y Berlin advirtieron que vivir en libertad implica asumir incertidumbre y responsabilidad. En un entorno cambiante, la libertad permanece como fundamento de una vida plena. Sostenerla, exige lucidez, apertura y rechazo firme del dogma.

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