Hubo un tiempo en que las personas apostaban en hipódromos y los favoritos eran caballos con nombres extravagantes. Hoy, en cambio, las apuestas más lucrativas ya no se hacen sobre carreras, sino sobre guerras, elecciones, caídas de gobiernos o la muerte de líderes mundiales. Los nuevos hipódromos de la política internacional se llaman Polymarket y Kalshi, y sus corredores usan algoritmos, criptomonedas e información privilegiada.
Estas plataformas funcionan como mercados financieros de probabilidades. Los usuarios compran contratos sobre eventos reales y apuestan contra otros usuarios bajo consignas como si habrá un ataque contra Irán, si caerá el gobierno de Cuba o si Donald Trump vencerá en las elecciones de medio término. El discurso de estas plataformas es seductor y sus defensores hablan de la “sabiduría de las masas”, pero la realidad es menos romántica. La enorme mayoría pierde dinero mientras una minoría hiperprofesionalizada concentra casi todas las ganancias. El 0,1% de los usuarios llega a quedarse con más de dos tercios de los beneficios.
El problema es ético, pero también político y de seguridad. Cuando la guerra se convierte en un activo financiero, la información clasificada deja de ser solamente un asunto de seguridad nacional y pasa a tener valor de mercado, generando un incentivo perverso para el tráfico de información privilegiada. Un soldado estadounidense fue acusado de ganar más de 400 mil dólares apostando sobre la captura de Nicolás Maduro mientras participaba de la planificación de la operación; en Israel, reservistas fueron investigados por apostar sobre ataques contra Irán antes de que ocurrieran; y en Argentina hubo movimientos sospechosos en Polymarket minutos antes de la publicación oficial de datos de inflación del INDEC.
Pero el problema no termina en el tráfico de información, estas plataformas también pueden ser herramientas de influencia. Un servicio de inteligencia podría apostar masivamente contra la estabilidad de un gobierno y luego coordinar campañas de desinformación para instalar la idea de que el colapso es inminente. Del mismo modo, agentes estatales podrían monitorear los mercados buscando movimientos anómalos que revelen filtraciones o preparativos militares antes de que se hagan públicos. En otras palabras, las apuestas ya no solo intentan predecir la realidad, ahora empiezan a moldearla.
Y Paraguay no está ajeno a este fenómeno. A diferencia de Argentina o Brasil, donde las autoridades ya bloquearon estas plataformas, en Paraguay aún no existe una discusión pública seria sobre sus implicancias políticas y regulatorias. Eso significa que, en teoría, mañana podría abrirse un mercado apostando sobre quién ganará la intendencia de Asunción, y si una plataforma comienza a mostrar que un postulante tiene altas probabilidades de ganar, eso puede empezar a circular como si fuera una encuesta real, aunque detrás solo exista el movimiento coordinado de unos pocos actores con capacidad financiera para manipular cuotas. El precedente ya existe: en Estados Unidos, Kalshi sancionó a candidatos al Senado de Virginia por apostar sobre sus propias elecciones.
En la base misma de su existencia hay una dimensión profundamente humana que estas plataformas trivializan. Hoy se puede apostar sobre bombardeos, atentados o la muerte de líderes mundiales. La tragedia se convierte en entretenimiento financiero y la gran pregunta es, dado que el mercado puede ganar dinero con el caos global, ¿quién garantiza que algunos actores no empiecen a necesitar ese caos para seguir ganando?