17 ene. 2026

La reina Leticia

Lætitia significa “alegría” y “felicidad”. Y cuando se trata de una persona da a entender que es “quien trae alegría”.

En el Día Mundial de la Sonrisa no pretendo hablar de la reina consorte de España, sino de Su Majestad, la alegría, la cual es la que antecede a la sonrisa, tal como el ser precede al hacer.

Hoy se celebra, se propone y se fundamenta desde estudios de universidades prestigiosas, la sonrisa y sus implicaciones sicológicas y corporales. Además del bien sentir que produce la sonrisa, se habla incluso que la simulación de la emoción tenderá a despertarla en nuestro cerebro. De esta forma, se propone sonreír incluso en momentos difíciles, ya que está comprobado que sonreír y reír estimulan a los neurotransmisores de la sensación de bienestar: dopamina, serotonina y endorfina y reducen la producción de cortisol, hormona del estrés y la ansiedad. Dicen que la sonrisa y la sensación de felicidad se retroalimentan. Así que hasta se le dedica un día del año para compartir con propios y extraños una sonrisa.

Hasta allí reacciones sicológicas y corporales que tratan de manejarse desde la voluntad. Pero ¿es todo esto lo mismo que la alegría y la felicidad en sí mismas? ¿Todo se reduce entonces a sensaciones?

Según los antiguos griegos la felicidad humana es el resultado de la armonía entre tres factores: La buena intención (euboulía), el bien hablar (eulogía) y el bien obrar (eupraxía). Es decir, llegar a armonizarnos en “pensamiento, palabra y obra”.

Aristóteles, el filósofo más importante del mundo, según la inteligencia artificial, explicaba en su libro La Retórica que muchos relacionarán la felicidad con el éxito y la excelencia, la seguridad, la abundancia de bienes, la salud, asociados a una multiplicidad de bienes como las buenas amistades, la riqueza, los buenos y muchos hijos, una buena vejez, la belleza, la fuerza, la fama, el honor, la buena suerte, pero sobre todo habría que asociarla a la virtud (areté).

Ya en sus escritos sobre ética, diferencia la felicidad de la sola prosperidad, ya que hace falta una disposición y una práctica habitual del bien, es decir, hace falta la virtud para llegar a la verdadera felicidad. Y concluye que un orden político eficiente es el que provee las condiciones para que cada persona y toda la comunidad pudieran llegar a la contemplación del bien, lo cual nos trae la felicidad, ese estado de plenitud que todos buscamos y, sin duda, despierta sonrisas reales.

¿Es posible actualizar ese potente mensaje civilizador en nuestros días, cuando todo parece apuntar a la trivialidad, al individualismo consumista y al “aquí y ahora,” que se niega rotundamente a toda trascendencia?

Algunos dicen hoy que incluso la especie humana debe dar paso al transhumanismo porque nuestra civilización está fallida. ¿Es así de oscuro o el hombre puede seguir despertando a la alegría para sí mismo y para los demás?

Es verdad que, mientras ensayamos frente al espejo la sonrisa que los expertos nos piden reflejar en el rostro para estimular neurotransmisores, puede surgir dentro nuestro la genuina pregunta sobre el sentido de la realidad. ¿Por qué sonreír en tiempos de tanta inseguridad, soledad y violencia?

Para Aristóteles la felicidad no se identifica con el placer, aunque no la excluye, sino con la contemplación del bien que supera lo aparente y superficial.

Sí, el gozo interior es consecuencia del desarrollo integral de la persona, sobre todo de la dimensión espiritual, que es lo humano por excelencia, ya que requiere racionalidad y libertad. Cuando encontramos un sentido y un propósito a nuestras vidas, desde adentro nace el gusto por la vida, por la realidad, con sus luces y sombras y esto se expresa con sonrisas y otros gestos en comunidad.

Quizás es esa leticia lo que anhelamos al celebrar un día como hoy.

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