El economista coreano Ha-Joon Chang privilegió al Paraguay referenciándolo como un país paradójico, singular y ejemplar en el mundo de la economía. En más de una ocasión, en sus clases universitarias y videos de YouTube, profusamente divulgados, señaló al Paraguay como un modelo basado únicamente en impuestos bajos, que no funciona ni va a funcionar si no lo acompaña de infraestructura y servicios públicos de calidad. Lo mismo dijo la ministra Claudia Centurión, del MOPC, ante empresarios, afirmando que el tope fiscal que impide invertir más en obras de infraestructura era un gran problema. Por eso no sería posible duplicar el PIB en 10 años tal como prometía el presidente. Al instante fue acallada por el ministro del MEF, quien afirmó que el tope del déficit fiscal era regla de oro. Como argumenta el profesor Chang, los inversores no van a países donde no hay seguridad física y jurídica, agua y energía aseguradas, educación y salud de calidad, y así por delante. Dicho esto, ¿quién definió el axioma teórico y práctico del déficit fiscal como regla inexpugnable, a un punto tal que ahora hay gente sin remedios, sin agua, sin salud y sin educación, o pasando hambre? (1). Anoten esta pregunta.
Antes de buscar una respuesta, quiero permitirme un acertijo, y si leen todo este largo artículo, al final tendrán una gran revelación. La pregunta es la siguiente: “¿Cómo es posible explicar que al tirar una piedra en un lago, la piedra llegue al fondo del espejo de agua solo después de unos tres meses?”.
El Paraguay tiene un pasivo social, en términos de calidad de vida, representado por un déficit infraestructural de alrededor de 35.000 millones de dólares: en agua y saneamiento, habitación, salud, educación, energía, rutas, etc. El cuánto falta y el cuánto cuesta, lo que falta, en kilómetros de rutas, de caños de saneamiento, de cables y transformadores de energía, de metros cuadrados de aulas y hospitales, de equipos médicos y personal bien remunerados en la salud pública, etcétera, es la brecha que necesita ser mitigada de forma urgente. La velocidad a la que se avanza para disminuir la distancia entre lo necesario y lo existente, es de menos de 1.000 millones de dólares de inversión pública a cada año, lo que supone más de 35 años que deben pasar, ceteris paribus –sin que crezca la población, por ejemplo, algo absurdo–, para satisfacer lo que es necesario. Es por eso por lo que la gente no vive bien, vive mal. Según declaraciones de julio del 2025 del presidente Peña, pidiendo bajas de precios de alimentos a los empresarios, “los paraguayos ya no pueden comprar carne y las familias ya no llegan a fin de mes”. Aún así, el tope es una ley inviolable para estar mejor. Clamores angustiantes del director del Ineram y de varios profesionales que quieren respetar el juramento hipocrático, como el del jefe de Pediatría despedido del Hospital Nacional, por quejarse, además de las noticias diarias de pacientes oncológicos que no tienen medicamentos, posicionan al país en una situación de emergencia sanitaria permanente, prácticamente igual al momento de la pandemia, cuando de la noche a la mañana no hubo tope que respetar. Los funcionarios públicos, algunos inútiles, de piyamas, recibían sus salarios viendo Netflix. Los útiles trabajaban arriesgando sus vidas, como los médicos y los recolectores de basura, los más importantes, recibiendo también sus ingresos correspondientes.
Según el economista Manuel Ferreira, hoy las familias están comiendo en cuotas, financiando sus compras de alimentos, y el dinero les alcanza como mucho para llegar hasta el día veinte de cada mes. Según el ex presidente del BCP el economista José Cantero también el Estado está en un momento angustiante, de cesación de pagos, sin poder satisfacer las necesidades básicas. Lo mismo afirma Benigno López, ex Hacienda y BCP.
En mi perspectiva, este Gobierno llegó a su umbral de mejorías posibles en su nivel de recaudaciones –está raspando el fondo de la olla– el cual en el 2025 en términos nominales subió apenas, alrededor del 9%, lo que en términos reales es un crecimiento nulo del 0%, si consideramos 5% del crecimiento del producto y 4% de inflación.
Buscando responder a la pregunta (1) de arriba es importante recordar que los relatos son verdades. Solo porque nadie los desafía. El tope del déficit fiscal, la prohibición de todo tipo de estímulo con financiamiento monetario, entre otros, son también dogmas que nadie los discute.
Luego de desatarse en días pasados el problema del no pago de más de 1.000 millones de dólares a proveedores esenciales del Estado, citados más arriba, surgió una voz disonante, la del economista Sergio Sapena, quien dijo que el Estado podría financiar al Tesoro desde el Banco Central sin ningún problema, así como cuando las urgencias de la pandemia, visto y considerando que no es que primero se recauda y después se pagan las cuentas del Estado, como salud y educación, sino que en sentido inverso, primero se pagan, y se pueden pagar, con recursos proveídos por el Banco Central, que crea dinero público, para el Tesoro Nacional, y después, por medio de los impuestos, se los retira del mercado para que lo que pudiera ser exceso mitigue la inflación.
Eso se inscribe en la Teoría Monetaria Moderna, donde una de sus defensoras, la economista estadounidense Dra. Stephanie Kelton, afirma que no es que los contribuyentes financian al Estado por medio de impuestos para que este ejerza su papel de proveedor de bienes públicos, por ejemplo, sino que, de nuevo, en sentido inverso, es la banca central la que emitiendo dinero financia a los actores del mercado para que estos puedan crear e intercambiar riqueza en forma de bienes y servicios y, luego, una parte de dicha riqueza estos apartan y pagan al Estado en forma de impuestos para equilibrar la cantidad de bienes y servicios con la cantidad de dinero existente en circulación, controlando la inflación.
El mito del déficit, tal como se titula el libro de la doctora, nos revela que los Estados no deben tener el dinero previamente de los contribuyentes para poder gastarlos. Es al revés. No es que los contribuyentes financian con impuestos a los Estados. Son los Estados los que primero han financiado a la gente. Con los impuestos no se paga nada. Es claro que quien gasta el dinero del Estado financiado desde la banca central debe ser honesto, no malgastando superfluamente el dinero público, y debe tener prohibido ganar elecciones utilizando recursos que son de todos. Es por eso, seguramente, por lo que se deja a gente sin remedios, temerosos, en forma paradójica, de que un legislador hurrero y corrupto introduzca en el presupuesto de la nación el costo de sus hurras y el salario nepo de su prole en el organigrama estatal.
Financiar lo que falta desde el Estado flexibilizando la política monetaria parece una herejía. Pero, para quienes defienden estas posturas, no les parece algo ilógico y antinatural. Si queremos tener una educación como Finlandia, debemos cambiar nuestra manera de pensar, dicen. Y nuestra forma de votar. Esto solo se puede lograr abriéndonos hacia otras realidades que son perfectamente posibles. En ese país el agua se congela, y se descongela a los tres meses cuando llega la primavera y luego el verano, luego (1) las piedras arrojadas al lago pueden ir al fondo sin ningún problema. Saludos cordiales.