17 may. 2026

La chispa que prendió en Malena Cano para crear el Cuerpo de Bomberos en Villarrica

A los 29 años, tras ver la desesperación de sus vecinos para apagar incendios con baldes comenzó a tocar puertas para formar el Cuerpo de Bomberos. Apoyada por su comunidad logró convertir una necesidad en una institución clave para la ciudad. Las mujeres tienen un rol importante en la compañía de bomberos.

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María Elena Cano de Aguilar

Mi nombre es María Elena Cano de Aguilar, pero me dicen Malena y en 1995 yo tenía 29 años, una familia formada y una vida tranquila en Villarrica, pero ese año me marcó para siempre, no por algo personal, sino por lo que nos tocó vivir como comunidad.

El primer incendio fue en junio, en la casa de la familia Céspedes, y lo que más recuerdo es la desesperación, porque nadie sabía bien qué hacer. Todos querían ayudar, pero no había herramientas ni preparación; se intentaba apagar el fuego con mangueras caseras, con baldes, con lo que se tenía a mano, mientras el fuego avanzaba más rápido que nosotros.

Sabíamos que la ayuda tenía que venir desde lejos y ahí empezó lo más duro, la espera porque en una emergencia cada minuto pesa distinto, y cuando finalmente llegaron, ya era tarde, la casa se había perdido por completa, dejándonos una sensación que a mí, por lo menos, no me dejó en paz.

Un mes después volvió a pasar, en julio, en la víspera del Día de la Amistad, cuando se incendió una yerbatera de la familia Colmán Ruggero y fue como revivir todo de nuevo, la misma angustia, la misma impotencia, la misma espera que parecía no terminar nunca. Fue en ese momento cuando entendí que esto no podía seguir así y que lo que estábamos viviendo no era casualidad, sino una realidad que necesitaba cambiar.

Organizarse desde la nada. Empecé a hablar con otras personas que también estaban preocupadas; recuerdo especialmente las conversaciones con Zoraida Rojas y Marta Arbo, que no eran reuniones formales, sino charlas cargadas de urgencia en las que nos hacíamos una pregunta muy simple, ¿hasta cuándo íbamos a depender de una ayuda que llegaba tarde? Y la respuesta fue clara, teníamos que hacer algo nosotros mismos.

Así empezó todo, sin recursos, sin experiencia y sin equipos, pero con una convicción de que terminó siendo más fuerte que cualquier limitación.

Los primeros pasos fueron difíciles porque todo era a pulmón, golpear puertas, explicar el proyecto, intentar convencer, pero hubo algo que marcó la diferencia y fue la respuesta de la comunidad, porque Villarrica estaba dolida, sí, pero también estaba dispuesta a acompañar, y eso se notaba en cada gesto, en las radios que nos daban espacio, en el telecable que ayudaba a difundir, en las familias que colaboraban como podían, generando una fuerza colectiva que nos empujaba a seguir adelante.

Con el tiempo logramos conformar la primera comisión directiva, con el arquitecto Nelson Echauri como primer presidente, y luego se fueron sumando otras personas comprometidas como Rubén Cresta, Luis Carlos Fariña y David Maidana. Actualmente, la institución está liderada por la médica Liz Peralta, nuestra presidenta, y es un orgullo ver cómo cada vez más mujeres se animan a sumarse como voluntarias, demostrando que el rol femenino es esencial en lo que hoy es un cuerpo de bomberos fuerte, organizado y comprometido con Villarrica.

MARCAN LA DIFERENCIA

Recuerdo con orgullo que fui una de las mujeres que inició este proyecto, convencida de que también nosotras podíamos liderar y hacer la diferencia. Hoy, ver a otras mujeres ponerse el uniforme y salir a combatir incendios, participar en rescates o asumir responsabilidades dentro de la institución me llena de satisfacción porque demuestra que el voluntariado no tiene género y que la vocación por servir no conoce límites.

La presencia de mujeres como Liz Peralta en la Presidencia inspira a nuevas generaciones y fortalece el mensaje de que Villarrica puede contar con todas y todos en momentos de emergencia.

VOCACIÓN QUE CRECIÓ

En 1997 vivimos uno de los momentos más importantes de todo este proceso, el juramento de los primeros voluntarios, un día que recuerdo con mucha emoción porque ahí sentí que todo el esfuerzo empezaba a tener un sentido concreto, al ver a personas como Carlos Boggino, Néstor Alfonso y Antonio Bogado asumir ese compromiso con tanta entrega, entendiendo que ellos serían los primeros en poner el cuerpo cuando la ciudad los necesitara.

A partir de ahí el crecimiento fue constante, no fue rápido ni sencillo, pero sí firme, y con el paso del tiempo logramos contar con siete móviles operativos, entre autobombas, unidades de rescate y soporte vital, además de un auto tanque de 12.000 litros, único en el Guairá, que nos permite asistir no solo a Villarrica, sino también a otras ciudades cuando es necesario.

Uno de los logros recientes que más me emociona fue la llegada de un móvil desde Corea, modelo 2015, preparado incluso para incendios de líquidos inflamables, algo que se consiguió gracias a muchas gestiones y, sobre todo, al apoyo constante de la gente.

Sostener todo esto implica un esfuerzo permanente, porque los gastos en combustible, mantenimiento y equipamiento rondan los G.10 millones mensuales, y a eso se suma una preocupación que todavía tenemos pendiente, que es la transferencia formal de nuestra sede, un paso necesario para consolidar aún más la institución.

En todo este camino, mi familia fue un pilar fundamental; mi esposo Baldovino Aguilar Oviedo me acompañó siempre y ha sido un sostén en cada etapa, y junto a mis hijos María Esther, Hugo, Fernando y María Alejandra, formamos un entorno donde el servicio siempre estuvo presente, porque ellos crecieron viendo este trabajo y entendiendo lo que significa comprometerse con los demás.

Con el tiempo llegaron reconocimientos como haber sido declarada ciudadana ilustre de Villarrica junto a otros compañeros, algo que valoro profundamente, aunque siempre tengo claro que nada de esto fue un logro individual, sino el resultado de un esfuerzo compartido que nació en uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir.

Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que todo comenzó con dos incendios que nos llenaron de dolor, pero también con una decisión que lo cambió todo, la de no quedarnos de brazos cruzados, porque ser bombero voluntario no es solo una tarea, es una forma de vida, es estar cuando más se necesita, es dar sin esperar nada a cambio, y cada vez que escucho una sirena, sé que todo ese camino valió la pena, especialmente al ver a tantas mujeres asumir el desafío y mantener vivo este legado.

  • Todavía puedo ver esas escenas como si fueran hoy; vecinos corriendo, baldes que iban y venían de mano en mano y el humo levantándose como señal de que algo faltaba en ciudad.
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