En el punto 8 de la carta pastoral, leída este lunes por el obispo de San Pedro, Pedro Jubinville, la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP) mencionó también dos temas transversales: Corrupción y participación.
La CEP manifestó que “desde la fe, debemos decir sin ambigüedad: La corrupción es pecado grave porque viola la justicia social, roba a los pobres y desprecia la verdad”. No se trata de “un mal necesario”, no es “así nomás”, no es “se roba, pero se hace”. La consideró como un “atentado directo al Bien Común y, por tanto, una ofensa a Dios”.
Señaló que el Papa Francisco enseñó con rotundidad y firmeza que “la corrupción es peor que el pecado”. Agregó que, “lastimosamente, Paraguay figura entre los países más corruptos de la región en los últimos años”.
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“Esto no es solo un dato: Significa dinero que no llega a los hospitales, a las escuelas, a las comunidades indígenas, a la seguridad ciudadana, representa funcionarios nombrados por padrinazgo, licitaciones amañadas, simboliza justicia sometida y narcotráfico infiltrado en la política”, expresa.
Expresó que frente a esta enfermedad, Dios ofrece un remedio: La participación organizada de la ciudadanía. “Cuando el pueblo se organiza, se informa, controla, pregunta, vota con conciencia, exige rendición de cuentas y apoya a los honestos, la corrupción pierde terreno”, señaló. “Cuando la gente se desentiende (“no es conmigo”, “todos son iguales”, “no sirve de nada”), la corrupción se instala como cultura”, agregó.
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Además, recordó que la participación no es solo ir a votar cada cinco años, sino significa participar en el consejo escolar, formar parte de la comisión vecinal que cuida la plaza, ir a la audiencia pública, exigir al municipio para que publique sus gastos, apoyar a las organizaciones civiles cuando son atacadas, defender a periodistas y comunicadores que investigan, promover en las parroquias escuelas de ciudadanía y de control social.
La CEP instó a no olvidar que la participación, también, es espiritual: Rezar por los gobernantes, discernir juntos, practicar la conversación en el Espíritu, educar la conciencia para no dejarse comprar ni manipular.
“La fe cristiana nos enseña que no basta indignarse: hay que implicarse”, finalizó.