El 26 de agosto de 1914 nace Julio Florencio Cortázar Descotte en Bélgica. Desde chico gran viajero por ser hijo del diplomático argentino José Cortázar.
Fue un niño enfermizo, pero eso no impidió que sus inicios en la lectura, influenciados por su madre, crecieran y se expandiera a lo largo de su crecimiento.
En la revista Plural cuenta: “Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás” (revista Plural n°44, México 5/1975).
Con el título de Maestro Normal y luego Maestro Normal de Letras, Julio Cortázar publica su primer poemario <em>Presencia</em> bajo el seudónimo de Julio Denis, escribiendo al amor, a la ausencia y a los amigos anarquistas que nunca olvidó.
En 1945 aparece <em>La otra orilla</em> con el relato corto “Las manos que crecen”, jugando con la desesperación romántica y fantasías, típicas del escritor argentino. Seguido de <em>Los Reyes</em> (1949), <em>Bestiario</em> (1951); con el cuento “Cefalea”, una especie de cronopio por germinar, luego <em>Final del Juego</em> (1956), y <em>Las armas secretas</em> (1959).
La misteriosa <em>Historias de Cronopios y de Famas</em> (1962) con instrucciones para subir escaleras, para llorar, esas instrucciones detalladas que nos hacen ver los pequeños placeres de la vida y los relatos de los cronopios que Cortázar simplemente los vio escuchando música y llegaron. “Simplemente llegaron, en cuerpo y alma. La única diferencia con la forma definitiva es que al principio eran para mí más bien algo parecido a globos verdes y húmedos”.
Luego, en el año 1963 aparece otra de su “antinovela” <em>Rayuela</em>, para seguirlo <em>Un tal Lucas</em> (1979) (Cuentos), <em>Deshoras</em> (1982), entre otros.
En su de camino de letras, este indomable pasionario de la literatura propone un quiebre de la lectura sistemática al lector, una especie de callejón de sin salida a su intelectualismo, un sinfín de citas, de autores, de pintores, jazzistas.
Fallece en el año 1984 a causa de una leucemia. Pero deja infinitas palabras para ser reinventadas. Como lo dijo: “Ahora bien, y esto es lo importante: para quebrar esa cáscara de costumbres y vida cotidiana, los instrumentos literarios usuales ya no sirven” (Carta a Jean Barnabé, París, 27 de junio de 1959).