07 sept 2026

Jesús de Nazaret frente a la Navidad del mercado

Cada 25 de diciembre, el mundo se detiene un instante para conmemorar la Navidad, esa fecha que, al menos en el mundo occidental cristiano tiene que ver con el nacimiento de Jesús de Nazaret.

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El pesebre dice más sobre el proyecto de Jesús que cualquier tratado teológico: Dios se identifica con los últimos. La dignidad humana no depende de reconocimiento social. La grandeza se juega en lo pequeño.

Foto: Archivo

Por Cristian Andino - Filósofo, docente e investigador

Conviene comenzar por una verdad incómoda, aunque bien conocida por la investigación histórica: Jesús no nació en esta fecha. Ni Marcos ni Juan, evangelistas, se ocupan del nacimiento; para ellos, lo importante es el Jesús adulto que irrumpe predicando un modo distinto de comprender a Dios y al ser humano. Mateo y Lucas ofrecen relatos teológicos, no crónicas periodísticas, y las fuentes históricas disponibles no permiten fijar un día preciso.

La elección del 25 de diciembre responde a un proceso cultural más complejo: el solsticio de invierno, las fiestas romanas –Saturnales, Brumales y la celebración del Sol Invicto– y la estrategia del cristianismo naciente de dotar de un nuevo sentido religioso a festividades profundamente arraigadas. El Edicto de Milán (313) y luego el Edicto de Tesalónica (381) consolidaron esta adaptación: lo que antes era la Nativitas Solis Invicti pasó a convertirse en la Nativitas Christi.
Pero este recorrido histórico, lejos de despojar a la Navidad de significado, la depura. Le quita la obsesión por la exactitud cronológica y la devuelve a donde realmente pertenece: al terreno del sentido y de la humanidad.

El Jesús histórico: un hombre concreto que desestabilizó el orden establecido

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Arte en cerámica, artesanía de Areguá.

Foto: Archivo

La investigación moderna sobre el Jesús histórico –la seria, la que se ocupa de fuentes, lenguaje, geografía, tensiones sociales y horizontes religiosos de su tiempo– nos muestra a un hombre profundamente inserto en la vida cotidiana de Galilea. Un campesino artesano, sin poder político ni respaldo institucional, marcado por las tensiones de un territorio sometido a Roma y por las desigualdades de una sociedad estratificada.

Este Jesús real, histórico, no hablaba desde el trono ni desde el templo, sino desde los caminos polvorientos, desde los patios de las casas, desde la cercanía con enfermos, mujeres estigmatizadas, pobres, extranjeros. Su mensaje no surgió en abstracciones teológicas, sino en el contacto cotidiano con los descartados del sistema.

En ese sentido, lo desconcertante –y profundamente inspirador– es que fue su humanidad la que lo convirtió en un desafío religioso y político sin precedentes. En un mundo que esperaba un Mesías guerrero, él eligió la vulnerabilidad. En un pueblo que ansiaba restaurar el poder, él eligió subvertirlo desde abajo. En una tradición que buscaba pureza moral, él eligió tocar al impuro. Nada en su vida responde a la lógica del privilegio; todo en su mensaje cuestiona las seguridades sociales, económicas, religiosas.

Por eso hablar de Jesús en clave histórica no disminuye su figura: la potencia simbólica y ética de su mensaje se vuelve incluso más clara cuando recordamos que no fue un mito, sino un hombre concreto cuya existencia dejó una huella que no pudo ser borrada.

El pesebre como símbolo: un Dios que entra por la puerta pequeña

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La Navidad paraguaya tiene aroma y estilo tradicional.

Foto: Archivo

Si aceptamos el punto de vista histórico –y debemos hacerlo– el relato del nacimiento en un establo es una construcción teológica, no un dato verificable. Pero, paradójicamente, es precisamente como símbolo que se vuelve más verdadero que cualquier dato arqueológico.

No hay mejor forma de hablar del “Dios hecho hombre” que imaginarlo naciendo a la intemperie, expuesto a la fragilidad, sin seguridades, rodeado de animales, como los hijos de los más pobres. No se trata solo de humildad; se trata de una declaración filosófica radical: si Dios se hace humano, no elige los palacios, elige la vulnerabilidad.

Ese pesebre dice más sobre el proyecto de Jesús que cualquier tratado teológico: Dios se identifica con los últimos. La dignidad humana no depende de reconocimiento social. La grandeza se juega en lo pequeño. El poder divino se define como cercanía, no como fuerza. En ese sentido, la Navidad no celebra un dato histórico, sino un horizonte ético.

Navidad frente a la cultura del consumo
Pero nuestra época ha vaciado en gran medida ese horizonte. La Navidad se convierte en un estallido consumista donde el centro ya no es el encuentro, sino la compra; no la comunidad, sino el endeudamiento; no la acogida del otro, sino la ansiedad de cumplir expectativas. Papá Noel –arqueología del marketing moderno– ocupa el lugar del Niño del pesebre, y la experiencia espiritual se reduce a envoltorios brillantes.

El Jesús histórico es un antídoto contra esa banalización. No regaló objetos: regaló presencia. No prometió prosperidad económica: prometió justicia. No enseñó a acumular: enseñó a compartir. La Navidad, vista a través de sus ojos, es un cuestionamiento directo, casi doloroso, a nuestras prioridades contemporáneas.

La pregunta no es “¿qué voy a regalar?”, sino: ¿a quién debo acercarme, reconciliar, sostener, acompañar? ¿Con quién necesito reencontrarme? ¿A quién debo volver a mirar como humano?

La Navidad como acto antropológico

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El relato del nacimiento en un establo es una construcción teológica, no un dato verificable. Pero, paradójicamente, es precisamente como símbolo que se vuelve más verdadero que cualquier dato arqueológico.

Foto: Archivo

Más allá del ropaje religioso, la Navidad es un acto profundamente antropológico. Celebramos que la vida se abre paso incluso en los márgenes, que la luz emerge en la noche más larga, que la esperanza no pertenece a quienes tienen todo, sino a quienes no tienen casi nada. Esa intuición existía en las fiestas antiguas del solsticio, y sigue vigente hoy: celebramos que la vida insiste, que renace, que busca su camino.

Si me preguntan –como suelo decir– dónde y cuándo nació Jesús, diría que es lo que menos importa. Lo decisivo no es la fecha, sino la perturbadora humanidad de alguien que anunció un reino de justicia y amor, un reino cuya lógica contradice la del poder, del miedo y del egoísmo.

Volver a encontrarnos

La Navidad, entendida así, es un acto de resistencia. Una invitación a reencontrarnos, con nuestra fragilidad, con nuestra necesidad del otro, con aquello que nos humaniza, con la vida en su forma más simple y más verdadera.

Un niño en un establo –sea historia o símbolo– nos recuerda que lo esencial no se compra, se comparte. Y que lo divino, si existe, solo puede revelarse en la dignidad de lo humano. Eso es lo que celebramos cada 25 de diciembre, y eso es lo que deberíamos atrevernos a vivir: una Navidad que no es consumo, sino encuentro; no es fecha, sino sentido; no es mito, sino camino. Porque, al final del día, el verdadero milagro es este: que en un mundo que tantas veces se deshumaniza, todavía haya quienes creen que siempre podemos volver a nacer.

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