19 abr. 2026

Hugo Escobar: “Convertimos la canción en hierro”

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Histórico. El escultor Hugo Escobar convirtió en hierro la poesía de Teresa Parodi, una obra que celebra la identidad, la memoria y el espíritu hospitalario del Paraguay.

@Encisoclarisa

Hay obras que no se miran: se sienten, se caminan, se escuchan en silencio. La escultura de Pedro Canoero, que fue inaugurada oficialmente este viernes último en San Bernardino, pertenece a esa estirpe de piezas que nacen del pulso profundo de un pueblo. No es solo hierro.

Es memoria viva, es gesto detenido en el tiempo, es la invitación abierta de un país que aún cree en la hospitalidad como forma de arte.

Detrás de esa figura que parece emerger del paisaje, está la sensibilidad de Hugo Escobar, quien, golpe a golpe, fue moldeando no solo una silueta, sino una emoción colectiva. “Arrancamos las letras de la canción y las convertimos en hierro”, dice, como si la poesía pudiera, efectivamente, tomar cuerpo.

Y lo hace, porque allí está Pedro Canoero: con la mano extendida, con esa calidez tan nuestra, invitando a subir, a quedarse, a compartir.

De la mente al hierro. La idea nació de un impulso casi urgente del artista José Quevedo Allende, y encontró en Hugo Escobar a un intérprete capaz de traducir intuiciones en materia.

La chispa definitiva llegó con la voz de Teresa Parodi, cuando el relato se volvió imagen, cuando el gesto del canoero, ese gesto mínimo y universal, encontró su forma definitiva. Desde entonces la obra fue creciendo como crecen las cosas destinadas a permanecer.

El proceso fue lento, casi ritual. Tres meses de trabajo con hierro batido, de insistir sobre la materia hasta domesticarla, hasta hacerla decir. Cada golpe de martillo fue una decisión estética, pero también emocional.

Porque Pedro Canoero no es solo un personaje, es un símbolo. Es el reflejo de la amabilidad paraguaya, de esa forma sencilla y profunda de abrir la puerta sin preguntar demasiado.

El conjunto escultórico suma capas de sentido: un reloj sin tiempo, como recordatorio de lo eterno; la silueta del lago Ypacaraí, donde todo descansa y dialoga con el paisaje. Al atardecer, la obra no termina, se funde con la luz, con el agua, con la nostalgia.

Escobar lo sabe: el arte tiene la capacidad de inmortalizar historias. Y esta, en particular, parece destinada a quedarse. A convertirse en punto de encuentro, en postal, en conversación.

“Te invita al diálogo”, dice. Y quizás ahí radique su mayor logro: no imponer, sino abrir.

En su trayectoria, esta obra ocupa un lugar central. No solo por su escala, sino por lo que representa. Porque hay trabajos que se hacen con las manos, y otros que se hacen con el alma. Pedro Canoero pertenece a ambos.

Lejos del mito del artista inaccesible, Hugo Escobar se define con una honestidad que conmueve: padre, soñador, hombre de errores y aciertos. Alguien que encuentra en “el grito del silencio” el espacio para crear. Y en esa definición, casi sin querer, revela el secreto de su obra: escuchar lo invisible, para hacerlo visible.

El pasado viernes, cuando la escultura fue inaugurada y la voz de Teresa Parodi volvió a resonar, San Bernardino no solo sumó una obra, ganó un símbolo. Uno que, como el canoero, seguirá invitando, en silencio, a cruzar hacia ese territorio donde el arte y la identidad se encuentran.

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