19 jun. 2026

Gabo nuestro que estás en los cielos

Nadie hizo tanto por elevar la literatura y el periodismo en Latinoamérica, como el autor de “Cien años de soledad”. Junto a sus mejores cuentos y novelas, merecen un lugar de honor sus grandes reportajes. Adiós, gran maestro.

Por Andrés Colmán Gutiérrez | @andrescolman

Muchos años después, frente al pelotón de reporteros que lo fusilaban con micrófonos y cámaras, el nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez habría de recordar aquel día lejano en que decidió arrojar por la borda una prometedora carrera de abogado, para dedicarse al precario e inestable oficio del periodismo.

Tenía 21 años de edad. Había abandonado abruptamente el segundo año de Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, para huir de las oleadas represivas que siguieron al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Acabó refugiado en un prostíbulo de Cartagena de Indias, sin dinero y sin saber qué hacer, cuando un casual encuentro con el médico y novelista Manuel Zapata Olivella le abrió la posibilidad de escribir para el diario local El Universal.

Hasta entonces, el flaco y tímido joven llegado desde una aldea perdida en la región bananera colombiana, llamada Aracataca, solo había publicado tres cuentos primerizos en el diario El Espectador de Bogotá, que le habían dado un cierto prestigio de “promesa literaria”, pero nada estaba más lejos de su ánimo que dedicarse al periodismo.

El 21 de mayo de 1948, en la página 4 de El Universal, se estrenó su columna “Punto y aparte”. Desde la primera línea ya establecía el sello de un estilo: “Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda”.

Entre aquel hotel de putas y aquella redacción provinciana empezaron a escribirse no solo las páginas de su primera novela, “La Hojarasca”, que publicaría en 1955, prefigurando al mayor escritor de ficción que ha dado América Latina, sino también empezaba a forjarse uno de los más genuinos maestros de lo que el propio García Márquez bautizaría más adelante como “el mejor oficio del mundo": el periodismo.

El legado de un gran reportero

En El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla, García Márquez se dio a conocer como columnista estrella, pero fue en el diario El Espectador de Bogotá, para el cual trabajó desde febrero de 1954, donde nació su vocación de gran reportero.

Su consagración llegó en marzo de 1955, con la historia del marinero Luis Alejandro Velazco, que sobrevivió milagrosamente al naufragio del barco destructor Caldas, tras pasar 13 días a la deriva en medio del mar. Marcando una radical diferencia con los demás periódicos, que ofrecían clásicas versiones informativas, García Márquez publicó el relato en forma novelada, contada en primera persona con la voz del propio protagonista, en una larga serie de 14 capítulos que mantuvo en vilo a toda Colombia.

Aquella epopeya, reunida posteriormente en un libro, con el título “Relato de un náufrago”, es considerada hoy un manual de culto para los estudiantes de periodismo en todo el mundo.

Ni la consagración definitiva como novelista que le significó la publicación de “Cien años de soledad” (1967), ni siquiera la cumbre de la gloria de ganar el Premio Nobel de Literatura (1982), han hecho que se apartara del periodismo, su otro gran amor.

Entre sus libros hay dos que fueron escritos con técnicas de periodismo puro. El primero es “Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile” (1986), en el que narra de manera apasionante la visita realizada por el director de cine chileno a su país natal, luego de 12 años de exilio, para rodar una película documental con identidad falsa, desafiando al sistema represivo del dictador Augusto Pinochet. El otro es “Noticia de un secuestro” (1996), en donde cuenta la historia de nueva personas secuestradas por el Cartel de Medellín del jefe narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, en Colombia. Esta obra está siendo llevada al cine por el director mexicano Carlos Carrera, el mismo que dirigió El crimen del Padre Amaro.

A ello se suman sus centenares o miles de artículos para periódicos y revistas, reunidos en varios volúmenes antológicos como “Textos Costeños” (1948-1952), “Entre cachacos” (1954-1955), “De Europa y América” (1955-1960), “Por la Libre” (1974-1995) y “Notas de prensa” (1980-1984).

Pero quizás el mayor legado de Gabo para sus colegas comunicadores es la creación de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que desde hace una década impulsa la capacitación y la promoción de un periodismo más ético y de calidad, impartiendo talleres y cursos, otorgando becas y premios, en todo el continente.

Ahora que el gran maestro ha partido físicamente, queda su obra luminosa, no solo en el campo de la literatura. No es un detalle gratuito que la sede de la Fundación está en Cartagena de Indias, la misma ciudad en donde, hace casi 50 años, un García Márquez pobre y desorientado se decidió a abrazar la carrera periodística, y al contrario de las estirpes condenadas a cien años de soledad, encontró su segunda oportunidad sobre la tierra.

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