13 abr. 2026

Francisco, el profeta con cepillo de dientes

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Pablo Ospina Peralta

Es muy pronto para opinar, dicen que respondió el primer ministro chino Zhou Enlai cuando le preguntaron sobre el impacto histórico de la Revolución Francesa. El antecedente histórico inmediato del pontificado de Francisco fue el largo invierno eclesial inaugurado por Juan Pablo II y continuado de forma harto menos carismática y más doctrinal por Benedicto XVI. Contra esa larga y pesada herencia se enfrentó Francisco armado de su cepillo de dientes: “Hacer reformas en Roma es como limpiar la esfinge de Egipto con un cepillo de dientes”, bromeó en 2017.
La metáfora sirve. Juan XXIII emprendió una reforma más profunda contra una herencia varias veces milenaria armado del Concilio Vaticano II. Y detrás del Concilio pululaba una urdimbre de sacerdotes, monjas, obispos, teólogos y agentes de pastoral, que desarrollaron sus enseñanzas e incluso radicalizaron sus implicaciones. Los vientos de la época inundaron las ventanas carcomidas de la institución más venerable de Occidente.

Cuando Jorge Bergoglio, primer papa latinoamericano, calzó el anillo del pescador, cargaba tras de sí una trayectoria moderada e incluso conservadora, casi tan inofensiva como la de Juan XXIII. Pero más importante era que las tormentas del mundo soplaban en otra dirección, con un ejército de agentes de pastoral que no solo respondían a la ola conservadora de la institución sino a una onda expansiva conservadora impulsada por el miedo, la incertidumbre y la helada convicción de que el futuro se anuncia peor de lo que fue el pasado.

En ese marco improbable, Francisco inauguró una tímida e impensable primavera. El legado más poderoso acaso será su compromiso con la defensa de la faz de la Tierra en la memorable Encíclica Laudato Sí. Acompañaba con ella un movimiento social real y reforzaba una tendencia vigorosa entre los más jóvenes. Pero hizo otros gestos. Desde el nombre elegido (Francisco), con el que nos cayó la sorpresa de que ningún pontífice había recuperado nunca para identificarse al apóstol de los pobres y hermano de los animales. Terminó acogiendo, casi a contratiempo, a las parejas homosexuales, sus hijos y los titulares de identidades sexuales no binarias. El diablo entra por el bolsillo, dijo en una ocasión y reivindicó una iglesia fiel a sus orígenes esclavos. Tomó como suya la lucha de migrantes ilegalizados y refugiados, trabajadores marginados y pueblos originarios despojados. Dicen que también protagonizó un giro en la selección de cardenales para contribuir a una profundización futura de la orientación que buscó inaugurar. Eso es más difícil de garantizar. Después de todo, nadie escribió nunca su propio epitafio. Fueron los cardenales elegidos por Juan Pablo II y Benedicto quienes eligieron a Francisco.

Estuvimos bastante lejos de las mejores fantasías revolucionarias de la Teología de la Liberación. Pero la frescura de una cabeza de Iglesia que abandonó por un breve interludio su imperturbable complicidad con el orden establecido, podía llenarnos de un saludable y moderado optimismo. Sus límites son los de nuestro tiempo. Quizá no sea así, pero la imagen predominante es la de un profeta solitario predicando más cerca del desierto que de multitudes atentas. Falta un movimiento detrás de la voz. Aquí y allá sigue vertebrándose la voluntad de caminar. Pero la marcha es demasiado lenta y todavía reactiva. Una voz arriba, en el Vaticano, ayuda, pero no sustituye los procesos colectivos que articulan a activistas, agentes de pastoral y multitudes en busca de alternativas. Hemos perdido una voz. Un hombre bueno. Ojalá sea solo temporal.

Historiador. Doctor (PhD) en Humanidades por el Centre for Latin American Research and Documentation (CEDLA), Amsterdam. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar y militante de la Comisión de Vivencia, Fe y Política.

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