La reciente decisión del Congreso de aumentar el financiamiento de los partidos políticos resulta irritante. Pocas veces el Congreso, en su conjunto, ha tenido tan poca estima en la ciudadanía. El aumento a los partidos, en realidad, es un aumento a sus dirigentes, o sea quienes tienen relación directa con los senadores y diputados. No resulta descabellado decir que, con el aumento, los parlamentarios se van a financiar a sí mismos, en forma directa o indirecta.
En términos de costo-beneficio, el dinero que reciben los partidos políticos no se justifica. En teoría, el Estado financia a los partidos para que puedan ser independientes, para que no estén sometidos a ciertas personas o grupos que, con su dinero, puedan comprar elecciones. En la práctica, los partidos mascan a doble carrillo: reciben plata del Estado y plata de esas personas o grupos, incluyendo los grupos mafiosos. Con dinero público y con dinero privado, las elecciones se compran.
En resumen, el financiamiento de los partidos políticos no ha fortalecido la democracia en el Paraguay. Lo que ha hecho es fortalecer a ciertos grupos de poder, que se reparten la administración pública de acuerdo con sus intereses particulares, sin tener en cuenta el interés nacional. Esto se ve muy bien en el aumento de los empleos públicos, el aumento de los sueldos y la ineficiencia de una administración demasiado grande y demasiado cara. Lo triste es que esto haya sucedido después de la caída de Stroessner, lo cual sirve de pretexto a quienes dicen: la democracia no marcha. No, no es que la dictadura sea mejor, sino que no se hace lo debido para fortalecer la democracia, que no puede ser una mera repartija de cargos.
Por otra parte, si la democracia significa la igualdad de oportunidades, aquí no hay una real igualdad de oportunidades. Una persona común, capaz, pero sin el apoyo de partido y financistas, tiene muy poca posibilidad de llegar a los cargos electivos. Tampoco tiene la ciudadanía la posibilidad real de elegir a los candidatos, que se le presentan en listas sábana, manipuladas por las cúpulas partidarias. La gente está harta de las listas sábana y debe aguantarlas. Como dijo un parlamentario, los partidos tienen ese derecho (entiéndase el derecho a las listas sábana).
El problema es doble: por un lado, está la corrupción de la dirigencia política; por el otro, el sistema electoral. El sistema favorece el predominio del dinero, en muchos casos ilegal. ¿Cómo se lo puede cambiar? Adoptando tres medidas: (1) limitar la campaña electoral a cuatro semanas; (2) reducir la publicidad política y (3) exigir que los medios de comunicación concedan el mismo espacio a todos los candidatos gratis. Es lo que ha propuesto, para reformar el sistema electoral norteamericano, el escritor Gore Vidal. No lo escucharon en su país, es difícil que lo escuchen aquí, pero no está de más mostrar que existen soluciones para darle un carácter auténticamente democrático a las democracias formales.